Somos una Fundación que ejercemos el periodismo en abierto, sin muros de pago. Pero no podemos hacerlo solos, como explicamos en este editorial.
¡Clica aquí y ayúdanos!
Pocas muertes a los 96 años pueden ser consideradas verdaderas desgracias, y, sin embargo, escribo estas líneas con cierta consternación. Y digo sólo cierta, pues me siento dichoso de haber nacido con la Teoría de la Acción Comunicativa bajo un brazo, y, sobre todo, de haber podido reconciliarme con ella conforme iba adquiriendo uso de razón, ya fuera ésta instrumental o no. Pero tampoco se me emocionen, que bajo el otro brazo traje a Tejero al grito de «¡se sienten, coño!», aunque a él no piense dedicarle necrológica alguna. Sí que puedo decir que tuve la suerte de escuchar por vez primera el nombre de Habermas en el instituto, concretamente en COU, por boca de un legendario profesor, en mi época ya cercano a la jubilación, apodado IBM desde hacía tanto tiempo que no he dado con nadie que recuerde cómo se llamaba en realidad. A Tejero lo conocí muchos años antes, pero, paradójicamente, nunca me lo nombraron en clase, ni a él ni a las figuras que lo inspiraban, no sé si igual en un centro concertado hubiera pasado lo mismo.
Habermas en la memoria de una generación educativa
Aunque no era desde luego un caso típico, IBM era un profesor sabio, de ese perfil humanista que tanto abundaba antes, gente para quienes nada de lo humano les era ajeno, con sólidos conocimientos adquiridos con libros y no mediante aprendizaje basado en proyectos ni demás patrañas. Desde hace ya tiempo, he imaginado con horror cómo habrá sido ese transicionar a artista de variedades que trajo para el profesorado la LOGSE.
Decía que IBM no era un caso típico porque, imagino que harto el hombre de tanta sinvergonzonería estudiantil, no daba clases en sentido estricto, sino que se dedicaba a contar chistes, chistes por supuesto muy malos: «Hay quien cree que el confesionario es el coche del obispo», y cosas por el estilo. El caso es que, aunque acabé el año muy bien con él, IBM me puso el único 0 que recuerdo (ojo, he dicho «que recuerdo»).
Buscando adaptarme a su particular estilo, respondí a una pregunta de examen sobre Sócrates con un extracto de la canción Venezia-Istanbul (Battiato), del álbum Patriots (tenía su mérito, entonces no había Napster y ese disco no se vendió en España), con cita académica y todo, escribiéndome en la corrección en rojo y trazo grueso lo siguiente: «Esto no es un ejercicio académico, sino una tomadura de pelo». Creo que era la forma de decirme que era él quien contaba allí los chistes. Ya al final del año, poco después de la Feria porque el último mes se perdía por la selectividad, y tras haber “visto” a Marx, Spinoza, Kant u Ortega, dijo [nos hablaba de usted]: «No se crean que hemos terminado, todavía “haber más”». La verdad es que el hombre tenía su público.
Podrá parecer oportunista la comparación precisamente ahora entre Habermas y Tejero, sobre todo por el reciente fallecimiento también de este último, pero lo cierto es que el despliegue durante la transición de la Ley General de Educación de 1970 (la de la EGB y el BUP), que normalizaba el antagonismo entre humanismo y franquismo al tiempo que blanqueaba ya definitivamente el régimen criminal representado por este último, aportaba el contexto necesario para que coincidieran en el congreso los procedimientos democráticos de uno con los autoritarios del otro. Aunque Habermas, que yo sepa, nunca acudió al congreso español y Tejero compareciera en él en calidad de juglar armado, hubo que esperar casi 40 años para vivir un choque similar, en este caso en presencia de los nuevos protagonistas, pues Manuel Castells y Rafael Hernando sí que coincidieron físicamente allí.
