Nunca he sido un defensor del informe PISA, vaya esto por delante. No pretendo hacer pasar por neutral mi opinión sobre esta prueba, entre otras cosas porque la neutralidad no existe. Desde que conocí su existencia me he colocado del lado de quienes la visualizan como un instrumento diseñado para influir en la educación haciendo que los gobiernos de los diferentes países gasten sumas de dinero en aplicar una prueba que, en mi opinión, tiene una visión sesgada y orientada a la competición desde postulados neoliberales profundamente lesivos.
Dicho esto, no hubiera escrito este artículo si solo fuera por la eterna cantinela de que unos digan que España está peor que otros países que sacan más puntos -una obviedad de forma genérica, pero cuestionable en este asunto-, mientras que otros se afanan en repetir que estamos en la media según el resto. Ambas partes se agarran a datos que parecen darles la razón, aunque yo pienso que el asunto se enfoca tan mal que no la llevan. Sinceramente, me interesa muy poco la puntuación artificial que se adjudique a nuestro alumnado de 15 años. En realidad, solo me ha movido a escribir este artículo argumentar por qué el informe PISA es, según yo lo veo, el responsable de su propio fracaso.
Definamos “estar mejor” desde el mandato constitucional del artículo 27.2 de la CE
Procede a comenzar por reflejar qué dice el segundo apartado del artículo 27 de nuestra Carta Magna: “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.”. Siendo importante resaltar que habla de educación, no de sistema educativo y mucho menos de escuela, instituto o colegio, así como de pleno desarrollo de la personalidad humana, no de desarrollar aspectos parciales de esta.
Pues bien, lo primero será afirmar lo evidente, que al informe PISA no le interesa saber en qué situación se encuentra ese desarrollo en todos los ámbitos posibles que vayan conformando la personalidad del alumnado, que a los 15 años aún está en proceso de realización. De forma deliberada se centra en tres cuestiones muy concretas y desprecia bastante el resto.
Nos quiere dar a entender que, con hacer mediciones -cuestionables, dicho sea de paso- de matemáticas, ciencias y comprensión lectora se pueden extraer conclusiones sobre el nivel educativo del alumnado y por extensión de un país, compararlos sin más como si todos estuvieran en las mismas condiciones y hacer un ranking de países como quien lo hace del listado de precios de las hortalizas en un mercado de abastos. Es decir, nos suministran un trampantojo. Lo adornan con el lenguaje de las competencias, le ponen un lazo y lo facturan.
A partir de ese instante, aquel en el que se dan a conocer los resultados, nos llueven a la ciudadanía titulares de unos sobre los males de nuestro sistema educativo y, de otros, sobre las medidas que tomarán para corregir la bajada en puntos o para reforzar la subida, sin que ni unos ni otros sepan exactamente qué ha provocado esa subida o bajada. Por supuesto, el informe PISA ofrece sus propias conclusiones, claro está.
Pero una pregunta que no tiene respuesta es si el informe se elabora para respaldar lo que se quería decir de todas maneras o si realmente surgen de intentar adivinar qué ha sucedido. Eso sí, para que ningún país se enfade demasiado, las mentes responsables del informe repiten, para quien quiera escucharlo y también para quien solo lo oye, pero lo obvia, que su herramienta no mide sistemas educativos sino situaciones educativas de los países.
En definitiva, que nos hablan de estar mejor o peor sin que hayan dejado claro qué debemos realmente entender por ello, más allá de la posición en un ranking. Porque, ¿qué es estar mejor según el mandato constitucional antes citado? Pues deberá ser lo que dice: conseguir que las nuevas generaciones tengan un desarrollo más pleno de su personalidad, en este caso mayor cuando llegan a los 15 años que aquellas generaciones de otros países con las que se comparen.
Y aquí viene otra pregunta, ¿comparados en qué? También el 27.2 de la CE nos da la respuesta que nos debería importar: en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales. Y el informe PISA, ¿mide esto? No, al menos no de forma intencionada y directa, sino extrayendo conclusiones sobre datos que, por lo menos a mí, no me demuestran nada de eso. Salvo que la caída generalizada de puntuaciones con las que nos han “alertado” esta vez sea la causa del avance del fascismo y sus discursos de odio y ataque a dichos principios, derechos y libertades, con el objetivo de erosionar la propia Democracia, porque eso está pasando también a la vez. Pero cualquier investigador, por muy novel que sea, afirmará siempre que la correlación no implica causalidad.
¿Por qué es responsable de su propio fracaso el informe PISA?
Parece coherente que definamos éxito para intentar saber si, por su ausencia, el informe PISA fracasa. En mi opinión, el éxito de una prueba de diagnóstico viene dado por diversos factores. No cuestiono que se haya definido bien qué se investiga, cuál es el método y la herramienta utilizados, cómo se recogen los datos y se realiza el tratamiento estadístico que se les da, y ni tan siquiera la rigurosidad en la elaboración de las conclusiones.
