Sara Barquinero es filósofa y escritora. Su última novela, La chica más lista que conozco, es un retrato muy poco amable del mundo universitario a través de las vivencias de Alicia, su joven protagonistas, que llega a Madrid desde Valladolid para estudiar Filosofía.
La facultad se abre como un lugar de conocimiento, pero también de conflictos, de amistades y de relaciones amorosas mediadas por diferencias de edad, a veces por la miseria humana, por las relaciones de poder y la precariedad laboral.
Hablamos con ella de algunas de estas cuestiones y de cómo pesan hoy día en las relaciones universitarias, sean o no de trabajo, sexo-afectivas o amistosas.
Quería empezar preguntándote por el personaje de Juan Comala, profesor, intelectual, atractivo, medio joven, que destaca en un departamento de Filosofía, como podría ser en cualquier otro. Que parece encantador, pero que al mismo tiempo lo retratas como alguien bastante patético. No sé si esto es una percepción mía o era una intención tuya, por un lado, y por otro, si este personaje es un arquetipo, es algo que se encuentra habitualmente en la universidad.
Es totalmente un arquetipo, no solo universitario, sino también de sectores de la cultura. Decías, no sé si en filosofía tanto como en otras disciplinas o más o menos. Yo siento que en el mundo de las Humanidades hay una facilidad más amplia que en otros para estos perfiles, lo cual no significa que no existan en otros lugares.
«Ciertos hombres eligen a mujeres jóvenes por el constructo social que hay alrededor de ellas»
Sobre el deseo de retratarlo como algo patético, era deliberado porque, obviamente; estos hombres eligen a mujeres jóvenes por el constructo social que hay alrededor de la chica joven entre hombres mayores. Y eso quizás sea lo más importante.
Pero también me da la impresión de que hay un elemento en esa desigualdad de poder o en el hecho de que sean personas jóvenes e inexpertas que también beneficia a estos hombres porque, si los mira una persona de su edad, son básicamente patéticos. Entonces, sí que quería que, aunque la protagonista fuese una chica joven, la voz narrativa muestra a veces lo patético que es. Me resulta muy curioso.
Es difícil hablar de abuso en la universidad en general porque hay distintos tipos. No es lo mismo que un profesor, que de esto también ha habido casos, intente meterte mano sin tu permiso que que un profesor te seduzca, que a veces tendemos a confundir ambas cosas. Pero los dos casos, en realidad, desde la perspectiva de personas adultas, son ridículos.
¿Cómo se te ocurre meterle mano a una niña de 19 años? ¿Qué es lo que piensas? Que es ridículo, teniendo mil estrategias. Y también ver a hombres adultos haciendo caso y diciéndole tonterías a chavalas que podrían ser sus hijas, fingiendo que les interesan cosas que no les interesan, es tan ridículo, ¿no?
Parece complicadísimo determinar si hay consentimiento o qué entendemos por consentimiento cuando se juntan tantas relaciones de poder. Tan extrañas o tan perniciosas como esto: una chavala de 18, 19 años, un señor de treinta y tantos, 40, este atractivo intelectual y el poder que puede ejercer. ¿Hay consentimiento en una relación así, en una institución como la universidad?
Creo que hay un punto que tiene que ver con el consenso social. Si una chica de segundo bachillerato que ha nacido en enero y tiene ya los 18 años y se lía con su profesor de filosofía, es un escándalo, y todo el mundo estaría de acuerdo en que lo es. Sin embargo, si pasan tres meses y lo hace en la acera de enfrente, ya en la universidad, de repente hay gente que quiere defender a ese profesor. O acusar a la alumna de ser un poco cochina o lo que quieran decir.
Creo que hay un pacto tácito de que en la universidad ya estamos hablando de otra cosa. Que no es un lugar para la educación moral de la gente, sino ya puramente intelectual y que, por tanto, en un ambiente intelectual todos los gatos son pardos.