La teoría de la acción comunicativa y el papel de la filosofía
A Habermas pude conocerlo más en profundidad en mis conversaciones tecnológicas con quien más tarde sería mi director de tesis, el profesor Rafael García Pérez, viejo amigo de este medio.
Rafa, que tiene la mejor cabeza que conozco para la integración de métodos cuantitativos y cualitativos en educación, me metió en una bolsa verde de unos conocidos grandes almacenes, como de Navidad, los dos volúmenes de Taurus de Teoría de la Acción Comunicativa: «Este supera a Foucault, ya verás», me dijo, antes de apostillar «y devuélvemelo cuando los leas, que los tengo apuntados» (conste que Rafa es un tío de lo más generoso, en una ocasión en que servidor vivía estrecheces se ofreció a comprarme un traje y pagarme la peluquería para una entrevista en una distinguidísima institución europea, por cierto, parasitada también por CREA).
Por supuesto, yo de aquellas era un jovencito fácilmente impresionable, pero me deslumbró la crítica que, con total respeto y reconociendo que el tiempo jugaba a su favor, se realizaba a Max Weber (1864-1920), un autor para mí, todavía hoy, insuperable.
Mucha gente insulta a Weber sin darse cuenta cuando se refiere a él como “filósofo de la historia”. Para mí sucede lo mismo cuando se llama a Habermas “sociólogo”. Weber era de todo, quizá sobre todo historiador, sin embargo acaba “inventando” la sociología porque la Ilustración desemboca en unas ciencias sociales que necesitan mirar “hacia adelante”.
No era fácil, porque parecía que el positivismo científico que impulsaba a las nuevas ciencias sociales en el XIX, esto es más o menos objetivismo aplicando los mismos métodos que las ciencias naturales, acabaría certificando la muerte de la filosofía desde la especialización de las primeras, lo que nos abocaría al desastre (como, efectivamente, pusieron dramáticamente de manifiesto las dos guerras mundiales).
Sin embargo, aunque suele defenderse que la sociología moderna adquiere estatus ontológico tras la Segunda Guerra Mundial (suscribo a Habermas cuando dice que no hay que tomarse muy en serio las fronteras entre las distintas disciplinas), Weber fue un sociólogo que combinaba métodos de investigación con filosofía. Más tarde, en un sentido opuesto al dado por Weber, Habermas ayudaría a fundar la sociología moderna no sólo sin renunciar a ser filósofo, sino dando un papel preponderante a la filosofía. Podría decirse que salvó a la filosofía de una muerte anunciada para un siglo antes.
El camino durante la segunda mitad del siglo XX estuvo marcado por la aparición de autorías posmodernas que proponen el abandono de la razón (que suele culminar en relativismo) frente a las consecuencias devastadoras (las guerras mundiales) que atribuyen, estando en lo cierto, al proyecto de la Ilustración, traducido este en un positivismo que ha reducido la razón a un conjunto de técnicas y, por tanto, haciendo de ella un mero instrumento. Y es en esas circunstancias, con una Europa social y materialmente en ruinas, en las que se hace necesario construir democracias duraderas, lo que incluye encontrar criterios que permitan levantar sistemas educativos para formar una nueva ciudadanía. En ese difícil marco, Habermas, que bebe de grandes pensadores de la educación como Friedrich Schiller,logra proponer una vía alternativa, la racionalidad comunicativa, la cual no renuncia a la razón, aunque la matiza de manera determinante: la racionalidad comunicativa se plantea por oposición a la racionalidad instrumental que promueve el positivismo.
Si esta última aparece orientada al éxito desde la reducción de la razón a técnica, la razón comunicativa se orienta al entendimiento basándose en la participación, logrando incorporar tres pretensiones de validez que son consustanciales a la comunicación: una referente a la verdad (hechos), otra referente a las normas y una tercera referente a las intenciones (valores).
