La OCDE ha publicado los resultados de PISA 2025, su gran evaluación internacional del alumnado de 15 años. La edición de este año vuelve a convertir las competencias educativas en cifras comparables entre países, con las ciencias como área principal y la evaluación también de matemáticas, lectura y resolución de problemas mediante herramientas digitales.
PISA —siglas de Programme for International Student Assessment— se presenta como una herramienta para proporcionar a los gobiernos «datos relevantes y fiables» que permitan tomar decisiones en materia de política educativa para conseguir una mejor educación. Pero ¿quién decide qué debe considerarse una buena educación?
El giro neoliberal en la concepción de la educación
El enorme impacto mediático de PISA no puede entenderse al margen del giro económico neoliberal que se ha producido en la concepción de la educación durante las últimas décadas.
PISA puede interpretarse como un inmenso dispositivo de control que contribuye a desplazar la educación desde su consideración como derecho social hacia su interpretación como inversión individual y ventaja competitiva. La educación pasa así a contemplarse en función de su utilidad para la inserción laboral y para la adaptación de las personas a las exigencias de la economía neoliberal y del régimen capitalista.
Esta filosofía comenzó a adquirir una fuerza creciente desde finales de los años 70 y, especialmente, durante las décadas de 1980 y 1990. Proporcionar al mercado trabajadoras y trabajadores adaptados a las exigencias de la producción moderna se convirtió progresivamente en una de las funciones prioritarias atribuidas a la enseñanza.
La persona trabajadora «flexible», «polivalente» y capaz de adaptarse permanentemente constituye así el nuevo ideal pedagógico. La educación se presenta como una inversión en capital humano, mientras que la escuela comienza a ser evaluada por su capacidad para proporcionar las competencias que demanda el mercado laboral.
El problema es que esta concepción ha terminado desplazando las finalidades esenciales de la educación: el desarrollo como persona y la formación de ciudadanía democrática, aprender a pensar críticamente o construir sociedades más justas.
La educación deja entonces de ser concebida fundamentalmente como un derecho y un bien común para aproximarse a una lógica de rendimiento, competitividad y empleabilidad.
El sesgo económico de la OCDE
PISA no es una evaluación elaborada por una organización educativa, sino por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Una organización cuyo horizonte está estrechamente vinculado con las políticas económicas del capitalismo determina qué deben aprender nuestros jóvenes y qué deben considerar prioritario los sistemas educativos.
Es una forma de gobierno a distancia: no es necesario que la OCDE dicte directamente las leyes educativas. Basta con establecer indicadores, construir comparaciones internacionales, elaborar rankings y determinar qué resultados deben considerarse buenos o malos. Los gobiernos, sometidos a la presión mediática y política de esas clasificaciones, terminan adaptando sus políticas para mejorar los indicadores.
Así, una organización económica acaba teniendo una enorme capacidad para orientar e influir en las políticas educativas sin necesidad de ejercer formalmente un poder legislativo.
Lo que PISA mide y lo que deja fuera
Lo que PISA mide no constituye necesariamente todo aquello que importa. La creatividad, la participación democrática, la solidaridad, la empatía, la capacidad de cuidar, la conciencia crítica, la sensibilidad artística o el compromiso social difícilmente pueden reducirse a una puntuación comparable internacionalmente.
Y cuando las políticas evaluativas se orientan hacia aquello que puede medirse, aquello que no aparece en los indicadores termina perdiendo relevancia.
PISA 2025 incorpora el aprendizaje en el mundo digital y el inglés. Lo cual incide en la cuestión de fondo: ¿para qué educamos?
¿Para producir personas capaces de adaptarse eficazmente a las necesidades de una economía capitalista y para un mundo laboral digital adaptado a ella? ¿O para formar ciudadanos y ciudadanas capaces de comprender el mundo, cuestionarlo y transformarlo?
Como advertía Berliner (2003): «Deberíamos ser el número uno en el mundo en porcentaje de jóvenes de 18 años que están política y socialmente implicados. Mucho más importante que nuestras puntuaciones en matemáticas y nuestras puntuaciones en ciencia es la implicación de la generación siguiente en el mantenimiento de una democracia real y en la construcción de una sociedad más justa para los que más la necesitan: los jóvenes, los enfermos, los ancianos, los parados, los desposeídos, los analfabetos, los hambrientos y los desamparados. Se deberían identificar las escuelas que no pueden producir ciudadanía políticamente activa y socialmente útil y divulgar sus tasas de fracaso en los periódicos».
Más allá del ranking
Cada nueva edición de PISA provoca la misma competición: quién sube, quién baja, quién encabeza la clasificación y quién queda por debajo de la media. Pero la pregunta de fondo es ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando convertimos la educación en una competición internacional de resultados?
Porque una escuela no fracasa cuando sus estudiantes obtienen malos resultados en pruebas estandarizadas de matemáticas, lectura o ciencias, que pueden depender del momento en que se hizo, de la forma en que se planteó o de muchos otros factores. Fracasa cuando no enseña a pensar críticamente, cuando reproduce desigualdades, cuando no prepara para la participación democrática o cuando forma personas capaces de competir, pero no de cooperar.
El verdadero debate, por tanto, no debería ser quién gana PISA. Sino quién decide qué significa educar bien. Y cómo y con qué finalidad se va a evaluar esa “buena educación”.
Porque cuando una organización económica consigue definir qué conocimientos cuentan, qué capacidades importan y qué sistemas educativos son considerados exitosos, no necesita gobernar directamente la educación. Le basta con gobernarla a distancia: convertir la escuela en una pieza más de la maquinaria del capitalismo y educarnos para adaptarnos a sus exigencias, en lugar de educarnos para cuestionarlo y transformarlo.

