Somos una Fundación que ejercemos el periodismo en abierto, sin muros de pago. Pero no podemos hacerlo solos, como explicamos en este editorial.
¡Clica aquí y ayúdanos!
Hablar sobre la competencia digital de los docentes hoy en día se ha vuelto recurrente. Se manifiesta en discursos políticos, regulaciones, planes estratégicos, programas de formación y convocatorias institucionales. Se crean marcos, se fijan niveles, se acreditan habilidades y se lanzan guías que prometen ayudar a los docentes en su desarrollo profesional. El progreso es indiscutible sobre el papel. En la práctica, no obstante, sigue existiendo una gran distancia entre ese discurso y la realidad diaria de las aulas.
En el siglo XXI, la competencia digital en los docentes debería ser una condición indispensable para lograr una educación de calidad. Y efectivamente lo es. Sin embargo, el problema no radica en la idea, sino en cómo se materializa y se experimenta en las instituciones educativas. Y esto es debido a que existe un espacio entre el marco teórico y el aula real lleno de condicionantes que casi nunca se mencionan en los documentos oficiales: escasez de tiempo, excesiva burocracia, inequidad en los recursos, falta de seguridad profesional y una capacitación que no siempre atiende a las necesidades reales del profesorado.
La competencia digital, en numerosas situaciones, se ha transformado en un conjunto de indicadores que seguir, en vez de ser un instrumento para optimizar la práctica de la enseñanza. Se certifica, se acredita y se almacena, pero no siempre eso resulta en cambios notables en cómo se enseña y se aprende. El peligro es claro: transformar una perspectiva diseñada para empoderar al profesorado en un proceso más, desvinculado de la intención pedagógica.
Uno de los factores esenciales en esta brecha es la capacitación. Existen muchos cursos enfocados a herramientas específicas, a tendencias tecnológicas o a alcanzar un nivel específico, pero hay pocos para reflexionar acerca de cómo utilizamos la tecnología, cuál es su efecto en el aprendizaje o cómo se incorpora de manera coherente a un proyecto educativo institucional. El hecho de que sepas utilizar una aplicación no significa que tengas competencia digital. Y, no obstante, frecuentemente se confunden ambos niveles.
Una situación poco reconocida que se añade a esto es que no todos los profesores tienen el mismo punto de partida ni trabajan bajo las mismas condiciones. Discutir sobre la competencia digital sin considerar el contexto es no tener en cuenta un aspecto fundamental del problema. Innovar en un centro educativo donde hay estabilidad, liderazgo pedagógico y recursos es distinto de hacerlo en uno con escasa infraestructura, falta de acompañamiento o alta rotación del personal docente. La competencia digital no se desarrolla de manera aislada; se crea en un contexto comunitario.
Asimismo, la presión por «estar al día» provoca en muchos profesores una sensación continua de insuficiencia. Siempre parece que falta algo: una plataforma por dominar, una herramienta por aprender o un certificado por conseguir. Esta perspectiva, lejos de dar poder, puede generar resistencia y desánimo. Si se percibe la competencia digital como una exigencia externa y no como una oportunidad para mejorar, es casi seguro que habrá rechazo.
Tal vez ha llegado la hora de reconsiderar el enfoque. Más énfasis en acompañar y menos en certificar. Menos discurso uniforme y mayor atención a los claustros. Más pedagogía y menos herramientas. La competencia digital de los educadores no debería evaluarse únicamente por lo que saben hacer con la tecnología, sino también por su uso para optimizar los procesos de aprendizaje, impulsar el pensamiento crítico, fomentar la inclusión y reforzar la independencia del estudiante.
Cerrar la brecha entre el marco y el aula no es un asunto técnico, sino pedagógico y organizativo. Necesita confianza en el profesorado, liderazgo, coherencia y tiempo. Es necesario comprender que la transformación digital no se decreta, sino que se desarrolla.
La competencia digital del docente no tiene que ser un discurso extenso que suena bien en los documentos. Debería ser factible, sostenible y significativa en cada aula. Y eso supone, de manera inevitable, aplicar el marco a la práctica y hacerlo junto con los que enseñan todos los días.


