Opiniones

Isabel Flores

¿Mucho ruido por nada? El caso de la mejora de los resultados PISA en Portugal Isabel Flores

Más importante que las políticas públicas y las reformas emanadas por los gobiernos, el éxito ha venido de las bases, del esfuerzo conjunto de familias, profesores y alumnos.

Isabel Flores

17/12/2018

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Recientemente se ha hablado bastante sobre el caso de la mejora de los resultados educativos en Portugal. Este fenómeno se debe al hecho de que Portugal es uno de los pocos países de la OCDE en el que los resultados promedio de PISA han mejorado de manera sostenida y continua desde el año 2000.

Cuando, en 2000, la OCDE publicó su primera evaluación importante sobre la educación, los resultados de Portugal eran muy bajos, los más bajos entre los países vecinos. Sin embargo, este hecho no sorprendió a nadie porque, a decir verdad, nadie espera que Portugal sea uno de los países más educados del mundo.

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El acontecimiento fue en 2015 cuando Portugal alcanzó la media de la OCDE en todas las áreas, situándose algo por encima de España y codiciando tener un sistema educativo que pudiera compararse con países como Finlandia, una referencia educativa creada por las pruebas PISA. Sin embargo, hablando rápido, Finlandia ha visto una caída de su rendimiento medio, y también está convergiendo con la media de los países de la OCDE.

A nivel internacional se habló sobre el «milagro portugués», pero internamente la educación es vista como un problema importante, en donde los estudiantes derrapan en los exámenes nacionales año tras año sin que se vean mejoras importantes.

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Yo propongo que se mire a la educación a través de diversos indicadores y que se haga un análisis más amplio en el tiempo y en el modo. De esta manera tenemos que presumir del camino que ha hecho Portugal para ampliar la educación de sus ciudadanos, ya que durante los largos años de dictadura fascista, la educación nunca fue una prioridad del sistema. En 1974 sólo el 10% de la población había concluido la enseñanza secundaria. En 2017 ese porcentaje se multiplicó y es casi el 90% para las capas más jóvenes de la población. Por otra parte, el abandono escolar, que se define como el porcentaje de jóvenes que no han completado la educación secundaria en el grupo de edad de 18 a 24 años, disminuyó de 50% en 1992 a alrededor del 12% en 2017. Estos indicadores son muy favorables para el sistema portugués cada vez más cerca del de sus pares europeos en lo que se refiere a la permanencia de los alumnos en el sistema.

Un segundo nivel de análisis, superado la importante cuestión de la universalización de la enseñanza, se refiere a la calidad de los aprendizajes y con la equidad, o sea, ¿el sistema escolar logra llegar a todos los alumnos, y proporcionar un nivel mínimo de conocimiento a los que por allá pasan cerca de una década?

Datos provenientes de PISA muestran que el 23% de los estudiantes portugueses no pasan del nivel 1 y este porcentaje ha sido difícil de combatir. Uno de cada cuatro alumnos no aprende prácticamente nada. La realidad española no es mucho mejor, se trata de uno de cada cinco en las mismas circunstancias. Saber quiénes son los alumnos que no aprenden es de importancia vital para que se puedan diseñar e implementar políticas dirigidas a estos alumnos.

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Sin sorpresa estos alumnos provienen de clases socioeconómicas muy bajas, acumulando desventajas. La escuela llamada inclusiva deja fuera a los alumnos que más lo necesitan, no ha logrado crear mecanismos que ayuden a los alumnos a superar la desventaja que traen consigo en la mochila. Una sociedad muy desigual como la portuguesa es también la española y tiene mucho trabajo para desarrollar el cumplimiento de su misión de estado social.

Estos datos apuntan a mejoras claras en la capacidad de mantener a los alumnos más años en la escuela, un cuadro mixto en relación con la calidad media de los aprendizajes: con las pruebas internacionales a mostrar mejoras expresivas, pero los exámenes nacionales muestran dificultades y resultados sistemáticamente por debajo de los deseables. El peor indicador no está en la media, sino en la cola: los alumnos que no aprenden, es para los que tenemos que volver la atención, sin descuidar a los demás, para quienes el sistema parece estar funcionando.

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Lidiar con el fracaso y la aplicación de políticas para combatir las dificultades de aprendizaje han estado relegadas a un segundo plano. En Portugal la repetición continúa siendo la medidas más comúnmente utilizada para combatir el fenómeno de los aprendizajes deficientes. A los 15 años más del 30% de los alumnos ya ha repetido al menos una vez. Una medida bondadosa, que parte del principio de que si el alumno repite un año tiene una nueva oportunidad, y se queda con un año más para crecer. La bondad de esta medida choca con la evidencia que se va acumulando, evidencia que muestra que la repetición poco o nada añade, por el contrario: baja la autoestima, la motivación y conduce a una espiral de fracaso muy difícil de romper. Es absolutamente imprescindible romper esta idea, crear nuevas formas de dar oportunidad a los que aprenden a otro ritmo, o que necesitan aprender de otro modo o, quién sabe, otros contenidos. Las buenas prácticas van siendo aplicadas por el país, muchas fruto de la dedicación y la voluntad de las comunidades locales que componen las escuelas: docentes, técnicos, familias y, claro, por el esfuerzo de los propios alumnos. Las políticas centrales han sido poco relevantes en estas áreas, aunque el actual gobierno ha intentado de forma un poco torpe y con pocos recursos difundir una idea de cambio de actitud. Aún es pronto para evaluar y comprender el nivel de implementación de estas medidas.

Este intento de cambio ocurre en un escenario de profesores envejecidos y devaluados. Los profesores, como toda la función pública, vieron sus carreras congeladas cerca de diez años y las luchas para recuperar los escalones salariales han sido infructuosas. Las huelgas, las protestas y el descontento dentro de las escuelas son señales estridentes, que trucan la voluntad de cambio: cambiar da mucho trabajo y consume mucha energía.

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Para terminar con una nota positiva, tengo que mencionar las buenas prácticas y las medidas que pueden haber conducido a un éxito parcial del sistema:

  • Desde el inicio del milenio, la educación preescolar se ha convertido en una realidad para casi todos los niños a través de la expansión de la oferta en la red pública.
  • Las escuelas del primer ciclo se han mejorado y organizado, proporcionando a todos los niños la posibilidad de asistir a actividades de complemento educativo tales como música, danza, teatro o actividades deportivas.
  • La cualificación de los profesores ha mejorado mucho y en este momento todos son al menos licenciados, con un creciente número de maestros y doctorados.
  • Las familias resultan ser una piedra fundamental en la educación y, en Portugal, las generaciones más jóvenes tienen mayor nivel educativo y están dispuestas a invertir más en los hijos. No es casualidad que en Portugal el 61% de los estudiantes de secundaria aseguran tener clases particulares para la preparación de pruebas y exámenes.

La educación en Portugal está mejorando en forma lenta y sin espacio para «fuegos artificiales». Más importante que las políticas públicas y las reformas emanadas por los gobiernos, el éxito ha venido de las bases, del esfuerzo conjunto de familias, profesores y alumnos. Tenemos todavía un largo camino por recorrer, principalmente en la ardua tarea de hacer que la escuela cumpla su papel de instrumento de equidad social, donde todos aprenden y logran romper su propio ciclo de desventaja.

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