El inicio del curso escolar suele estar caracterizado por acoger al alumnado, organizar los recursos y garantizar las mejores condiciones posibles para enseñar y aprender. Sin embargo, la vuelta a las aulas en la Comunitat Valenciana se ha visto alterada por una reforma de las funciones de la Inspección Educativa absolutamente innecesaria, una modificación que introduce la supervisión de la denominada “neutralidad ideológica” y de cualquier posible “adoctrinamiento” en actividades docentes, complementarias, materiales y proyectos curriculares.
La “neutralidad ideológica” llega a la Inspección
El pasado 10 de agosto se publicó en el Diari Oficial de la Generalitat Valenciana la Ley 5/2026, de 31 de julio, de acompañamiento a los presupuestos de 2026. Las llamadas leyes de acompañamiento son normas vinculadas tradicionalmente a los presupuestos y destinadas a introducir las modificaciones fiscales, administrativas, organizativas o de gestión necesarias para facilitar su ejecución. Pero el gobierno de Pérez Llorca —sometido a VOX— ha aprovechado este vehículo legislativo para introducir reformas sustantivas que afectan a la educación, los servicios sociales, las prestaciones públicas o la vivienda. En el caso que nos ocupa, esta norma se ha empleado para introducir una serie de disposiciones de control ideológico en las aulas.
El artículo 155 de la citada ley, modifica la normativa de la Inspección Educativa para encomendarle, entre otras funciones, velar por la “neutralidad ideológica” de los centros. Pero la reforma no se queda en la Inspección: extiende esta responsabilidad a los equipos directivos, al profesorado y a los consejos escolares en el diseño y desarrollo de actividades y contenidos, en la selección de libros y materiales e, incluso, en las intervenciones de personas o entidades externas.
No contentos con ello, introduce también matices en el ya vapuleado régimen de Convivencia, incorporando infracciones relacionadas con el ocultamiento del rostro y la obligación de mantenerlo sustancialmente descubierto durante la jornada académica, una disposición que, bajo una pretendida neutralidad, puede traducirse en un claro ataque a los derechos y libertades de las jóvenes musulmanas que utilizan velo.
No estamos, pues, ante una serie de disposiciones técnicas que faciliten la ejecución de los presupuestos, sino ante una modificación de instrumentalización ideológica que puede afectar a qué se enseña, con qué materiales, qué actividades se organizan, quién las supervisa y bajo qué conceptos pueden ser cuestionadas.
Y más importante que lo anterior: estamos ante una norma que perjudica directamente al alumnado de la Comunitat Valenciana porque provocará la autocensura de los docentes, reducirá contenidos y acortará el abanico de herramientas a su alcance para comprender el mundo que les rodea y analizar con criterios propios la sociedad de la que no solo forman parte sino de la que deberían aprender a ser sujetos activos.
El 12 de octubre de 1936, en el paranimfo de la Universidad de Salamanca, en plena Guerra Civil, se produjo el enfrentamiento entre Miguel de Unamuno y el general José Millán-Astray que ha quedado asociado para siempre a una de les expresiones más infames de nuestra historia contemporánea: “¡Muera la inteligencia!”.
No quisiera caer en el discurso guerracivilista que tan encarnecidamente nos atribuye la derecha a los zurdos y, además, conozco el debate al respecto de la literalidad de la frase, pero el objetivo de semejante personaje estaba claro: transmitir un rechazo frontal al saber por el solo hecho de cuestionarse el poder impuesto/establecido. Y así es como ha procedido el gobierno del Molt Honorable President de la Comunitat Valenciana, Pérez Llorca, quien nos ha ofrecido este verano el mayor desprecio hacia el conocimiento, la cultura y el pensamiento crítico en forma de un nuevo “155”, derechitos de la mano –nunca mejor dicho, pues Lakoff lo llamaría autoritarismo del padre estricto1– a un nuevo episodio de involución autoritaria.
¿Qué se considera adoctrinamiento?
Llevo demasiados años escuchando a mis alumnos que la Historia “no sirve para nada” y me opongo a ello, porque sé que es el inicio de un recorrido que les llevará a otra reflexión bien distinta, la de “profesora, al final resulta que la Historia me ha ayudado a comprender el mundo”. Pero una docente de sociales aprende, entre otras cosas, a desconfiar de las casualidades, a identificar continuidades y a reconocer las “rimas” con épocas pasadas. Y hay palabras que deberían escamarnos un ratito largo: “adoctrinamiento ideológico” es una de ellas.
Las preguntas que me asaltan son tantas y tan diversas que resulta inevitable no autocuestionarse: ¿Será adoctrinamiento abordar la falta de humanidad ante la tragedia de Gaza?, ¿explicar que una dictadura vulnera derechos fundamentales, estudiar la represión franquista o hablar de las fosas comunes que todavía existen en nuestro país?, ¿defender que hay terrorismo machista?, ¿ abordar la diversidad sexual, hablar de racismo o de los derechos de las personas migrantes?, ¿enseñar las consecuencias del cambio climático?, ¿defender el uso y el conocimiento del valenciano, lengua cooficial de la Comunitat?, ¿analizar críticamente una noticia o desmontar un discurso de odio?
Y aún más: ¿Podrá un profesor explicar que una afirmación pronunciada por un representante político es falsa cuando las evidencias demuestran que lo es? ¿O se nos acusará de partidismo? En definitiva, ¿cómo se preserva la «neutralidad» cuando no la hay? ¿Cómo se defiende no tomar partido cuando es intrínseco a nuestra tarea diaria enseñar a los jóvenes a hacerlo y con valentía?
