Hay entrevistas que no hablan directamente de aulas ni de currículos, pero que iluminan igualmente lo que está en juego en la educación: qué tipo de vínculos construimos entre generaciones, cuánto nos cuidamos unos a otros y si todavía somos capaces de confiar.
Recuperamos cinco conversaciones publicadas a lo largo del curso que, leídas una detrás de otra, trazan un mismo hilo: el de una sociedad que necesita reaprender a cuidarse y a confiar para sostener la propia democracia.
Marina Garcés abre el hilo hablando de amistad. La filósofa recuerda que los feminismos han sido, históricamente, el movimiento que más ha convertido la amistad entre mujeres en un gesto político y revolucionario, y no solo en un afecto privado.
Xenia Guadalupe lleva esa idea de vínculo hacia otra generación: la de los abuelos. Su reflexión advierte de que no siempre cuidamos lo suficiente a las personas mayores de nuestro entorno, y de que muchas veces solo somos conscientes de esa deuda cuando ya no están.
Yayo Herrero amplía esa mirada del cuidado a la escala de la ciudad entera. Para la antropóloga, una auténtica ciudad educadora es, sobre todo, la que se organiza para acoger y sostener las vidas más vulnerables, no la que se limita a ofrecer recursos culturales o educativos.
Victoria Camps traslada esa fragilidad del cuidado al terreno de la confianza social. La filósofa constata un ambiente general de desconfianza hacia las instituciones, hacia el conocimiento y hacia los demás, y advierte de lo difícil que resulta educar —y convivir— cuando esa desconfianza se instala como norma.
Patricia Simón cierra el recorrido llevando esa desconfianza al terreno más amplio de la democracia. Periodista especializada en derechos humanos, sostiene que si dejamos de esforzarnos por sostener los vínculos comunitarios y democráticos, lo que finalmente se pone en riesgo es la propia democracia.