«Hay un nivel de consentimiento en seducir a una estudiante, pero es obviamente un consentimiento viciado»
No quiero decir que no haya consentimiento, en absoluto, porque si no estaríamos abriendo la veda para situaciones en las que algunos se preguntase ¿Qué más me da seducir a una alumna que drogarla? Claro que hay un nivel de consentimiento en seducirla, pero es obviamente un consentimiento viciado.
Me apetecía que se pudiera diferenciar entre lo que es penal, en el sentido de penable y lo que está mal. Siento que a veces tendemos a querer judicializarlo todo. Lo pienso a veces con gente que está en mi trinchera, desde un punto de vista feminista. A lo mejor a un tío de 40 años que se acuesta con una de 20 no hay que meterlo a la cárcel, pero eso no significa que esté bien. Y podemos llegar a un punto medio.
También creo que importa mucho la trayectoria, que es lo que hace a veces resulta difícil juzgar las cosas tan rápido.
No es lo mismo que un profesor una vez se enamore de una alumna bastante madura y tenga una historia con ella, siendo consciente de lo problemático que sea un hecho aislado en su carrera, etcétera, que convertir la universidad en el picadero de unos cuantos señores. Quiero decir que el consentimiento aislado es un elemento a tener en cuenta, pero no el único posible para hablar de una estructura de sexualización.
«Las estructuras de sexualización patriarcales igual que afectan fuera, afectan a la universidad»
Esta estructura de sexualización ¿Es lo que parece? Se han conocido muchos casos en los últimos años. Algunos los nombras en el libro y da la sensación de que la universidad es un lugar peligroso para las mujeres, no solo las alumnas jóvenes, estoy pensando también en doctorandas, profesoras más o menos jóvenes.
La universidad es una versión más pequeña de lo que es la sociedad en sí misma. A veces se han hecho discursos, intelectualmente, sobre cómo es ajena a la sociedad, y esa es su virtud. Y de hecho, eso nos sirve para algunas cosas positivas, como para que la policía no pueda entrar en ella si no da permiso el rector y ese tipo de cosas. Pero en realidad, la universidad solo es una expresión de lo que también sucede fuera de ella.
Las estructuras de sexualización patriarcales, techo de cristal, etcétera, igual que afectan fuera, afectan a la universidad. Lo que no podemos hacer es fingir que no, que es lo que a veces he intentado decir, como aquí.
En una carrera de humanidades, por decirlo rápido, todos somos guays y todos somos de izquierdas. “Aquí no conocemos todas estas cosas”. Pues sí, la conocéis igual, ni más ni menos, igual.
Pero, aparte, yo creo que si denunciar una situación injusta es complicado en cualquier lugar, la universidad tiene unas conductas de nepotismo que diría yo que lo hacen más difícil porque, además, es un nepotismo que se mezcla con la percepción de la propia valía que tiene tanto la estudiante que lo sufre como la gente que calla. En la novela cito el libro de Remedios Zafra, El entusiasmo. Mucha gente está dispuesta a comprometer su integridad porque lo que se está jugando no es solo un sueldo. Por un sueldo, quizás no lo harían, pero piensan en una carrera, en una posición social, en una imagen del intelectual que quieren alcanzar, etc.
Creo que las mismas personas que, si trabajasen en una empresa privada podrían denunciar ciertas situaciones sin miedo a ser despedidos (ya encontraré otro trabajo), no hacen lo mismo en la universidad porque creen que están trabajando con materiales mucho más sutiles. Por ejemplo, podrías decir que no quieres secundar una denuncia que hace alguien a quien crees, porque quieres presentarte a una plaza de dicha universidad.
Y también afecta mucho la precariedad del sector académico. En la última plaza que salió en la Universidad Complutense, se presentó una amiga mía y me dijo: “Sé que no me la van a dar porque se presenta un señor que ha sido profesor mío toda la vida”. Hay tan pocas plazas que no te la quieres jugar con nada.