La autocensura docente es el verdadero riesgo
Naturalmente, la gran mayoría de docentes no renunciaremos a ello. No seremos neutrales ante un ataque a los derechos humanos, la injusticia o la mentira, porque es intrínseco a nuestra tarea diaria ofrecer a nuestros alumnos y alumnas las herramientas necesarias para desarrollar su capacidad de pensar, cuestionar, contrastar y, finalmente, elegir por sí mismos.
El gobierno valenciano se ha saltado a la torera la Constitución Española y la libertad de cátedra. ¿Qué insinúan con el término “adoctrinar”? ¡Ni que hiciéramos militancia partidista en los centros! La verdadera propaganda es la del gobierno valenciano, que a través de estas modificaciones refuerza una desconfianza hacia el profesorado de la escuela pública que ya se encargó de alimentar durante la huelga educativa.
Y es que venimos, además, de un curso en el que el profesorado valenciano ha protagonizado una movilización sin precedentes. Durante meses hemos reclamado plantillas, reducción de ratios y burocracia, recuperación del poder adquisitivo, recursos para la inclusión, infraestructuras dignas, climatización de las aulas y, en definitiva, unas condiciones que nos permitan hacer mejor nuestro trabajo. Hemos visto cómo se recortaban recursos, se paralizaba la ejecución de infraestructuras, se debilitaba la inclusión educativa, se cuestionaba el papel del valenciano y se desacreditaba a un profesorado que, mientras tanto, continuaba sosteniendo los centros, desarrollando sus proyectos y sus clases.
La educación democrática necesita pensamiento crítico
Y así seguiremos. Ya sea a través de la historia, la filosofía, la literatura, la geografía, la biología u otras ciencias, todas y cada una de las materias nos pueden llevar a hablar de equidad, de justicia, de derechos humanos, de las guerras, de la diversidad, de violencia, de cambio climático. Todas y cada una de las ramas del saber parten del pasado para plantearse el futuro. Eso provoca preguntas, debate, cuestionamiento, la esencia de una educación democrática.
Para quien lo desconozca, además de estar bajo el control de la Inspección, el cuerpo docente debe respetar los currículos oficiales y la legislación educativa, los órganos colegiados de los centros y los procedimientos administrativos. Parece que para el gobierno valenciano estos mecanismos se quedan cortos y se ha propuesto disciplinar al profesorado a través de la vigilancia y la amenaza del castigo.
Pero tratándonos como sujetos sospechoso, quien saldrá seriamente perjudicado es el alumnado. ¿Dónde están los datos que demuestran la existencia de un problema generalizado de adoctrinamiento en las aulas valencianas? ¿Cuántos expedientes, resoluciones o evidencias justifican convertir la “neutralidad ideológica” en una prioridad inspectora? En cambio, ¿hasta qué punto es hoy necesaria una educación de calidad y con recursos suficientes para atender a todas y todos en las aulas? ¿Por qué no nos centramos en lo verdaderamente importante?
Se ha creado la legislación antes de existir el problema, porque lo que busca el gobierno de la derecha es motivar un contexto de autocensura y desconfianza2, esto es lo radicalmente contrario a lo que debería respirarse en los centros educativos: un clima de convivencia pacífica, autonomía y libertad de pensamiento.
La Inspección debe supervisar la educación, no las ideas
Por último, la Inspección Educativa es una pieza imprescindible del sistema educativo, pero de acompañamiento. Debe supervisar, evaluar, garantizar la legalidad, proteger los derechos del alumnado. Lo que no debe hacer es inspeccionar ideas. La falta de definición de “neutralidad ideológica” y “adoctrinamiento” puede provocar valoraciones diferentes ante hechos semejantes y desviar a la Inspección de sus funciones principales.
En resumen, atendiendo a las modificaciones expresadas en la Ley de Acompañamiento, está claro que se trata de una maniobra autoritaria de la extrema derecha que nos han colado como condición para la aprobación de los presupuestos valencianos. Pero tenemos claro el concepto de libertad del que tantas veces se quiere apropiar la extrema derecha: la libertad comienza cuando se aprende a pensar por uno mismo.
El estudiante que aprende a contrastar fuentes, que pregunta, que duda, que conoce la historia, que identifica una noticia falsa, que comprende sus derechos, que argumenta ante quien piensa diferente y que es capaz de cuestionar incluso aquello que le explica su profesor es exactamente lo contrario de una persona adoctrinada. Es una persona educada para ser libre, pensar y decidir por sí misma; una persona educada también en la atención y el cuidado: aprender a pensar exige aprender a mirar con detenimiento, suspender las respuestas automáticas y ser capaces de prestar atención a la realidad y, especialmente, al sufrimiento del otro.
Hace un tiempo escribí aquí, en El Diario de la Educación sobre Gaza. Me preguntaba qué enseñaría en mis clases de Historia después de contemplar una violencia que parecía haber vaciado de sentido aquella máxima tantas veces repetida de enseñar el pasado para comprender el presente y evitar que sus errores se repitan. En mi reflexión final sostenía que es inevitable que nos “hiera” el mundo, por eso mismo es preciso educar la mirada para aprehenderlo. Así que no, señores, no soy neutral. Soy docente, observo el mundo con atención y enseño a mirar el mundo con atención, y con emoción también, porque todavía queda mucho por ver, y por enseñar. Ninguna medida autoritaria nos quitará la ilusión de seguir descubriendo el mundo de la mano de nuestro alumnado.
Notas al pie
1 Lakoff, George (2007). No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político. Barcelona: Editorial Complutense/Península.
2 George Orwell entendió muy bien que el poder más eficaz no es necesariamente aquel que prohíbe constantemente. En 1984, el Gran Hermano aspira a algo más profundo: que la vigilancia sea interiorizada, que el individuo acabe adaptando su conducta e incluso su pensamiento antes de que nadie tenga que intervenir.