En esto superaba fundamentalmente Habermas a Foucault, tal y como me adelantó Rafa. Por supuesto, Habermas es idealista, aunque no en el sentido clásico del idealismo alemán (Kant o Hegel), sino porque su teoría parece necesitar materializarse en situaciones ideales que no se pueden dar en la realidad, mucho menos reproducirse experimentalmente. Es el caso de la situación ideal de habla, que es un escenario hipotético donde todos los participantes pueden argumentar libremente, sin coerción, y donde sólo cuenta la fuerza del mejor argumento.
Habermas frente al uso de sus ideas por CREA y Ramón Flecha
Y en esas estábamos cuando desde las cloacas de la razón apareció Ramón Flecha. Este medio ha preguntado a algunas de las mejores mentes del país en la materia por el valor de la investigación de Flecha y su grupo CREA, y no cometeré el error de tratar de ponerme a su altura. Sí incidiré en la intención que parece subyacer a la recalcitrante recurrencia a Habermas por parte de Flecha, que, para mí, no es otra que convertir al influyente autor alemán en un instrumento.
En mi opinión, Flecha no trata de ganar credibilidad a costa de Habermas, sino utilizarlo como arma para presentarse como incontestable, certificando así sus dudosas y malolientes prácticas, tanto de puertas adentro de CREA, como de cara al exterior. Veamos si, al menos, sus propuestas superan un brevísimo análisis crítico.
En primer lugar, las incoherencias saltan salvajemente a la vista. Como filósofo, Habermas nunca necesitó vencer el problema metodológico que suponía conseguir ese escenario hipotético en el que no se da la coerción, pero como “científico”, que es como se presenta Flecha en sociedad, este aspecto marca la diferencia. Y, sin embargo, me van a perdonar, pero las tertulias dialógicas de CREA valen metodológicamente lo que un café con pastas. No lo digo porque decenas de presuntas víctimas hayan denunciado que, durante su desarrollo, siempre hablan las mismas personas o que siempre se repiten los mismos mantras, que, por supuesto, no lo dudo. Sino porque no hay diseño de investigación, porque se confunde el muestreo intencional con el muestreo “a la carta”, porque no se sabe lo que se pretende medir, o, simplemente, si la intención es medir, porque se aplican indiscriminadamente a grupos de primaria o de personas adultas.
Es, por otro lado, sospechoso y preocupante, y creo que hay que decirlo claramente, que un individuo que, dicho por su propia universidad, hizo de CREA un grupo coercitivo de alto control, insista en apropiarse precisamente de las ideas del padre de la democracia deliberativa.
Quizá la prueba más fehaciente de este fraude, más allá de que sea la propia Universidad de Barcelona quien le mande a la fiscalía, está en los discursos elitistas, clasistas, pretendidamente positivistas, pues encima no se apoyan en datos cuantificables producto de metodologías medianamente rigurosas, sino en argumentos de autoridad, encarnados casi siempre en el discurso prestidigitador del propio líder.
Flecha es, de hecho, el ejemplo más obsceno y vergonzante que conozco de uso y abuso de la razón instrumental. Fíjense en el escándalo recientemente destapado del uso torticero de los comités de ética por parte de CREA: el fraude en sí (desprecio a la verdad, a las normas, ausencia de valores, es decir, a la razón comunicativa que tantísimo cacarean) frente a las pretensiones de verdad por la fuerza (¿cuántas artículos llevan en su título la palabra “éxito”? ¿han probado a preguntarles qué entienden por las “actuaciones educativas de éxito” que hasta el vómito rumian? ¿les han contestado alguna vez sin airear argumentos de autoridad de un clasismo que no se pueden permitir?). Sin ser una persona beligerante, Jürgen Habermas habría sin duda condenado su obra, de haber dispuesto de tiempo en sus cortos 96 años para reparar en intelectuales tan insignificantes.
Por todo ello, me despido con un mensaje para Flecha y para CREA: detengan el delirio y dejen descansar en paz al último gran filósofo alemán.