Antes de hablar de la precariedad, que es otro de los temas que atraviesan tu novela, me gustaría preguntarte por ese silencio en la universidad. Ese miedo a sacar un poco la cabeza que retratas a lo largo del libro de muchas maneras: el conflicto que se da dentro del propio grupo de mujeres feministas, con la catedrática que parece que va a apoyar, pero… ¿Cómo de complicado es manejar esos silencios? Parece que todo el mundo conoce de casos muy concretos, de personas muy concretas y de actuaciones muy concretas, pero nadie quiere hablar.
Supongo que en parte se trata de una cuestión de medios y fines, ¿no? Por eso también hablaba de que, a lo mejor, puedes renunciar a tu sueldo cuando trabajas en una cadena de supermercados por una compañera, pero en la universidad te parece que no estás jugándote solo tu sueldo o el sueldo de otra persona.
Creo que, como la universidad pública ha sido tan atacada, a mucha gente le cuesta criticarla o solo lo hacen porque haya una cafetería del Banco Santander. Eso sí que les resulta muy cómodo de criticar porque vuelve a una universidad más comprensible para ellos. Pero criticar cosas dentro de la propia estructura les da miedo por si empeora aún más lo que ya está bastante mal, tanto a nivel de financiación como de credibilidad pública. Eso yo diría que es muy importante.
Y en cuestiones de feminismo también, por ejemplo. Puse la historia de la catedrática en la novela porque, aparte de que ella pudiera tener miedos, inquinas o cuestiones personales, pensaba: “Es que si no gana mi departamento, las cosas van a ser peor”. Con esa lógica, puedes sacrificar a una víctima, que es lo que pasó en política, en cierto modo, con el caso Errejón, que había que salvar los muebles.
Es la historia también de los movimientos sociales, que muchas veces tienes que callar cosas feas que sabes que suceden porque si no… La típica cuestión que también vemos en política, de que hay que tapar algo porque, si no, viene la ultraderecha… Como la causa es tan importante, lo demás da igual.
Me gustaría hablar de la precariedad laboral, que retratas hacia el final. Cuando tú intentas meter la cabeza en una escuela de doctorados, tienes que firmar artículos, tienes que hacer tu tesis, que trabajar para un departamento que de alguna manera te está explotando. Y tienes que callar muchas cosas. Esto entiendo que es la tónica general en la universidad.
Totalmente, y tiene muchas capas. Por una parte, la que tú acabas de retratar, que tiene que ver con la gestión del tiempo, con que el salario de una persona con una beca de investigación no es para tirar cohetes. También creo que pasa con todas las cosas inmateriales o que nos cuesta ver su materialidad directa.
«Creo que la clase media que no tiene una gran tradición universitaria es la más fácil de explotar»
Si yo trabajase por el mismo dinero, en una empresa nada intelectual, vamos a poner, una cadena de supermercados, y le dijera a mi madre que mi jefe me obliga a hacer horas extras, me diría qué mal; y si me viera muy mal, me diría “déjalo”. Pero si estoy en la universidad, sería diferente: “Sara, te están pagando por hacer lo que te gusta. En realidad, qué es ir a un seminario más”. Esa inmaterialidad hace que, sobre todo a la gente de clase trabajadora, le sea más difícil detectar una injusticia, diría yo. De hecho, creo que la clase media que no tiene una gran tradición universitaria es la más fácil de explotar por parte de sus superiores en la universidad.
¿Por qué lo crees?
Porque nuestras familias, nuestros círculos de amigos primeros de la vida no están acostumbrados a ciertas cuestiones. A mi madre le puede, -a mi madre es un ejemplo, no estoy hablando de mi madre concretamente-, que yo diga que me está molestando tener que ir a poner la cámara en un seminario porque no está en mi contrato o tengo que ir todas las tardes a la universidad y que estoy harta, le puede parecer una fruslería, porque ella piensa: “Si yo me levanto todos los días a las 6 de la mañana para ir a la empresa”.
«Se sigue pensando que tener un trabajo intelectual es un privilegio por sí mismo y que podrías llegar a hacerlo gratis»
No hay una valoración del trabajo. Se sigue pensando que tener un trabajo intelectual es un privilegio por sí mismo y que podrías llegar a hacerlo gratis. De hecho, hay muchísima gente que trabaja gratis para instituciones culturales y que no quiere salir de esa situación.
