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Referente internacional del pensamiento decolonial y profesora jubilada (o “desinstitucionalizada”, como ella dice) de la Universidad Andina Simón Bolívar de Ecuador, Walsh defiende unas pedagogías críticas capaces de cuestionar el sistema desde el análisis, pero también desde lo vivencial. Con motivo de su participación en la conferencia inaugural del I Congreso de Educación Crítica y Comprometida, organizado por EduAlter y la Universidad de Barcelona y celebrado en la capital catalana a finales de enero, conversamos con ella sobre cómo aplicar la perspectiva decolonial a la educación, sobre el papel del profesorado y de las educadoras y sobre cómo conectar la educación con las luchas sociales del presente.
En tu conferencia inaugural del congreso destacabas que las pedagogías decoloniales te habían hecho abrir la mirada, entender que no solo es importante el conocimiento, sino también vivir en la propia piel las opresiones. ¿Puedes explicarnos un poco más en qué consiste esta perspectiva decolonial?
Creo que se trata de partir del cuerpo, de partir de estos momentos situados que estamos viviendo, tanto aquí como en América Latina, en Abya Yala y en el mundo, en tiempos muy complejos, atravesados por múltiples formas de violencia. Habitualmente, en el mundo académico se prioriza la cuestión del conocimiento, las perspectivas teóricas, dejando de lado estas violencias que vivimos, incluso dentro de la universidad y del sistema educativo. ¿Qué ocurre cuando, como docentes, estudiantes o personas implicadas en espacios educativos, buscamos maneras de hablar de ello, cuando buscamos formas de sentir y pensar al mismo tiempo, de pensar sintiendo, y lo incorporamos a nuestro aprendizaje?
Aquí, en Cataluña, en el Estado español y en muchos países europeos, hablar de decolonialidad a menudo queda reducido a una perspectiva teórica más, a un paradigma de estudio. Mi perspectiva no es eliminar estas aportaciones teóricas, sino entenderlas como praxis, como pensamiento en acción. No se trata solo de pensar, sino de actuar de una determinada manera. En el ámbito educativo esto implica repensarlo todo: cómo unimos práctica y pensamiento, que a menudo el sistema educativo separa. Pero unirlos significa actuar contra un sistema que atraviesa nuestros cuerpos y nuestras vidas cotidianas y, al mismo tiempo, construir alternativas. No quedarnos solo en la resistencia, sino generar espacios de reexistencia, de creación colectiva y comunitaria que permitan sembrar algo diferente.
Has trabajado muchos años en distintos proyectos educativos en Estados Unidos y en América Latina, los últimos veinticinco años en la Universidad Andina Simón Bolívar, en Ecuador. ¿Qué prácticas te han ayudado a aplicar esta perspectiva decolonial?
Tengo una trayectoria de más de cuarenta años de práctica docente universitaria, pero también he trabajado mucho en escuelas. Hace casi cincuenta años creé una pequeña escuela alternativa antirracista y antisexista en Estados Unidos, dirigida a la infancia. Siempre he mantenido el vínculo con comunidades y escuelas, intentando hacer las cosas de otra manera.
La decolonialidad implica pensar desde el territorio en el que estamos y también escuchando a las personas que están cuestionando elementos de ese territorio.
En la Universidad Andina Simón Bolívar fundé el primer doctorado de Ecuador, pensado para toda la región andina y después para América Latina. Se llamaba Estudios Culturales Latinoamericanos. Era un espacio con una base decolonial, pero no para institucionalizar la decolonialidad como etiqueta, sino para generar una práctica diferente. Un ejemplo concreto: no llegábamos con la bibliografía cerrada. Preguntábamos colectivamente: ¿qué queremos leer?, ¿con quién queremos dialogar y para qué?, ¿qué o quién puede ayudarnos a comprender mejor nuestras luchas, nuestra realidad y nuestro tiempo? Así construíamos la bibliografía de manera colectiva.
Lo más importante es pensar desde el territorio. Sería un error que un espacio en Cataluña hiciera un curso con la misma perspectiva pero copiara directamente esa lista. La decolonialidad implica pensar desde el lugar donde estamos y escuchando a quienes cuestionan ese territorio: movimientos de personas racializadas, de mujeres, de disidencias del sistema sexo-género… Todo ello nos hace entender que no existe un conocimiento universal como afirma la academia, sino un conocimiento pluriversal.
¿Ese conocimiento es solo escrito o también se apoya en otros formatos?
Claro. El conocimiento no es solo lo que se publica. También incorporábamos narrativas orales. Y algo muy importante que debemos plantearnos es cómo cambiar el ambiente del aula. Normalmente todo —la disposición del mobiliario, la organización del espacio— está pensado para construir un espacio individual. Cada persona llega con su botella de agua, su material… Nosotros transformábamos el espacio y compartíamos comida. Hacíamos lo que en los Andes se llama pambamesa: colocar una tela en el suelo, compartir alimentos, sentarse en el suelo y conversar. Ese gesto transforma la manera de escuchar y aprender.

Otro elemento importante es incorporar herramientas pedagógicas para la reflexión colectiva: mapas conceptuales, cartografías, trabajo en el suelo con papelógrafos para conectar ideas, saberes y experiencias… Todo ello contribuye a dar valor a los saberes, trayectorias y vivencias que aportan las y los estudiantes. No necesariamente debemos etiquetar todo como “decolonial”, pero sí entender que la forma en que está organizado el sistema educativo es colonial y se reproduce constantemente, y que debemos romper con ello.
¿Qué destacarías de las pedagogías decoloniales en América Latina que pueda servir de inspiración aquí?
