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La desinformación no es un fenómeno marginal ni excepcional en las redes sociales: forma parte del ruido cotidiano que atraviesa la conversación digital y condiciona la forma en que adolescentes y jóvenes se informan, opinan y construyen su mirada sobre la realidad. Así lo concluye Entre el ruido y los datos, una investigación presentada esta semana por Fad Juventud en Madrid, que pone cifras y patrones a un problema que afecta de lleno a la educación democrática y al desarrollo del pensamiento crítico.
El estudio, desarrollado en el marco del programa Surfear la Red con el apoyo de Google.org, analiza la desinformación que circula en X (antes Twitter) a partir de una muestra representativa de conversaciones generadas en España durante la primavera de 2024. Sus resultados se dieron a conocer durante la jornada De la incertidumbre a la confianza: educar para entornos digitales seguros, celebrada con motivo del Día de Internet Segura y centrada en el papel de la educación frente a los riesgos del entorno digital.
Un fenómeno extendido y concentrado en temas sensibles
Los datos del informe son claros: el 18,5% de los contenidos analizados contienen algún tipo de desinformación, una proporción que confirma su carácter estructural dentro del ecosistema digital. No se trata, además, de errores menores o malentendidos puntuales. Casi seis de cada diez mensajes desinformadores son de carácter engañoso, con contenidos manipulados, atribuciones falsas o teorías conspirativas sin base factual.
La investigación muestra que la desinformación no se reparte de forma homogénea entre los distintos temas de conversación. Se concentra especialmente en ámbitos sensibles del debate público, donde las emociones, la polarización y los prejuicios juegan un papel central. La inmigración es el ámbito más afectado: la mitad de las menciones analizadas sobre este tema contienen desinformación. Le siguen la justicia (47%), la religión (43%), los conflictos bélicos (41%) y la política (39%).
Aunque la política es el tema más presente en términos absolutos —más de una cuarta parte de las menciones—, el informe subraya que otros asuntos como la sanidad, el género o los medios de comunicación también funcionan como vectores relevantes de narrativas desinformadoras. En muchos casos, estos temas aparecen interconectados, reforzando marcos discursivos que erosionan la confianza en instituciones, profesionales y colectivos concretos.
Quién desinforma, a quién se dirige y con qué tono
Más allá de los temas, el estudio pone el foco en cómo y desde dónde se difunde la desinformación. Tres de cada cuatro mensajes desinformadores utilizan un tono negativo, orientado a generar rechazo, desconfianza o confrontación. Este uso sistemático de la emocionalidad refuerza dinámicas de polarización y dificulta el análisis crítico de la información.
Las principales víctimas de estas narrativas son las figuras políticas, los medios de comunicación y los actores del ámbito judicial, aunque también aparecen de forma recurrente colectivos vulnerables, especialmente las personas migrantes. En este sentido, la investigación alerta del papel que juega la desinformación en la normalización de discursos xenófobos, antifeministas o anticientíficos entre públicos jóvenes.
El análisis de los llamados “altavoces de la desinformación” revela otro dato relevante: el 45% de los perfiles que más contribuyen a su difusión son creadores y creadoras de contenido, por delante de periodistas, medios o partidos políticos. Se trata, en muchos casos, de cuentas con gran capacidad de alcance y con dinámicas de publicación orientadas a la viralidad, lo que amplifica el impacto de los mensajes engañosos.
Aunque la desinformación está presente en todo el espectro ideológico, el informe identifica una mayor intensidad en determinadas comunidades digitales, especialmente aquellas vinculadas a discursos de extrema derecha, sin que ello excluya la necesidad de una reflexión más amplia sobre las prácticas comunicativas en el conjunto del espacio público digital.
Educar para la confianza en un contexto de debate regulatorio
La presentación del estudio tuvo lugar en una jornada que reunió a responsables institucionales, comunidad educativa, familias y personas expertas para reflexionar sobre la educación digital como herramienta de protección y empoderamiento. Desde Fad Juventud se insistió en que la educación es una condición necesaria —aunque no suficiente— para reducir la vulnerabilidad de niños, niñas y adolescentes ante la desinformación.
En un contexto marcado por el debate sobre la regulación de los entornos digitales, la verificación de la edad o la transparencia de los algoritmos, los resultados del estudio refuerzan la idea de que cualquier marco normativo debe ir acompañado de procesos educativos sostenidos, que ayuden a comprender cómo circula la información, quién la produce y con qué intereses.
Programas como Surfear la Red, que desde 2019 ha llegado a decenas de miles de estudiantes, docentes y familias, y su nueva etapa bajo el paraguas de Sé Genial en Internet, sitúan la alfabetización mediática y el pensamiento crítico en el centro de la respuesta educativa. Una respuesta que, como muestran los datos, resulta imprescindible para que el ruido no acabe imponiéndose a los hechos en la experiencia digital de la juventud.


