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Hay libros que encajan contigo como una infusión de manzanilla: reconfortan, reafirman y te dejan exactamente donde ya estabas. Y luego están libros como Disidencia docente, de esos que no vienen a acompañarte sino a incomodarte. También a exigirte. Son brebajes que rascan.
Disidencia docente
Porque lo que hace Iban Martínez en este libro es precisamente eso: desmontar la tranquilidad pedagógica con la que muchos docentes hemos aprendido a convivir, envueltos en discursos supuestamente críticos, progresistas y emancipadores que, mirados de cerca, a menudo funcionan como una versión edulcorada del mismo neoliberalismo de siempre. Ese que te abraza mientras firmas el contrato. Y ahí reside una de las tensiones más incómodas que el libro deja al descubierto, y también una preocupación muy personal: muchos docentes que nos reivindicamos de izquierdas y comprometidos con una educación inclusiva y justa acabamos abrazando, sin darnos cuenta, un discurso que reproduce exactamente aquello que querríamos combatir.
Leer Disidencia docente no es fácil. No tiene una entrada cómoda, no es ligero, no es de esos libros que puedes leer medio dormido antes de irte a la cama. El lenguaje es denso, conceptual, exigente. Pero aquí ya empieza la declaración de intenciones: este es un libro que reivindica al lector inteligente, al docente-intelectual que no quiere solo recetas sino preguntas de fondo, al que todavía piensa que educar es un acto político y no solo una gestión eficiente de competencias.
Martínez parte de un ejercicio demoledor: una arqueología del discurso educativo contemporáneo. No ataca directamente las competencias ni las metodologías de moda, sino que pregunta qué hay detrás de ese lenguaje tan limpio, tan “moderno” y tan bienintencionado. Y lo que emerge es una especie de tautología perfecta: educamos “para la vida”… pero ¿qué demonios es la vida? ¿La que ya existe, dada como única posible, o la que querríamos construir colectivamente? Porque el relato oficial no duda demasiado: la vida es aquello que las competencias dicen que hay que aprender.
Así, nociones como la “competencia cultural” acaban reducidas a una especie de conciencia global descafeinada. Celebramos la diversidad, estudiamos al otro, pero siempre desde una lógica de estereotipo amable y de diferencia domesticada. Todo es flower power, todo es multiculti, pero nada interpela a las relaciones de poder reales. Las minorías aparecen como decorado educativo, no como sujetos políticos.
También observa con lupa esa gran consigna de “partir de lo que tiene el alumnado”. Dicho así suena perfecto. Pero Martínez advierte que, cuando esto se convierte en el centro absoluto de la acción educativa, el alumno queda atrapado dentro de su propio contexto social y el docente pierde la agencia emancipadora que podría servir precisamente para abrir nuevos horizontes. El profesor pasa a ser un facilitador neutro de aprendizajes en un marco que nadie cuestiona. El conflicto pedagógico, el que realmente puede transformar, queda desactivado.
Martínez parte de un ejercicio demoledor: una arqueología del discurso educativo contemporáneo. No ataca directamente las competencias ni las metodologías de moda, sino que pregunta qué hay detrás de ese lenguaje tan limpio, tan “moderno” y tan bienintencionado
En este escenario aparece el tótem del “docente creativo”, flexible, positivo, emprendedor y emocionalmente alineado. No como figura crítica, sino como pieza adaptativa del sistema. La creatividad queda vaciada de potencia subversiva y reutilizada como habilidad funcional al capitalismo digital, orientada a educar personas capaces de adaptarse a un mercado laboral volátil presentado como ley natural e imprevisible (eso de “no sabemos qué profesiones habrá dentro de quince años”). Si la escuela falla, nunca es porque falten recursos o inversión, sino porque el profesorado no está suficientemente formado, reciclado o “alineado”.
Aquí el libro realiza una de sus operaciones de desenmascaramiento más interesantes: muestra cómo la retórica del crecimiento personal, con el mindfulness, los enfoques gestálticos y la autoconciencia emocional permanente, acaba convirtiendo el malestar docente en un problema privado. Si estás quemado es que no te has gestionado bien, no porque las condiciones estructurales sean deshumanizadoras. El sistema queda limpio y la culpa siempre es tuya. No es que el libro niegue la necesidad de formación, todo lo contrario, pero reivindica una formación autogestionada por los propios docentes, situada en sus necesidades reales y en la reflexión colectiva, no dictada por modas ni por paquetes institucionales.
Y mientras el foco se pone en esta autogestión emocional del profesorado, la digitalización avanza como el gran relato salvador de la educación. Alfabetizar digitalmente para empoderar ciudadanos críticos, garantizar el ascenso social… Pero Martínez arroja luz: el problema no es la tecnología, sino la tecnología al servicio del capital. Las plataformas convierten a niños y jóvenes en productores de datos, en marcas personales y en consumidores sin horizonte crítico, con la ansiedad que todo ello genera. El aula digital, lejos de igualar oportunidades, acentúa desigualdades porque no todo el mundo parte del mismo capital cultural, simbólico o tecnológico. Y todo ello se naturaliza hasta el punto de que parece que no exista alternativa posible a esta modernidad conectada.
El problema no es la tecnología, sino la tecnología al servicio del capital
El golpe final llega cuando el libro analiza el papel de la EdTech y de las fundaciones privadas más arraigadas que tenemos en el país. La escena ya es conocida: discursos de lucha contra la segregación, utopías de innovación, figuras mediáticas del cambio y todo un séquito de adhesiones acríticas, y detrás una integración suave pero persistente de las lógicas de mercado dentro de la escuela pública. El neoliberalismo no entra en la educación con tanques; entra con workshops inspiradores.
Y, pese a todo este panorama, que podría dejar a cualquier lector al borde del nihilismo pedagógico, el libro no se queda en la destrucción. El epílogo es una auténtica bocanada de aire fresco: ejemplos concretos de proyectos educativos desarrollados por el propio autor en el instituto donde trabaja, que utilizan el arte, el cuerpo, la memoria histórica, la performance o el trabajo interdisciplinar para visibilizar injusticias normalizadas, plantear preguntas incómodas y conectar educación y transformación real. Aquí queda claro que el ABP y muchas metodologías activas no solo son posibles, sino potentes. El problema nunca es la metodología en sí, sino su cooptación cuando se vacía de conflicto, de crítica y de voluntad emancipadora.
Aquí aparece una idea potentísima: esto solo es posible con docentes formados, posicionados e intelectualmente vivos. No con técnicos del currículo ni con burócratas pedagógicos, sino con maestros, en el sentido fuerte de la palabra, que se preguntan qué estructuras están reproduciendo y cuáles pueden empezar a romper cada vez que entran en el aula.
Por eso, aunque Disidencia docente pueda parecer un poco pesimista durante muchas páginas, porque hay que desenterrar muchas capas de discurso antes de ver el horizonte, en realidad es un libro profundamente optimista, incluso idealista. Cree que imaginar una educación poscapitalista es posible si empezamos a caminar hacia ella, aunque sea con pasos mínimos.
Quizá no sea una lectura cómoda, pero es, sin duda, una lectura imprescindible para cualquier docente que todavía tenga la osadía de pensar que educar no es solo formar competencias, sino disputar el sentido del mundo.

