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Tras ganar el Concurso Manga de Norma Editorial con Okaasan (2022), el autor leridano Joan C. (1983) publica su segunda obra completa original: Eterno Yoshio (2025). Esta obra reivindica su capacidad para entrelazar el drama histórico enmarcado en un discurso vitalista, presentada bajo los cánones del estilo manga en una historia autoconclusiva de un único volumen, con orden de lectura occidental. En las doscientas sesenta páginas de la historia, Joan C. nos presenta a Yoshio, natural de la isla de Okinawa en Japón, un niño fascinado por las tortugas y por su capacidad de vivir siglos quien, siguiendo su ejemplo, se aferrará obstinadamente a la vida, no solo como supervivencia física, sino como un proyecto a largo plazo.
La elección de Okinawa como escenario no es baladí: la acción trascurre en lo que hoy conocemos como una de las «zonas azules» del planeta, es decir, regiones singulares donde la esperanza de vida desafía las estadísticas y donde habita la mayor concentración de centenarios del mundo. La isla, famosa por sus habitantes que superan los cien años con una salud envidiable, se convierte así en un personaje más que susurra al protagonista que la supervivencia no solo es posible, sino que es natural. El secreto de esta longevidad, y el corazón temático que fluye en la historia de Yoshio, es el ikigai. Este término japonés, intraducible con una sola palabra, encapsula «la razón de vivir» o «la razón de ser», que se podría simplificar bajo el concepto de «el motivo para levantarse cada mañana». El ikigai es la «intersección vital entre lo que uno ama, lo que se le da bien y lo que el mundo necesita; un propósito que aporta satisfacción personal y sentido de pertenencia a la comunidad hasta el último aliento». El lector quedará cautivado por la bondad y humildad del protagonista ficticio del manga, desde su infancia y adolescencia hasta su edad adulta ya como médico de familia, donde el autor aprovecha para realizar su particular alegato en favor de la actividad física y de una vida saludable. Pero la resiliencia que desborda la primera mitad de la obra viene marcada por una circunstancia fatal que ocurre en la infancia del protagonista: las penurias sufridas por la población civil durante las últimas semanas de la Segunda Guerra Mundial, y las consecuencias nefastas que tuvieron que afrontar los supervivientes en los años posteriores a la ocupación estadounidense.

Yoshio está construido como un faro de resiliencia inquebrantable; su inocencia no es ignorancia, sino una herramienta de resistencia activa. El autor utiliza la mirada limpia del niño para plantear una tesis profunda: incluso en el escenario más oscuro, tener un propósito —en este caso, la promesa de una vida larga y plena— es lo que nos mantiene humanos. Eterno Yoshio funciona así menos como una historia de guerra y más como un manual de esperanza, recordándonos que la muerte y la vida son caras de la misma moneda, y que la bondad puede ser el acto de rebeldía más duradero. La lectura del manga adquiere otra dimensión desde esta perspectiva: narrar la guerra desde la vivencia de una madre y sus hijos supone un cambio radical de escala, al mostrar los efectos del conflicto a través de sus protagonistas involuntarios, daños colaterales que se convierten en el eje central del relato, humanizando la fría estadística que, en este caso, resulta demoledora.
La figura de la familia en plena huida actúa como un espejo universal de vulnerabilidad, donde el lector no ve a un enemigo ni a un aliado, sino el terror puro a la pérdida. A través de los ojos de una madre que protege y unos hijos que no comprenden, la guerra se revela no como una disputa territorial, sino como una catástrofe que aniquila el presente y también el futuro, lo que llevó a los supervivientes a mantener un silencio generacional sobre el trauma latente. La profesora de la Universidad de Cornell, Cathy Caruth, en su influyente ensayo Unclaimed Experience: Trauma, Narrative, and History (1996), explicaba que «un evento traumático como es una guerra es tan violento para la mente que no se experimenta plenamente en el momento en que ocurre, solo a partir de un período de latencia, que puede durar años e incluso décadas después, el superviviente logra acceder a ese recuerdo y narrarlo».

El 15 de mayo de 1972 se produjo la devolución formal por parte de Estados Unidos del territorio de Okinawa a Japón. El acto en sí marcaba el fin de veintisiete años de tutelaje administrativo norteamericano, durante los cuales la isla operó al margen de la constitución japonesa, usó el dólar como moneda de curso legal y supuso una ocupación real del territorio con la creación de varias bases militares. La permanencia de estas resulta un dato importante puesto que ese acto institucional no supuso en la práctica la desmilitarización del territorio que tanto anhelaba la población, manteniéndose como un enclave estratégico fundamental para el Pentágono desde entonces. Aunque antes de esa fecha largamente anunciada, algo se estaba moviendo en la sociedad, especialmente después de la publicación del ensayo Notes d’Okinawa (Okinawa Nōto, 1970), escrito por Kenzaburō Ōe (1935-2023), ganador del premio Nobel de Literatura en 1994, y que permanece inédito en castellano hasta la fecha.
Ōe documentó en ese diario de viaje plagado de encuentros con sus habitantes, que ese silencio duró décadas en el caso de Okinawa, durante los cuales los isleños vivieron bajo una especie de ilusión de lealtad y de miedo a la vez, rompiendo su silencio solo cuando percibieron que el gobierno japonés intentaba reescribir una historia oficial, alterando lo que realmente sucedió. Entre las numerosas acusaciones que aparecían en el texto, destaca la denuncia del escritor de que los suicidios masivos (tanto de militares como de la población civil) «no fueron actos voluntarios de patriotismo o martirio, como la historia oficial pretendía vender, sino asesinatos inducidos por el propio ejército japonés».

