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Jesús Generelo

Airear los armarios, educar para la vida Jesús Generelo

Mientras la inmensa mayoría de los adolescentes aprende a socializar viviendo su vida sentimental y sexual, los adolescentes LGTB aprenden a disimular, a construirse una máscara con la que protegerse de la injuria.

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Día del Orgullo / Pixabay

Empecemos con una obviedad: en cada centro educativo, en cada aula, existe la diversidad sexual. Hay alumnas/os lesbianas, gais, bisexuales, trans, algunos tienen dudas, otras se cuestionan su sexualidad o su género, otros más proceden de familias homoparentales… Según diversos estudios, este colectivo diverso supone el 12% del alumnado.

Parece, por tanto, razonable que el sistema atienda esta diversidad y garantice que nadie sufra por ella, deba ocultarla o viva en el temor a ser descubierto, a no ser aceptado, o a sufrir insultos, agresiones, acoso. Para ello, la diversidad sexual, de género y familiar, debe ser mencionada, visibilizada, no escondida ni relegada al cajón de los susurros, de los secretos o de los rumores. Porque los silencios también son educativos, y hacen vivir la vida desde la vergüenza y la baja autoestima, algo que ningún menor sufre sin pagar un alto precio.

Nadie puede crecer sin referentes. Son imprescindibles para desarrollar una identidad. Es preciso verse reflejado en espejos, saber que existen posibilidades, que no se está solo en el universo. Esto es algo elemental que ninguna persona que se dedique a la enseñanza puede obviar. Sin embargo, a la minoría LGTB se le niega sistemáticamente ese derecho. O, lo que es peor, se le ofrece un espejo deformante, donde su realidad, sus emociones y sentimientos, están manipulados por el prejuicio o por ese silencio ominoso.

Las personas LGTB aprenden a saber quiénes son a través del insulto. La injuria es su comienzo, su descubrimiento. Porque el insulto “maricón”, el miedo a ese calificativo, antecede a la conciencia de serlo. Ese insulto, o ese miedo a ser insultado, acompaña al desarrollo de cualquiera de estos chicos y chicas. Por eso, mientras la inmensa mayoría de los adolescentes aprende a socializar viviendo su vida sentimental y sexual, los adolescentes LGTB aprenden a disimular, a construirse una máscara con la que protegerse de la injuria.

La homofobia (o LGTBfobia, si queremos ser más incluyentes y denominar las diferentes formas específicas que adquiere: lesbofobia, transfobia, bifobia, plumofobia…) tiene unas características muy especiales que la hacen especialmente dañina:

  • Es invisible, puesto que afecta a un colectivo que, la inmensa mayoría de las veces, es indetectable. La idea de que se puede identificar a todas las personas LGTB es, sencillamente, una ingenuidad.
  • Al ser invisible, precisamente, no se cuenta con el apoyo de la familia. La familia media practica, sin ni siquiera saberlo, la presunción de heterosexualidad y, por supuesto, de cisexualidad. Pocas veces se plantea la posibilidad de que un hijo o hija sea gay, bisexual, lesbiana o, desde luego, transexual o transgénero.
  • El estigma es contagioso. Quien se aproxima a una persona LGTB o se interesa por la diversidad sexual, de género o familiar, es susceptible de recibir sobre sí el mismo estigma.
  • La discriminación está normalizada. Quienes la sufren aprenden a normalizarla como algo implícito a su condición, e incluso a culpabilizarse por ser así, de esta manera “errónea”, “viciosa” o “pecaminosa”.
  • La discriminación se extiende en un continuo sin fin. Puede empezar en el terreno familiar, continuar en la escuela y seguir entre los amigos, el club deportivo, la parroquia, etc.
  • La injuria no solo llega con el insulto dirigido a cada persona, sino que el insulto que se oye permanentemente, cada día, es un aviso para navegantes de que en algún momento caerá sobre su cabeza.

Estas circunstancias contribuyen, junto a los prejuicios personales y sociales, qué duda cabe, a que las y los educadores ignoren con frecuencia la existencia del alumnado -y el profesorado, no conviene olvidarlo- LGTB y, por consiguiente, la situación difícil que puede estar viviendo. Sorprende la cantidad de profesorado que todavía afirma que en su centro no hay homosexuales y que, por tanto, no hay homofobia. Lo único que prueba su ignorancia es que la homofobia, precisamente, está tan extendida y es tan profunda que la diversidad sexual, de género y familiar es incapaz de visibilizarse mínimamente.

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Esa homofobia, además, esconde situaciones que se repiten con terrible frecuencia. Diversas investigaciones nos muestran que un amplio porcentaje del alumnado LGTB sufre acoso escolar. De hecho, la principal causa de bullying en nuestro país es la orientación sexual y/o la identidad de género. Entre quienes sufren este acoso, el riesgo de suicidio es entre 3 y 5 veces superior al de sus compañeros no LGTB.

Por todo ello, los centros educativos deben asumir que incluir la diversidad sexual, de género y familiar es una necesidad pedagógica de primer orden, imprescindible para mantener una mínima convivencia y para no dejar en la cuneta a un porcentaje importante del alumnado. Y ha de hacerse tanto longitudinalmente (desde infantil a la universidad) como transversalmente (atravesando, como enseñanza en valores que es, todas las materias. Ha de incluirse en el Proyecto Educativo del Centro y en los planes de convivencia. Y, fundamentalmente, ha de acabarse con la presunción de heterosexualidad y de cisexualidad.

Ya hay numerosos centros por toda España que están realizando muy buenas prácticas. Lógicamente, en estos centros aflora con facilidad un importante número de alumnado LGTB. Cada vez se cuenta con mejores materiales y recursos. En este sentido, cabe destacar la guía Abrazar la Diversidad, publicada por el Instituto de la Mujer y de la Igualdad de oportunidades y que recoge alrededor de 200 recursos pedagógicos de todo tipo disponibles online.

Además, numerosas asociaciones LGTB por toda España colaboran dando talleres, formando profesorado, asistiendo, informando a AMPA, etc. Entre esos proyectos, el más importante es el RedEduca de FELGTB.

Ya no cabe ninguna excusa para dejar al alumnado LGTB solo ante el peligro. Es una deuda pendiente y no admite más demora. [6 CCAA (Cataluña, Extremadura, Madrid, Baleares, Murcia y Navarra) tienen leyes de Igualdad LGTBI que obligan a introducir la diversidad sexual, de género y familiar en el currículo educativo. Una ley similar a nivel estatal se encuentra en trámite parlamentario y, previsiblemente, entrará en vigor en unos meses].

Jesús Generelo. Presidente de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales, FELGTB.

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