Y siento que personas que tienen más tradición familiar de profesiones intelectuales, son más capaces de detectar que eso es un abuso.
Te quería preguntar por el papel de las mujeres en la novela y por una especie de zona gris en la que todo sucede. Muchas de las que retratas se mueven en esa zona de complicidad con la compañera, pero también de enemistad con la competidora. ¿La universidad se ensaña especialmente con las mujeres, con su sororidad?
Yo creo que en realidad la maldad se distribuye igualmente por géneros. No creo que las mujeres por sí mismas sufran más en la universidad, en todos los sentidos; en algunos sí, pero en otros quizá no tanto. Me parece complicado hacer una aseveración general.
Pero me apetecía que se viera en la novela que espacios en teoría pensados para la solidaridad entre las mujeres son todo lo contrario. Me parecía interesante, aparte de porque creo que hay que denunciar esas cosas, porque no quería hacer una construcción falsa y fácilmente desmontable por cualquiera que haya pasado unos años en la universidad, de que todas las mujeres son un remanso de paz y amor, siempre dispuestas a ayudarse y que nunca han pisado a nadie.
A veces la persona más peligrosa que puedes tener a tu alrededor en una de estas situaciones es una mujer que está haciendo una tesis sobre Butler, y es que es así, o alguien que está haciendo un estudio sobre la precariedad laboral y te obliga a trabajar cuando no deberías hacerlo. Me apetecía que eso se viera por realismo y porque no me sentía cómoda con esa imagen de la mujer bondadosa, que vuelve a infantilizar a la mujer, la hace como víctima más que mujer.
Pensando en el cuestionario me preguntaba que, con lo intrincado de las relaciones en la universidad, ¿cómo se podría solucionar algo de lo que cuentas en el libro?
Yo la primera solución que pondría, que de hecho hay cierto precedente con cómo cambió la legislación de las FPU, es que el acceso a un puesto público en la universidad fuese como en cualquier otro puesto público. Esto es: un examen firmado con tu DNI y sin nombres. En la FPU, cuando yo la hice, aún era casi igual de importante o más que tu perfil, quién era tu director y el grupo de investigación.
Eso te obligaba a establecer una red de relaciones antes incluso dedicarte profesionalmente a la vida académica. Podías tener suerte. En mí caso, en cierto modo, fue así: que un profesor me dijo, venga, vamos a sacar tu candidatura, que tienes buenas notas, porque le caí en gracia y porque vio una oportunidad para mí y para él.
Pero hay grandes dramas de gente que se pelea por la firma de un catedrático para su beca FPU dos años antes siquiera de presentarse. Eso es algo que sucedía. Al cambiar esta manera de acceder a la FPU, diría que ha mejorado.
Cuando hablo de esto nadie es capaz de decirme por qué sería tan malo que para ser profesor de Metafísica II yo hiciera un examen y no un concurso de méritos absurdos. Eso nos permitiría salir del sistema académico en su vertiente más neoliberal. O sea, ¿para qué voy a estar publicando millones de años artículos con un Q1 pensando en mi plaza? No, dedico ese tiempo a mi tesis porque lo que luego haré será presentarme a un examen. Entonces dejarían de tener valor esas cosas.
El sistema de publicación de artículos me parece una de las trampas más perfectas para someter a todo el profesorado y, sobre todo, a las personas que quieren hacer carrera.
Y además es absurdo. Hubo una época cuando yo acabé mi tesis y estaba en ese momento, antes de publicar la novela, que trabajaba de correctora de lo que podía. En este tiempo he sabido de una persona que ha pagado por publicar un Q1 y el artículo se lo he escrito yo.
Me parece ridículo que para ser profesor, sin quitarle valor a ser profesor de la ESO, tengas que estar dos años mínimo estudiando y que en la universidad puedas depender de este tipo de trapallerías.
