Esta entrevista ha sido publicada en el blog Educa.Barcelona
Un contenedor de barco ubicado en la plaza del Canòdrom, junto al Ateneu d’Innovació Digital i Democràtica, en el barrio del Congrés i els Indians, invita —hasta el domingo— a conocer y aportar historias personales de migraciones, de mayor o menor distancia, a través de relatos, objetos y fotografías que la gente aporta espontánea y voluntariamente al archivo de memorias en tránsito que es Museu Migrant Migrant. Es el proyecto con el que la fotógrafa Angélica Dass construye un relato de humanidad hecho por todas y todos, una iniciativa con valores y principios que enlazan plenamente con la Barcelona ciudad educadora, comprometida con la transformación educativa y el refuerzo de los vínculos. Y que ahora recibe a Angélica para llenar de testimonios este contenedor de vidas que nos interpelan como humanos y sensibilizan sobre la realidad de quienes deben alejarse de su tierra.
¿Cómo nació este Museu Migrant Migrant y por qué lleva este nombre?
Fue durante una experiencia en el País Vasco, con el proyecto que llamamos Un árbol sin raíces no prospera. Se trataba de investigar la historia migratoria de Bilbao con alumnos de seis escuelas. Surgieron muchas historias, como las de niños y niñas evacuados durante la guerra civil, que regresaron como menores no acompañados. Pero también supe que en Bilbao hay una comunidad filipina muy grande y que por todo el mundo hay personas nacidas en el País Vasco. En solo seis centros de enseñanza aprendí mucho. Y entonces pensé: esto no puede quedarse aquí y, cuando terminamos, me preguntaba cómo puede ser que no haya un museo de la migración en el Estado español, que es una tierra tan atravesada por migraciones, del campo a la ciudad, de otros países hacia aquí y de aquí hacia fuera. En Cataluña tenéis uno, pero muy centrado en vuestro caso, y en Cantabria está la Fundación Archivo de Indianos, pero un museo de la migración más global no existe. Y así nació la idea del Museu Migrant Migrant, un museo de la migración que al mismo tiempo migra, porque no tiene un lugar fijo y porque así puede ir recogiendo las historias de todo el mundo.
¿Cómo funciona exactamente?
En cada lugar al que vamos alquilamos un contenedor de barco, así evitamos la huella ecológica al desplazarnos. Dentro del contenedor montamos una pequeña exposición con fotografías de los objetos que nos ha ido trayendo la gente y, en un código QR al lado, quienes entran a visitarla pueden descargarse los audios de los relatos personales de cada uno. Y todos estos códigos QR también se pueden escuchar en el archivo de la web del proyecto museomigrantemigrante.es. De esta manera, el proyecto se convierte al mismo tiempo en un museo en línea que cualquier persona puede visitar. En el contenedor, además, recibimos a la gente que nos trae objetos y fotografías y que nos cuenta su historia o la de alguien de su familia.
¿Cuál es el objetivo que acompaña al hecho de compartir todas estas historias personales?
El objetivo es cambiar la narrativa que nos dice que las historias de migración son siempre sobre los demás. Empiezas a rascar y, quizá tú no, pero ¿y tus padres? ¿Y tus abuelos o tíos? Y acaban saliendo historias muy emotivas de alguien de la familia, como la del abuelo Pepe, que desde una pequeña aldea gallega se fue a trabajar a Lausana, como carpintero, y una nieta trajo la fotografía de los rudimentarios utensilios con los que trabajaba su abuelo. Este recuerdo se convierte en un homenaje al abuelo. Y así, muchas historias de despedidas, de recuerdos, de separaciones de los amigos, que dan pie a reflexiones y que, cuando otras personas las conocen, pueden sentir que en algún punto conectan con situaciones vividas por ellas o por sus padres o abuelos. Mucha gente se ha emocionado escuchando los testimonios y también aportándolos. En Catarroja, por ejemplo, una mujer vino a decirnos: no os puedo traer nada porque la dana se lo llevó todo, solo tengo unas fotografías de mi padre que se salvaron dentro de un libro. En Canarias, recogimos el testimonio de unos niños que tuvieron que trasladarse con su familia porque, con la erupción del volcán, habían perdido la casa. Todos tenemos un pedacito de estas historias, yo veo tantas cosas mías en ellas. Toda mi familia está en Brasil.

¿La gente participa?