Hablar de pedagogías decoloniales no es hablar de un modelo acabado que pueda estudiarse. Es entender la pedagogía, como decía Paulo Freire, como una apuesta política, como una metodología necesaria para luchar, cuestionar e incidir en el sistema; como un proceso permanente de reflexión y acción.
Hoy es muy difícil luchar contra el sistema porque es como una hidra con muchas cabezas. Por eso no hay ejemplos cerrados, sino prácticas críticas e insurgentes que analizan el sistema y sus mutaciones y, al mismo tiempo, construyen espacios alternativos desde los que actuar.
La manera en que está organizado todo el sistema educativo es colonial.
Esta tarea va mucho más allá del aula y de las instituciones educativas: incluye las luchas sociales. Por ejemplo, una huelga de 31 días en Ecuador logró que las comunidades indígenas cuestionaran el sistema neoliberal mediante un proceso asambleario visible en las calles. Fue una acción profundamente pedagógica porque implicó análisis, estrategia y acción colectiva. Los procesos pedagógicos transformadores no ocurren solo en el mundo educativo.
¿Cómo ves la situación del sistema educativo, especialmente el universitario? ¿Hacia dónde se dirige?
Lo que está ocurriendo hoy es que el modelo educativo, particularmente el universitario, es global. Se trata de una universidad profesionalizante, un capitalismo académico presente en la mayoría de países europeos y en Estados Unidos, que se está trasladando cada vez más a Abya Yala. La relación entre universidad y sociedad, que antes era fundamental, se debilita cada vez más. Las carreras y campos de estudio se orientan hacia aquello que resulta productivo desde una lógica neoliberal y occidental, lo que limita las posibilidades de pensamiento crítico.

Además, existe un control cada vez más alarmante sobre lo que el profesorado puede o no enseñar. Hay mucho miedo. En muchos lugares del mundo ya está permitido que el alumnado grabe al profesorado, y si aborda un tema considerado inapropiado puede perder su trabajo. Conozco casos en distintos países donde esto ya ocurre. Ante ello, es necesario crear otros espacios y formas de expresión crítica, orales y escritas, para romper con esta indiferencia.
¿Crees entonces que la apuesta por una educación transformadora debe hacerse fuera del sistema educativo?
Mucha gente no puede permitírselo. Yo pude “desinstitucionalizarme” por edad y por decisión política. Pero el trabajo puede hacerse dentro, fuera y a pesar de la institución. No podremos descolonizar la institución educativa, pero sí abrir grietas, fisuras que permitan crear espacios diferentes. Como educadoras y educadores debemos asumir esa tarea de agrietar universidades, escuelas y el sistema educativo en general. Esas grietas no son la solución ni son permanentes, porque pueden cerrarse. Pero he aprendido que, aunque se tapen, siguen creciendo detrás del muro y conectándose sin que nos demos cuenta. Eso es lo que me da esperanza para seguir luchando pese a todo.
Los procesos pedagógicos transformadores no ocurren solo en el ámbito educativo.
También destacas la importancia de cuidar a educadoras y educadores en estos tiempos tan duros. ¿De qué manera?
Las violencias atraviesan todos los ámbitos, también el educativo. Los gobiernos de ultraderecha intentan controlar el currículo y censurar o eliminar sindicatos, mientras el sistema empuja al individualismo entre docentes. Por ello es necesario construir redes de apoyo, espacios de conversación y encuentro donde podamos sostenernos mutuamente. Crear lugares donde sentirnos conectados es esencial para resistir el miedo, el desgaste y la desesperanza.
Desde Cataluña y otros lugares del llamado Norte global se utiliza el término “justicia global” o “justicia social” como horizonte. ¿Te parece adecuado?
Muchas personas que parten de la pedagogía crítica de Paulo Freire —con quien trabajé durante tres años y a quien considero maestro y compañero de lucha— hablan de justicia social. Yo me pregunto si es suficiente cuando viene dictada por políticas públicas, leyes o constituciones. Muchas leyes no eliminan las violencias estructurales y el sistema, como decía, se reconfigura constantemente generando nuevas opresiones. Nunca podremos afirmar que hemos alcanzado la justicia global debido a las limitaciones institucionales y a esas mutaciones permanentes de la violencia.
A veces vemos gobiernos llamados de izquierdas y creemos que cambiarán las cosas, pero la práctica demuestra que no siempre es así. Evidentemente, un gobierno progresista será mejor que uno de derecha o ultraderecha, pero sigue formando parte de un sistema de Estados-nación corporativos y transnacionales. Por eso no estoy en contra de hablar de justicia global, pero no es suficiente: la lucha debe ser continua, crítica y creativa.
¿Qué te llevas de este congreso internacional de educación crítica y comprometida?
He tenido muchas conversaciones, aprendizajes y experiencias educativas que muestran que no existe un único camino. He visto mucha creatividad, mucha subversión, muchas semillas. Hablar de educación crítica y comprometida abre múltiples posibilidades según el lugar desde el que cada persona participa. Nos demuestra que no podemos meter la educación crítica en una caja con un manual de instrucciones. Tampoco es necesario estar de acuerdo en todo: lo interesante es comprender los múltiples “cómos”: cómo hacemos educación crítica, cómo construimos alternativas, cómo tejemos redes.
Un congreso nunca es suficiente, pero ha permitido plantar semillas y ver cómo seguir tirando de los distintos hilos. El reto ahora es sostener esas redes, cuidarlas y hacerlas crecer en el tiempo.
El Congreso Internacional sobre Educación Comprometida y Crítica se llevó a cabo en el marco del proyecto Competencias y EpJG para transformar el mundo, impulsado por EduAlter, con la colaboración de Creart y la Universidad de Barcelona, y con el apoyo de la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo de la Generalitat de Catalunya.


