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Hay una escena que se repite todos los días en nuestras aulas, aunque no siempre la vemos:
Un estudiante que deja de participar.
Una mirada que se apaga.
Un talento que no encuentra lugar.
No hace ruido.
No protesta.
No interrumpe la clase.
Simplemente desaparece. Se vuelve invisible para la institución escolar y sus protagonistas.
Y lo más inquietante no es que eso ocurra.
Lo más inquietante es que nos hemos acostumbrado. Lo normalizamos.
Durante mucho tiempo, la educación ha tenido una coartada elegante: la idea de que tratamos a todos por igual.
Mismo contenido.
Misma evaluación.
Mismas actividades.
Mismos tiempos.
Misma oportunidad, decimos.
Pero no.
No es lo mismo.
Nunca ha sido lo mismo.
Porque no todos llegan desde el mismo lugar,
ni con las mismas condiciones,
ni con las mismas heridas,
ni con las mismas posibilidades de ser escuchados.
La igualdad, cuando ignora las diferencias, no corrige la injusticia, la organiza y, con frecuencia, la magnifica.
Hemos aprendido a nombrar esto con una palabra que suena bien: equidad.
La repetimos en documentos.
La colocamos en planes institucionales.
La convertimos en objetivo transversal.
A lo largo de estas semanas, en nuestro curso, he propuesto algo incómodo frente a la normalización:
La equidad es una decisión política, pedagógica y ética.
La equidad no es un concepto.
No es un enfoque.
No es una estrategia didáctica.
Como toda decisión verdadera, tiene consecuencias.
Porque cuando decidimos educar con equidad dejamos de ser neutrales.
Y eso tiene un costo.
Significa que ya no podemos refugiarnos en la comodidad de: “Yo trato a todos igual”, por ejemplo.
Significa que empezamos a preguntarnos cosas que incordian:
¿A quién escucho más… y a quién menos?
¿A quién evalúo con rigor… y a quién con indulgencia?
¿A quién le doy otra oportunidad… y a quién doy por perdido?
Y sobre todo:
¿A quién estoy dejando fuera sin darme cuenta?
Hay algo que no siempre queremos reconocer:
La escuela no solo educa.
La escuela también selecciona, clasifica y excluye.
A veces con buenas intenciones.
A veces con discursos impecables.
A veces, incluso, con innovación.
Porque no toda innovación es justa.
Podemos tener tecnología, metodologías activas, proyectos creativos y seguir dejando fuera a los mismos de siempre.
Innovar sin equidad es modernizar la desigualdad.
Por eso, si algo tendría que quedar de este curso, no es una técnica, un modelo, ni una herramienta. Son tres decisiones. Tres.
Primera: decidir a quién miramos.
Porque no observamos a todos por igual.
Siempre hay alguien que se vuelve invisible.
La equidad empieza cuando decidimos ver a quien nadie está viendo.
Segunda: decidir qué valoramos.
Evaluamos lo que consideramos importante.
Lo que no evaluamos lo borramos.
Si sólo premiamos rapidez, exactitud, participación verbal, ¿qué pasa con quienes piensan distinto, hablan menos o llegan tarde y distraídos a los códigos escolares?
La equidad exige ampliar la idea de mérito.
Tercera: decidir a quién no abandonamos.
Porque, seamos honestos, hay momentos en que un docente decide —aunque no lo diga— que alguien “ya no va a poder”.
En ese instante algo se rompe.
Educar con equidad es resistirse a esa renuncia.
Es sostener la posibilidad incluso cuando es incómodo, tardado, incierto.
No estoy diciendo que sea fácil.
No lo es.
La equidad cansa.
Desordena.
Obliga a replantear certezas.
Nos confronta con nosotros mismos.
Porque ya no podemos decir: “el sistema es así”.
Porque en cada clase, en cada decisión, en cada gesto el sistema también somos nosotros.
Al final, la pregunta no es si saben diseñar una innovación educativa.
Eso se aprende.
La pregunta es otra: ¿están dispuestos a incomodarse para que alguien más tenga lugar?
La equidad no va a llegar por decreto.
No va a instalarse sola en las instituciones.
No va a resolverse con un nuevo plan de estudios.
La equidad aparece, o no, en decisiones pequeñas, cotidianas, casi invisibles.
En una palabra.
En una oportunidad.
En una mirada que se detiene cuando antes pasaba de largo.
Así que no voy a cerrar este curso con una conclusión.
Voy a dejarles una pregunta. Una sola.
Llévensela.
Incomódense con ella.
Vuelvan a ella.
¿A quién estoy dejando fuera sin darme cuenta?
Ahora les toca a ustedes.

