Política educativa

Las claves para entender los cambios educativos en juego en las elecciones de Estados Unidos

Pegatina satírica sobre Clinton y Trump / CC BY-SA Ted Eytan (Flickr)

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«Campaña en la Casa Blanca de 2016» y «educación» son conceptos difíciles de ligar. Las propuestas educativas en la carrera presidencial que culminará con las elecciones del próximo 8 de noviembre desaparecieron con la caída de Bernie Sanders, el veterano senador que gozaba de un apoyo abrumador entre los estudiantes y que osó discutir una candidatura que Hillary Clinton daba por hecha. El aspirante demócrata ha asumido desde entonces gran parte del programa socialdemócrata de Sanders -matrícula gratuita en las universidades públicas o refinanciación de los préstamos estudiantiles-, pero la atípica campaña que le ha enfrentado con el republicano Donald Trump ha apelado a los instintos más bajos del pueblo estadounidense y ha buscado, más que nunca, derrotar al contrario a base de escándalos, dejando de lado las propuestas.

El showman republicano, más interesado en inmigración y comercio que en educación, ha construido un programa muy básico en este campo con dos propuestas centrales: eliminar los Common Core (el plan de estudios común) y promover la elección escolar, es decir, subvencionar a las familias para que puedan matricular a sus hijos a centros privados.

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Los problemas de la educación primaria y secundaria en los Estados Unidos tienen parte de la raíz en la Ley de Educación No Child Left Behind (Que ningún niño quede atrás), impulsada en 2002 por el expresidente George W. Bush. La norma imponía un estricto control de Washington -en detrimento de los estados- sobre la educación y un sistema de evaluación de las escuelas basado en exámenes estandarizados anuales de matemáticas y lengua, con sanciones para los profesores y los centros que obtuvieran peores resultados.

Aunque la ley se aprobó con el apoyo de los dos partidos -incluida la entonces senadora Clinton-, con el paso del tiempo se demostró llena de carencias y se acabó topando con la oposición de casi todos. A finales de 2015, también con el apoyo de los dos partidos, el presidente, Barack Obama, impulsó una nueva ley, Every Student Succeed (Que cada estudiante tenga éxito), que mantiene los exámenes anuales pero retorna a los Estados las competencias para interpretar la calidad educativa e intervenir para mejorarla.

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La deuda estudiantil, el exceso de evaluaciones y los Common Core han sido las patatas calientes de la era Obama. Pero vayamos por partes.

Consenso para reducir exámenes, pero ¿cómo?

La ley No Child Left Behind partía de la premisa de que el aumento de exámenes estandarizados mejoraría el nivel educativo general. De esta manera, con Bush primero y Obama después, se ha vivido un proceso de aumento de pruebas comunes -hasta 112 a lo largo de la escolarización, ocho anuales- que el actual consenso considera perjudiciales. Una de las críticas que recibe el sistema es que la enseñanza está orientada a lograr unos buenos resultados en las pruebas en lugar de adquirir los conocimientos.

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Para reducir el impacto de los exámenes en el proceso educativo, Obama ha promovido una reforma para limitar al 2% de horas lectivas el tiempo que se les dedica, pero no ha cuestionado el sistema en sí. De hecho, la nueva norma, Every Student Succeed, los mantiene.

Ninguno de los dos candidatos ha hablado mucho durante la campaña, pero Clinton se ha mostrado favorable a hacer «menos y mejores» pruebas. A falta de concreción en el programa, su marido, Bill Clinton, defendió eliminar las pruebas anuales y hacerlas solo al final de la primaria y de los dos ciclos de secundaria, como cuando él era presidente, un sistema que se demostró ineficaz ya que los estudiantes más desfavorecidos quedaban, como dice precisamente el nombre de la ley actual, atrás.

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Trump, por su parte, ha criticado la inversión que hace el gobierno en exámenes por los frutos exiguos que se sacan y, de paso, el nivel de la escuela norteamericana en general en comparación con otras naciones: «Tenemos países del Tercer Mundo por delante de nosotros, países que ni os lo creeríais, países de los que ni siquiera han oído llamar «.

La bandera de Trump contra el currículo común

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De lo que sí ha hablado Trump, y mucho, es de los Common Core. A partir de 2010, ante el desbarajuste que suponía que cada uno de los 50 estados tuviera un currículum académico diferente pero todos debieran afrontar pruebas estandarizadas, una cuarentena de ellos diseñaron y adoptaron un plan de estudios común conocido bajo el nombre de Common Core y que se interpreta como una extensión del No Child Left Behind. El multimillonario republicano tiene una cruzada particular contra los Common Core, un «desastre» bajo su punto de vista, y prometió deshacerse de él si gana las elecciones. No lo tendrá fácil, pues el contenido educativo es competencia de los Estados y la Casa Blanca no tiene ni voz ni voto. Los demócratas apoyan el sistema pero no lo han nombrado durante la campaña ya que no pasa por su mejor momento de popularidad.