¿Existen elementos para desconfiar de todo ello? Quizás, porque está claro que sembrar una cierta alarma calculada con los resultados en cada edición es algo que conviene a la propia prueba, ya que, sobre esta base, se pueden lanzar mensajes que refuercen tesis neoliberales y neoconservadoras en la educación. Con cada edición aparecen algunos.
Pero, es tan evidente que se espera un reforzamiento de la privatización de la educación, que se ha montado un rápido revuelo en esta ocasión al afirmar que las clases sociales más altas han sufrido mayor retroceso que las menos acomodadas. Gurús de lo privado han intentado, esta vez sí, cuestionar el informe PISA por ello, confundiendo, puede que deliberadamente en mi opinión, un supuesto error metodológico con lo que solo es un cambio en los ítems de la prueba.
Sin embargo, esa conclusión anunciada no solo es cierta, sino también lógica, aunque no pueden aceptar sin más que quienes están en mejor posición social estén fracasando más. Eso supondría cuestionar su modo de vida y, en lo educativo, a los centros privados, muchos de ellos considerados de élite. Tenían que intentar negarlo.
Y es que, muy a su pesar, que la escuela pública obtiene mejores resultados que la privada con alumnado que tenga situaciones socioeconómicas similares está más que demostrado con los datos que se pueden comprobar en las estadísticas oficiales; por ello se ponen de los nervios cuando les hablas a sus defensores de utilizar evaluaciones que detecten el valor añadido de los centros y no solo fotos fijas que no aporten esa información. En el fondo, el informe PISA es solo una sucesión de fotos fijas sobre las que se intentan establecer tendencias; tampoco nos ofrece datos sobre el valor añadido que aporta la sociedad a las nuevas generaciones y, por tanto, es ineficaz para aportar conclusiones que permitan descubrir soluciones a los supuestos males que dice detectar. Esto, para mí, es parte de su fracaso.
Lo anterior se añade al desprecio por diagnosticar qué sucede realmente con el resto de los conocimientos y las competencias que forman parte del desarrollo integral del alumnado. Como buena prueba neoliberal, su interés se centra en aquello que necesita un sistema productivo, pero esta parte, siendo necesaria, es insuficiente.
En la sociedad actual necesitamos saber por qué siendo las generaciones mejor preparadas, o con las mayores posibilidades para estarlo -si dejarlo así contenta a quienes se consideran mejores que las generaciones que les siguen-, las y los menores adolescentes están abrazando en mayor medida o de forma más visible postulados neofascistas, así como echándose a las redes sociales y a los entretenimientos virtuales como escape a una vida que no les satisface. Por supuesto, en un contexto distinto, ya que ahora sí es relevante lo que les ocurra desde un plano psicológico, a diferencia de hace unas décadas, donde una buena parte de la sociedad decía que todo se arreglaba “con dos buenas tortas”.
Y no es de extrañar que esta realidad de inmersión en mundos virtuales los lleve a tener menos competencias para el mundo real y hacia una apatía educativa y social, pero no son los culpables, sino las víctimas. Esa sociedad la hemos creado sus adultos, así que nos toca arreglarlo.
Haber generado esta apatía se nota en lo que sucede con el informe PISA. Cada vez son más los menores de 15 años que se enfrentan a la prueba sin poner interés en obtener un buen resultado sino en terminarla pronto; de esto se pueden encontrar certezas entre el profesorado que se encarga de implementar los cuestionarios. Consecuencia de ello es un descenso en los puntos obtenidos, por lógica pura.
El informe PISA no puede discriminar entre quienes no tienen los conocimientos y las competencias que se miden de aquellos que teniéndolas no han prestado suficiente interés por la prueba. En mi opinión, parte de la caída generalizada en todos los países se puede basar en esta realidad, lo que supondría una demostración más del fracaso de la prueba.
Es lógico que esta apatía hacia los cuestionarios exista, entre otras cosas porque desde hace tiempo el profesorado que los implementa sabe que es un trámite burocrático más que no le aporta nada a su función educativa y este desinterés se detecta por el alumnado. Como también ayuda a esta apatía docente el hecho de que los países, en nuestro caso las comunidades autónomas, favorezcan ciertas trampas visibles en la prueba, dejando o incentivando que a cierto alumnado se le indique que el día de la prueba se quede en casa. Ocurre lo mismo con la PAU -la selectividad de toda la vida-, que los centros hacen la criba previa para luego poder decir que aprobaron el 100% de los presentados, aunque presenten el 50% de los matriculados o menos. Falsas apariencias, falsos éxitos. Bueno, pues el informe PISA, ni con esa criba, ofrece buenos datos.
Pero, lo que es más preocupante, no es capaz de saber si estos son reales o consecuencia de apatías y trampas. Conclusión evidente: es una prueba fracasada que haríamos bien en dejar atrás. ¿Diseñamos una nueva forma de obtener datos que nos permita dar respuestas a nuestras necesidades sociales? ¡Ya va siendo hora!