Mucho. Especialmente, las personas mayores, que agradecen muchísimo que alguien las escuche. Es que en este proyecto encuentran el reconocimiento de quiénes son y se dan cuenta de que su narrativa es válida. Cuando voy a las escuelas, porque además de montar el contenedor con la exposición y atender allí a la gente, también voy a centros educativos, allí los niños también están muy agradecidos, porque, al igual que las personas mayores, sienten que su narrativa es válida y ven que es una fotógrafa famosa quien los escucha. Y, sobre todo, que la gente ve la finalidad del testimonio que aporta, es el efecto de la gente multiplicadora del mensaje, que convierte su historia en un bien común. Y yo hago de canal de esta multiplicación.
¿Dónde tiene su origen este interés por retratar rostros por todo el mundo que hizo tan célebre en 2012 su proyecto Humanae?
Yo nací en una familia muy colorida, y la diferencia siempre ha formado parte de mi vida cotidiana, siempre ha formado parte de mi experiencia vital. Pero cuando realmente me planteé esta diferencia fue cuando una maestra, en vez de hablar del color rosa, lo llamó color carne. ¿Qué carne?, pensé yo, porque la mía, no. Al llamarlo de aquella manera estaba dejando fuera de la narrativa a muchísima gente como yo. Por tanto, en realidad empecé a pensar en el proyecto Humanae cuando era muy pequeña y aquella profesora no dijo: de color rosa, sino color carne. Por eso creo enormemente en el poder de la educación.
Humanae te dio a conocer. ¿Cuáles fueron las primeras fotografías que formaron parte de él?
La primera fue la mía, porque parto de las etiquetas que me deshumanizan a mí como afrodescendiente. La segunda fotografía fue la de mi primer marido. Después viajé a Brasil para hacer fotos de toda mi familia, y las conversaciones que teníamos sobre la diferente percepción de cada uno acerca de lo que estaba haciendo, sobre la diferencia en los colores de piel, fueron muy interesantes. Posteriormente, volví a España y fotografié a mi familia política, de origen andaluz. Todo esto era, en principio, para mi trabajo final de máster. Recuerdo que, con mis compañeras de máster, en un estudio cutre que compartíamos en la calle León de Madrid, invitábamos a la gente a venir y dejarse fotografiar.

Las fotografías del proyecto Humanae, que «celebra la diversidad del color humano y actúa como manifiesto visual contra el racismo», se han expuesto en espacios como el Foro Económico Mundial, Naciones Unidas, el American Museum of Natural History, PhotoEspaña, Fotografiska y museos de Montreal, La Haya, Lausana, Ciudad de México y São Paulo. También se ha publicado en medios como National Geographic, Foreign Affairs y la BBC.
He querido aprovechar el privilegio de ser una artista reconocida internacionalmente para hablar de los temas que me interesan. Dejé la fotografía de moda, un mundo en el que me ganaba muy bien la vida, pero en el que también me di cuenta de que estaba alimentando estereotipos. Y ahora, gracias a toda mi experiencia profesional con la cámara, puedo hacer fotos que son muy estéticas. Sí, son imágenes bonitas porque la belleza es algo más fuerte que yo e, incluso hablando de temáticas llenas de dureza, busco llenarlas de belleza. Siempre con el objetivo de crear empatía, que estas historias personales sean un espejo.
En 2021 publicas el libro infantil ilustrado The Colors We Share, que va acompañado de una guía educativa que utilizan las escuelas públicas de Nueva York. ¿Este componente educativo forma parte de tu motivación?
Mi madre, como afrodescendiente y mujer, nacida en el 47, fue una privilegiada por poder estudiar. Habría querido ser médica, pero salvó muchas más vidas siendo profesora, en el barrio donde vivíamos, en Río de Janeiro. En casa teníamos una biblioteca gigantesca y los niños del barrio venían. En todo lo que hago hay siempre una vena educativa. Siempre he tenido la educación como parte de la práctica fotográfica. Me interesa facilitar a educadoras y mediadoras culturales cómo utilizar los materiales con fines educativos que se pueden descargar de la web de mis proyectos, como el Museu Migrant Migrant, para que los utilicen en el aula. Y enseñar lo que hago también a estudiantes de bachilleratos artísticos y de escuelas de arte para que me copien y puedan hacerlo cuando yo ya no lo haga. Incluso hemos hecho el proyecto de enseñar a construir una cámara oscura para hacer las fotos.
A partir de la diferencia, Angélica ha sabido construir caminos de conexión a través de las emociones que despiertan las historias personales. Las que habrá recogido estos días en Barcelona viajarán con el archivo de memorias en tránsito que es el Museu Migrant Migrant, que hasta el 18 de diciembre, Día Mundial de las Personas Migrantes, continuará recorriendo el Estado.