«En tu tribunal de tesis la gente no siente que te esté evaluando a ti, sino a tu director»
Hablando esto, pienso en los tribunales de tesis. En uno de los casos que mencionas en el libro y que llevamos tiempo investigando, puede verse cómo los tribunales de tesis están dominados, a veces hasta el 100 % por miembros de una misma red de investigación, de manera que parece difícil que una evaluación pueda ser objetiva en ese contexto.
Sí, es absolutamente vergonzoso. En tu tribunal de tesis la gente no siente que te esté evaluando a ti, sino a tu director. Entonces, tu director es el primer interesado en que el tribunal no haga el ridículo. Si la persona que firma la tesis hace el ridículo, parece que lo hiciera él, como muy mal tutor.
Ni siquiera es por el alumno; aunque nos asusten un montón, se trata del prestigio del profesor, nadie quiere estar en una tesis que no ha aprobado o que ha sacado un 6.
En una época trabajé haciendo tesis doctorales de negra; no hice muchas, pero sí alguna. Y siempre se lo intentaba transmitir a quienes hacían la tesis. Da igual cómo esté, el director va a poner a sus amigos y vas a aprobar.
También puede ser al revés. Un director de tesis puede amenazarte con no darle la aprobación a tu tesis o ponerte en un tribunal muy agresivo. De hecho, si tú has recibido una beca de investigación y quieres renunciar a ella porque sientes que no estás cómoda con tu director, tiene que firmar él, y ahí te estás jugando el sueldo de cuatro años.
Se generan unas relaciones de interdependencia muy complejas que, a los años, pueden suponer que haya personas que vean sus méritos puestos en entredicho por haber participado de una forma u otra en ellas…
A mí hay una parte que me hace pensar que obviamente estas personas también tienen algo de culpa porque han entrado en un sistema en el que yo quiero pensar que no participaría. De hecho, no lo hice.
Pero no se puede confiar en que la gente sean santos, o sea, la gente tiene momentos más y menos brillantes a nivel moral; el problema es la estructura que está de fondo.
Si me preguntan, depende de la persona y de qué ha hecho exactamente, pero sí que hay algo de responsabilidad ahí. No es lo mismo que tú estés seducida por una persona, seas muy joven, no sepas por dónde te da el aire y quieras pensar que tu caso es diferente que decir: “Mira, llevo 30 años con este señor en el despacho, lo he visto 200 millones de veces haciendo el guarro y no digo nada por un Q1”. Eso es lo que vale tu moral. Tener un ítem más en un currículum. A mí me daría mucha vergüenza, y de hecho, creo que algunas de estas personas, si reflexionan sobre esto dentro de unos años, sentirán vergüenza de lo que hicieron.
Es un terreno bien pantanoso. Algo parecido ocurre en la novela, en la que todo el mundo tiene sus miserias y nadie está libre de hacer algo mal en algún momento.
También te digo que cuando alguien se opone más duramente al mundo universitario, a mí me duele mucho. No quiero decir que todos los que se quedan son malos, pero de todas las personas a mi alrededor en la universidad que tenían dos cosas: una, moral, y dos, ganas de investigar de verdad, ninguna está en la universidad.
De esto no hemos hablado, pero merece una pequeña nota. La universidad, en los estudios de Humanidades, al menos, debería ser un foco de conocimiento, un lugar en el que de verdad la gente más brillante estuviera trabajando e impartiendo su conocimiento. Pero si tú te vas a ver los ensayos que se publican hoy en editoriales interesantes, no hay tantos profesores universitarios.
«La gente que no sigue el camino oficial dentro de lo universitario o que lo cuestiona con su mera presencia tiende a ser expulsada»
¿Esto es porque la universidad expulsa, como dices?
Creo que eso es una parte, y creo que, a veces, la gente que no sigue el camino oficial dentro de lo universitario o que lo cuestiona con su mera presencia tiende a ser expulsada. Al final, cada universidad es un lugar de trabajo. Si estás súper incómoda, te vas a otro lado.
También hay que diferenciar entre universidades grandes y pequeñas. Aunque suene paradójico, a veces las pequeñas son unos espacios mejores para pensar porque la competitividad es menos feroz.