Propuestas de libre mercado educativo

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Trump, muy crítico con el sistema público de enseñanza, defiende un escenario de «libre mercado educativo» subvencionado por el gobierno. Su programa school choice (elección escolar) prevé 12.000 dólares por niño a las familias con menos recursos que quieran llevar a sus hijos a la privada. El coste de la medida sería de 130.000 dólares anuales, pero la Casa Blanca solo pondría 20.000, y dejaría a los estados el grueso de su financiación.

Según su lógica, este «libre mercado» mejorará la competitividad de todo el sistema. Para el candidato republicano «no existe una política fallida más necesitada de un cambio urgente que el monopolio público de la educación», que según él ha «atrapado a millones de negros e hispanos».

Los demócratas se oponen a la elección escolar, que ven como una estocada a la educación pública, pero han prometido un paquete de inversiones destinadas, principalmente, a reconstruir las escuelas e informatizar la educación. «He estado en escuelas de pueblos y ciudades de nuestro país donde no llevaría a ningún niño. Se están cayendo a pedazos, las paredes están podridas, hay ratas. Es asqueroso «, señaló Clinton.

¿Cómo hacer frente a la deuda billonaria de los universitarios?

Más allá de primaria y secundaria, la educación superior es otra patata caliente que amenaza explotar. Las matrículas en las universidades públicas de Estados Unidos oscilan los 10.000 dólares anuales por estudiante, una cantidad que se multiplica hasta tres al añadir el coste de vida.

Para pagarlo, muchos estudiantes piden unos préstamos -muchos de ellos en el Estado- que arrastrarán hasta la jubilación. En 2016, 44 millones de estadounidenses deben 1,3 billones de dólares, una cifra que crece al ritmo de 2.725 dólares por segundo según una proyección de StartClass. Todo ello representa un problema mayúsculo que amenaza a la economía del país y que Sanders hizo eje de su campaña. A cambio de su apoyo a Clinton una vez perdidas las primarias, el senador le exigió que asumiera su programa de educación superior.

Si Clinton cumple, la matrícula en las universidades públicas será gratuita a partir del 2021 para familias con ingresos inferiores a 125.000 dólares anuales. Esta medida beneficiará al 83% de los estudiantes. Además, la gratuidad se aplicará inmediatamente a las familias con ingresos inferiores a los 85.000 dólares anuales. La demócrata también propone refinanciar la deuda a aquellos con préstamos públicos, unos 25 millones, a fin de que no destinen más del 10% de sus ingresos y que pasados 20 años, se condonen estos créditos.

Trump ha hablado muy poco, de educación superior, pero ha criticado que el gobierno haga negocio con los préstamos, «una de las pocas cosas con las que no debería hacer». El candidato republicano defiende que los créditos estudiantiles deben darles únicamente los bancos.

Dar valor y acceso a la educación infantil

En 23 de los 50 estados, el coste medio de la educación infantil es más alto que la matrícula en universidades públicas: entre 12.000 y 17.000 dólares anuales dependiendo de la edad del niño. Este es uno de los motivos por el que el 52% de los niños y niñas de 3 y 4 años no van a la escuela. El programa de Clinton contempla garantizar la escolarización de todos los niños y niñas de 4 años y ayudas para que las familias no se gasten más del 10% de sus ingresos en educación infantil. También prevé doblar la financiación de los programas Head Start y Early Head Start para favorecer la escolarización de los niños de las familias más pobres.

En este caso, Trump también tiene un plan. Desarrollado a instancias de su hija, Ivanka, el magnate neoyorquino propone una deducción de impuestos para compensar el precio de las escuelas y guarderías, una medida a la que también se podrían acoger a los que cuiden a los niños desde casa. Los impuestos de la mayoría de contribuyentes, sin embargo, quedan lejos de las cifras expuestas más arriba. Los más beneficiados serán pues los que más ingresos tienen. Trump también ha prometido ayudas para las empresas que monten guarderías. Además, los dos han prometido bajas maternales remuneradas (seis semanas Trump y doce Clinton). Los Estados Unidos son la única nación industrializada del mundo sin bajas remuneradas de maternidad por ley.

 

FOTOS: CC BY-SA Ted Eytan (Flickr)