Ōe documentó cómo los soldados entregaron granadas de mano a civiles (incluyendo madres con bebés) y les ordenaron quitarse la vida antes que rendirse, bajo la falsa propaganda de que los estadounidenses eran demonios que los violarían y torturarían. Denunció que el ejército japonés usó a la población civil como escudo humano y, cuando la defensa se hizo insostenible, optó por el exterminio de sus propios ciudadanos para no tener que alimentarlos o para evitar que estorbaran en la retirada. Ōe argumentaba que la tragedia de Okinawa no fue un accidente de la guerra, sino el resultado de una discriminación sistemática. Denunció que el gobierno central de Tokio veía a los okinawenses no como ciudadanos de pleno derecho, sino como piezas prescindibles de un macabro tablero, que se podían tirar para ganar tiempo y proteger a las islas principales (consideradas como el verdadero Japón para esos políticos).
El autor exponía la cruel ironía de que los okinawenses, tratados históricamente como ciudadanos de segunda clase, fueron forzados a demostrar ser «más japoneses que nadie» muriendo por el Emperador. Finalmente, el ensayo denunciaba la hipocresía de la posguerra. Ōe criticaba que, mientras Japón se reconstruía y disfrutaba del milagro económico bajo el paraguas de seguridad de Estados Unidos, lo hacía a costa de mantener a Okinawa bajo ocupación militar. Para Ōe, la devolución que se negociaba en los setenta no era una liberación, sino una traición continuada, donde Japón aceptaba vender la soberanía real de la isla a cambio de su propia prosperidad, convirtiendo a Okinawa en una base militar permanente y perpetuando el sufrimiento de los civiles que ya habían sido diezmados en 1945.
Cabe señalar que, en 2005, mandos militares retirados y nacionalistas demandaron a Kenzaburō Ōe por difamación, intentando negar que el ejército ordenara los suicidios. En 2008, la justicia japonesa dio la razón a Kenzaburō Ōe, y desestimó las dos demandas interpuestas contra él por atribuir indirectamente al ejército japonés haber ordenado suicidios en masa de civiles al final de la Segunda Guerra Mundial. En 2011, el Tribunal Supremo de Japón falló de forma irrevocable a favor de Ōe, sentenciando que existía «evidencia razonable» de que el ejército estuvo profundamente involucrado en las coacciones al suicidio, lo que validó judicialmente la tesis de su ensayo. Curiosamente, y en cualquier parte del mundo, siempre hay quien intenta por todos los medios esconder o desvirtuar la memoria histórica de lo que sucedió en realidad, especialmente cuando muestra la poca nobleza de sus antecesores.

Tras las controversias sobre los libros de texto japoneses que minimizaban el papel del ejército en los suicidios forzados, y temiendo el olvido institucional, toda una generación que había vivido la guerra y veía acercarse su propio final, decidió hablar. Destaca especialmente la contribución del exgobernador e historiador Masahide Ota (1925-2017), superviviente de la milicia Tekketsu Kinnōtai (Cuerpos Imperiales de Hierro y Sangre), en la que fue reclutado forzosamente con apenas diecinueve años. En su libro The Battle of Okinawa: The Typhoon of Steel and Bombs (1984), documentaba el sufrimiento civil, exponiendo «el trauma de unos ciudadanos que habían sido sacrificados por su propio imperio, un trauma tan profundo que tardó años en poder verbalizarse, pues reconocer que el supuesto protector era el verdugo requería una reconstrucción total de la identidad okinawense antes de poder ser narrada a los hijos».
La investigadora Miyume Tanji, en su libro Myth, Protest and Struggle in Okinawa (2006), detalla cómo «la narrativa de los supervivientes cambió desde el “silencio/vergüenza” en la posguerra inmediata hasta la “denuncia/testimonio” décadas después, impulsada por la necesidad de oponerse a la remilitarización de las islas». Quizás el artista local que ha realizado una mayor contribución a la divulgación y difusión de dichas denuncias sea el mangaka Susumu Higa, originario de la ciudad de Naha, capital de la Prefectura de Okinawa y situada en la zona sur de la Isla de Okinawa (la isla principal del archipiélago), una de las localizaciones que más estragos sufrió durante la Segunda Guerra Mundial.
Higa nace en 1953, en pleno periodo de administración militar estadounidense, y representa una rara avis dentro de la industria del cómic japonés, ya que es un autor que desarrolló gran parte de su carrera compaginando el dibujo con su trabajo como funcionario de la Prefectura de Okinawa. Esta doble faceta le permitió conocer de primera mano las cicatrices sociales de la isla, una vivencia que trasladó al papel con un estilo gráfico austero, casi documental y desprovisto de artificios, en relatos cortos publicados en revistas, basándose en las historias familiares narradas por sus propios padres, por testimonios publicados o ficcionando noticias relacionadas con la guerra y su posterior ocupación. Higa evita el dramatismo cinematográfico habitual en el género bélico para centrarse en la ética de la supervivencia y la complejidad moral de la guerra, una labor de memoria histórica que le valió el prestigioso Gran Premio del Japan Media Arts Festival en 2003 por su obra Okinawa, el viento habla (Kajimunugatai, Kaze ga Kataru Okinawasen), publicada en enero de 2026 en castellano por el sello Reservoir Books del Grup Editorial Penguin Random House, con traducción de Sandra Ruiz Morilla.

