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La Enciclopedia Álvarez, las huchas del Domund o un ábaco de madera son objetos icónicos de nuestro pasado educativo reciente reconocibles por varias generaciones de niñas y niños en la España del siglo XX.
Los estantes y expositores de los museos pedagógicos, escolares y de historia de la educación rara vez escapan al carácter sugestivo y evocador que estas piezas presentan ante sus visitantes. Los pasos lentos de quienes echan un vistazo por sus colecciones se frenan frecuentemente ante uno de ellos. Y entonces surge un relato, un testimonio, una historia de vida. Aflora el recuerdo de los días de la escuela, de las vueltas a casa, de los juegos con los amigos, de las maestras y los maestros, de los padres y madres… de todo aquello que, de una forma u otra, constituye la esencia de la educación.
Cuando los objetos escolares activan la memoria colectiva
Esta escena se torna cotidiana en el día a día de estos espacios, y nos invita a entender el patrimonio no solo como un conjunto de reliquias inertes que se custodian en estantes y vitrinas, sino como una herramienta dinámica de mediación social capaz de articular diálogos entre generaciones de quienes construyeron un pasado en las escuelas y quienes hoy habitan sus aulas. Por ello, debemos abordar la memoria entendiendo que esta no es solo un depósito del pasado, sino una función crítica que nos ayuda a confrontar la modernidad con su tiempo histórico. Bajo este prisma, la educación actúa como un puente de comunicación entre los protagonistas de una época y quienes lo son en la actualidad. Un concepto especialmente útil en un contexto de aldea global, pues nos permite recuperar la cultura material de la escuela —lo que se ha denominado la caja negra—, otorgando una perspectiva a nuestra mirada pedagógica. De este modo, el patrimonio de la educación se alza como un espejo donde las voces de los actores que interactuaron con él relatan sus experiencias vividas, transformando así los museos de historia de la educación en verdaderos laboratorios de identidades colectivas.
Al mismo tiempo, cada vez con más frecuencia estos espacios copan las agendas de asociaciones culturales de personas mayores que encuentran en la historia de la educación un asidero para rememorar un pasado que, aunque pueda resultar lejano, se activa fácilmente con un olor, una portada o un gesto. En esta dimensión adquiere, en ocasiones, una función casi terapéutica. Con estas visitas se busca el estímulo de la memoria escolar de generaciones de niños y niñas que pasaron —quienes tuvieron esa suerte— por las escuelas y de maestras y maestros que dedicaron toda su vida profesional a la enseñanza. Y esa finalidad rara vez no se cumple en cada persona que se pierde entre el relato y cada objeto presente ante sí. Las visitas concluyen con extensos y sinceros agradecimientos, a veces entre lágrimas, a veces entre risas y a veces entre canciones. Y esas emociones dejan un poso, pero no solo; también otorgan un nuevo significado en cada pieza patrimonial de nuestras colecciones.
El patrimonio educativo como herramienta social y terapéutica
Sea para definir una identidad individual o colectiva o para resignificar los objetos y materiales que estos espacios albergan, no cabe duda del potencial didáctico y social de este tipo de centros museísticos. En las últimas décadas, los más de doce museos universitarios de este tipo —según la última actualización del directorio disponible en la Web de la Sociedad Española para el Estudio del Patrimonio Histórico-Educativo (SEPHE)— han llevado a cabo iniciativas encaminadas a estos fines, con distintos colectivos y en distintos formatos. El Museo Complutense de Educación (MCE) desarrolla talleres y actividades enfocadas a la recuperación del patrimonio inmaterial de la educación a través de la recogida de testimonios de personas mayores dedicadas a la enseñanza. Estos testimonios son recogidos por parte del alumnado universitario de los distintos grados impartidos en la Facultad de Educación de la UCM. Además, también se han realizado podcast sobre objetos específicos del museo en los cuales también se ha contado con relatos de docentes o discentes que los utilizaron; y cinefórum con personas mayores sobre películas relacionadas con alguna época de la historia reciente de la educación en España. En este sentido, la modalidad de proyectos de Aprendizaje-Servicio se ha desvelado como una estrategia especialmente útil para revalorizar el papel del patrimonio en el diálogo intergeneracional, pues permite al alumnado adquirir un conocimiento significativo sobre la cultura práctica de la escuela, y a su vez se contribuye a la inclusión de las personas mayores en debates educativos.
Universidades y aprendizaje-servicio
Iniciativas similares se suceden en otros museos universitarios de esta naturaleza. En el Centro Museo Pedagógico de la Universidad de Salamanca se realizan actividades encaminadas a la alfabetización digital de las personas mayores a través de los propios objetos de este espacio. En el Museo de la Educación de la Universidad del País Vasco y en el Centro Internacional de la Cultura Escolar se han llevado a cabo talleres o actividades encaminadas al estímulo de la memoria en personas con deterioro cognitivo, demencia y/o Alzhéimer.
Por el contenido de sus colecciones, las generaciones más longevas y el alumnado universitario son el público central de los museos, pero no solo. Cada vez con más frecuencia se observan actividades destinadas a niñas y niños de Educación Infantil, como las realizadas por el Museo Pedagógico de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Sevilla; o de Educación Primaria, como los campamentos del Museo Andaluz de la Educación.
Los museos pedagógicos y de historia de la educación son, por tanto, espacios de diálogo intergeneracional en los cuales cada vez se producen más sinergias entre pasado, presente y futuro y quienes fueron, son y serán partícipes de cada uno de estos tiempos. De este modo, los museos escapan de un modelo estático, como refugio o protector de un patrimonio entendido como mero vestigio de una época. Cumplen con una función social en la cual las miradas de cada generación se cruzan en torno a una pieza para entablar diálogos y debates sobre la alfabetización, la digitalización o la inclusión educativa.
Espacios para el diálogo entre generaciones
En la Asamblea General Extraordinaria del ICOM (Consejo Internacional de Museos de la UNESCO, por sus siglas en inglés) del 24 de agosto de 2022 se actualizó la definición de museo, que es entendido como “una institución sin ánimo de lucro, permanente y al servicio de la sociedad, que investiga, colecciona, conserva, interpreta y exhibe el patrimonio material e inmaterial. Abiertos al público, accesibles e inclusivos, los museos fomentan la diversidad y la sostenibilidad. Con la participación de las comunidades, los museos operan y comunican ética y profesionalmente, ofreciendo experiencias variadas para la educación, el disfrute, la reflexión y el intercambio de conocimientos”. Una definición que refleja una realidad que los museos pedagógicos y de historia de la educación vienen cumpliendo desde hace mucho tiempo, como muestra de su compromiso social con la educación y la sociedad en general. Por ello, resulta necesario reivindicar su espacio, financiación y promoción en la formación de las futuras generaciones del magisterio, la Pedagogía y la Educación Social, así como de investigadoras e investigadores de la educación y su historia. Pero también es importante visibilizar el potencial que estos espacios tienen en el diálogo social entre quienes vivieron y ejercieron la educación, quienes hoy pasan por ella y por quienes la heredarán en el futuro.


