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Después de más de dieciséis años como maestra de primaria, puedo decir con convencimiento que me apasiona mi trabajo. No desde una mirada romántica de “vocación”, sino porque creo profundamente que la educación es un motor de transformación y que la innovación pedagógica es imprescindible si queremos dar respuestas a la sociedad actual. Los retos que tenemos en las aulas son enormes y sé que nuestro trabajo implica tener muchos frentes abiertos a la vez: atender la diversidad, repensar metodologías, vincularnos con el entorno, hacer crecer proyectos colectivos… Todo ello forma parte de nuestro día a día y eso es ser y ejercer de maestra.
Ahora bien, la dificultad llega cuando este entusiasmo choca con la falta de un orden claro, una coherencia y también con la falta de tiempo y de reflexión. En los últimos años, el sistema educativo ha acumulado reformas y cambios; cambios de currículo, nuevas demandas, expectativas que a menudo llegan de manera acelerada y fragmentada, cambios de claustro brutales, proyectos innovadores sin el tiempo necesario para acompañarlos con cuidado, aulas de hasta 27 alumnos, programaciones que hay que hacer sin un sentido global…
El resultado es que, aunque no soporto esta palabra, me toca aceptar que estoy “quemada”, y no quiero que se entienda como una maestra harta de su trabajo, no, sino como una maestra crítica y con muchas ganas de que cambie la mirada y el cariño por la educación de este país.
Sin tiempo para reflexionar, coordinarnos y ordenar los procesos, todo aquello que debería ser una oportunidad de mejora se convierte en una fuente de frustración
En las aulas, mientras convivimos con esta avalancha de novedades, seguimos diseñando situaciones de aprendizaje motivadoras, contextualizadas e inclusivas. Pero el riesgo es evidente: sin tiempo para reflexionar, coordinarnos y ordenar los procesos, todo aquello que debería ser una oportunidad de mejora se convierte en una fuente de frustración.
No se trata de rechazar los cambios. Al contrario: quiero seguir dedicando mi energía a innovar, acompañar al alumnado con coherencia y compartir aprendizajes con los compañeros y compañeras. Pero necesitamos condiciones reales para hacerlo bien. Necesitamos que la educación en nuestro país tenga un planteamiento claro, que los cambios lleguen con sentido y que se valore el tiempo como un recurso pedagógico esencial.
Si queremos que los niños y niñas aprendan con tranquilidad, profundidad y sentido, los maestros también necesitamos ese tiempo y ese orden. No para hacer menos, sino para hacerlo mejor.