La monumental obra recopila siete relatos cortos, un epílogo del mismo autor, así como un texto de la académica y activista Shinako Oyakawa con un singular título: De Yamato a Estados Unidos: Okinawa ayer, hoy y mañana, con la intención de «aportar mayor contexto y profundizar en el carácter geopolítico de las islas» que complementase las historias gráficas, en palabras del mismo autor. Para los habitantes de Okinawa, Yamato se refiere a «los japoneses del continente» o «la isla principal». En los relatos de la guerra, cuando un okinawense habla de «los de Yamato», suele referirse a los soldados o autoridades venidos de Tokio que los discriminaban, les prohibían hablar su dialecto y, finalmente, los sacrificaron en la batalla. Es el término que marca la diferencia entre «nosotros» (los isleños) y «ellos» (el Imperio), una hostilidad manifiesta de sus propios conciudadanos (que se puede simplificar en un: «a por ellos»). Oyakawa denuncia en su texto como Estados Unidos ignoraba de forma reiterada la Carta de las Naciones Unidas de 1945, que pedía a la sociedad mundial que los territorios colonizados debían ser liberados.
Según los datos recogidos al inicio del manga en una tabla informativa, «en la batalla de Okinawa participaron 548.000 efectivos del ejército estadounidense, de los que hubo alrededor de 12.500 bajas. El ejército japonés estaba formado por 111.000 efectivos, incluyendo a los lugareños alistados obligatoriamente y los escuadrones juveniles, de los que apenas sobrevivieron unos veinte mil. Se estima que murieron durante la contienda más de cien mil civiles de los 450.000 de la población de la isla al inicio del conflicto». Susumu Higa se ha consolidado como el narrador definitivo del dolor okinawense a través de la recopilación en cinco libros de todas esas historias cortas que ahora están teniendo una gran proyección internacional. Sus recopilatorios La espada de arena (Suna no Tsurugi, 1995) y Mabui (2010) se han publicado en castellano en junio de 2025 por Norma Editorial bajo el título Okinawa, con traducción de Marc Bernabé.

No hay una única gran historia nuclear en sus libros, sino múltiples vivencias minúsculas de granjeros, estudiantes, madres y niños que componen el mosaico del horror. Sin embargo, lo que hace verdaderamente estremecedora la obra de Higa no es la violencia del invasor estadounidense —apodado el «tifón de acero»—, sino la desmitificación del Ejército Imperial Japonés: los soldados llegados de las islas principales no veían a los okinawenses como compatriotas a proteger, sino como recursos prescindibles o potenciales traidores. Los abusos narrados son estremecedores, incluyendo el robo de comida y de propiedades, las violaciones y los asesinatos, y las ejecuciones bajo la acusación de espionaje, simplemente por hablar en Uchinaguchi (el dialecto local) o por tener un mapa de su propia isla.
Quizás las imágenes más potentes de su obra son aquellas que suceden en la oscuridad de las cuevas naturales. Higa dibuja el momento exacto en que los soldados obligan a las familias civiles a abandonar la seguridad relativa de los refugios para salir a una muerte segura bajo el bombardeo enemigo, reservando el espacio para los militares. Lejos de la caricatura del villano, Higa dota a estos soldados de una humanidad patética y aterradora; son hombres desesperados, adoctrinados y crueles. Al rescatar estas historias del olvido, Susumu Higa logra que el lector comprenda que para Okinawa la derrota no fue solo militar, sino moral: el descubrimiento traumático de que, para el Imperio del Sol Naciente, sus vidas valían menos que los escombros de la isla.



