Opiniones

Jaume Funes

Ni deberes ni huelga Jaume Funes

Hay que utilizar los deberes como excusa para repensar algunas de las dinámicas del sistema educativo, como la relación familia-escuela

Jaume Funes

9/11/2016

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Ando en el mundo de la educación desde los años 70, del siglo pasado. Hace unos días, recuperando espacios en mi biblioteca, descubrí que ya había escrito un artículo sobre los deberes en 1994 del que ya ni me acordaba. La verdad es que lo primero que hice fue comprobar si decía algo contradictorio con el libro Hartos de los deberes de nuestros hijos que he escrito 22 años después y ha llegado a las librerías hace unas semanas. Respiré tranquilo: salvadas las distancias temporales no me contradecía demasiado. Pero, el descubrimiento me hizo volver a interrogarme sobre las razones por las que el tema de las “tareas escolares creativas para hacer en casa” (así lo llaman los franceses que tienen regulados los deberes) se venía repitiendo cíclicamente desde los tiempos de Franco y había explotado de nuevo este curso con tanta fuerza.

Cuando los deberes recordaban la escuela franquista a superar

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En los primeros años de la democracia, embarcados en la lucha por una escuela pública renovada y de calidad, estar en contra de los deberes significó estar en contra de una escuela franquista basada en el “repaso” y las academias. La renovación educativa, la pedagogía activa, la escuela pensada para la infancia, dejaban claro que los deberes escolares no respondían a la educación que queríamos construir. De hecho, con el ministro Maraval estuvieron regulados y muy limitados por decreto.

La renovación fue diluyéndose con el tiempo y las nuevas normas fueron imponiendo, de facto, una escuela que volvía al pasado, pero se definía con palabras modernas. Buena parte de los diferentes resurgimientos del tema han tenido que ver (tienen todavía que ver) con la escuela del currículo. La lista de las cosas que aprender que cada gobierno coloca en los libros es tan larga que nunca habrá suficientes horas de escuela para aprenderlo todo (mejor dicho, para empollarlo todo) por lo que siempre habrá que hacer en casa algo que no se pudo hacer en la escuela, aunque solo sea volver a repetirlo para afianzarlo.

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Por eso no debería hacerse huelga de deberes sino huelga de currículo. Padres y madres que se niegan a ayudar a hacer deberes mientras no se les permita participar en conocer qué deben aprender y cómo deben aprenderlo. Padres que exigen deberes que ayuden a pensar o a mantener el deseo de saber y se oponen a hacer más escuela en casa.

La infancia paga nuestras explotaciones horarias

La crisis actual de los deberes acumula todas esas contradicciones y muchas más. ¿Por qué se hace ahora social, educativa y familiarmente insostenible? Deberíamos hablar de crisis de la infancia. La mayoría de los deberes que ponen muchas escuelas e institutos son un símbolo que recuerda cómo la infancia paga las hipotecas adultas. ¿Saltarían las mismas chispas con la maldita ficha que nuestro hijo ha de hacer entre el baño y la cena si padres y madres tuvieran más tiempo para estar con los hijos, llegaran a casa menos histéricos y menos cansadas? Los deberes, de entrada, sean como sean, son un problema porque colonizan el poco tiempo que podemos dedicar a la infancia.

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¿Podemos hablar de deberes cuando, de manera especial en la secundaria, tiene un horario “intensivo” que condena las vacías tardes adolescentes a seguir haciendo más tareas escolares odiadas? El problema con los deberes que el adolescente no llevará hechos al día siguiente al instituto tiene que ver, fundamentalmente, con cómo organizamos los tiempos educativos y las presencias adultas entre unos adolescentes centrados en aprender y descubrir, pero de las experiencias de la vida.

No entraré en las actividades “extraescolares” porque este artículo no tendría fin. En cualquier caso el resumen es sencillo: hemos olvidado que la infancia y la adolescencia tienen tiempos diferentes, que en todos ellos aprenden, todo ellos son necesarios, entre todos esos tiempos deben tener tiempo para ser niños, para ejercer la adolescencia. Como nuestros horarios y los suyos no cuadran, como sus necesidades y las nuestras no coinciden, exigimos tiempos de custodia (que nos los cuiden el máximo tiempo posible) y llenamos sus vidas de actividades que el mercado señala como imprescindibles para tener éxito en la vida. Y los deberes no caben… Hemos olvidado que ayuda más aprender a leer y escribir un cuento con beso y abrazo que una hora de vieja o nueva caligrafía.

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Hay que hacer huelga para que el ocio educativo sea tan obligatorio como la escuela. Escribamos una nota para el maestro (con copia para el alcalde): “Mi hijo no ha hecho hoy los deberes porque estuvo aprendiendo en la ludoteca”.

Negarse a colaborar en aprendizajes sin significado vital

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También hay padres y madres que se sobreponen al estrés horario y las explotaciones laborales. Su oposición a los deberes tiene que ver con no encontrarle sentido a tener que ayudar a identificar la diferencia entre diptongos ascendentes y descendentes. Les parece que sus hijos deberían aprender otras cosas y, especialmente, que deberían aprender de otra manera. Buena parte de los deberes que la escuela actual obliga a hacer ponen de manifiesto que es una institución vetusta, que tiene muy poco en cuenta cómo se aprende hoy, cómo se debería enseñar hoy. La mayoría de las propuestas de deberes representan la escuela del pasado, nada tienen que ver con la escuela que la infancia y la adolescencia de hoy necesita.

La crisis de los deberes siempre fue la plasmación de la ruptura entre la escuela y la vida. Se aprende si lo que se descubre en la escuela conecta con la vida, puede continuar fuera del aula. Se aprende si lo que se descubre en la vida encuentra explicación en el aula. Como recordé en el prólogo del libro citado “solo se aprende después de haber sentido el deseo de saber… aprender tiene que ver también con soñar o con descubrir la felicidad y los deberes no pueden ser otra cosa que propuestas para que la vida sea aprendizaje y el aprendizaje tenga que ver con la vida”.

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No deberíamos hacer huelga de deberes de fin de semana para poder ir al cine, al museo o al parque con nuestros hijos (recordando así que tenemos hijos y no alumnos). Deberíamos hacer huelga para reclamar que aquello que descubren en el parque o en el planetario sea lo primero que tratará de descubrir el lunes el maestro, para que esos descubrimientos formen parte de la nota.

Huelga para volver a entrar en la escuela

Finalmente, la actual crisis de los deberes es el epílogo de la ruptura entre la escuela y los grupos familiares que las administraciones y las leyes han impuesto. Padres y madres padecen con los deberes porque nadie les explica qué han de aprender o cómo se enseña a sus hijos e hijas. Tienen prohibido opinar sobre el currículo, hablar fluidamente con la tutora, aprender cómo pueden ayudar a aprender, pactar formas de ayuda educativa mutua. Los deberes recuerdan a padres y madres que son consejeros delegados de la escuela sin derecho a opinar sobre los que sus hijos hacen.

Hagamos huelga de deberes pero para compartir con maestros y profesores la educación de nuestros hijos y la de sus compañeros. Para que sus tutores nos ayuden a educar y para que nosotros hagamos posible que puedan enseñar.

 

Jaume Funes. Psicólogo, educador, periodista

www.jaumefunes.com

Comentarios

  • Juan Carlos Tedesco en la memoria – El Diario de la Educación » El Diario de la Educación

    […] Ni deberes ni huelga […]

    30/05/2017

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