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“Sea cual sea el resultado final del conflicto, ya habéis ganado: habéis conseguido que volvamos a hablar de educación con mayúsculas, que volvamos a preguntarnos qué escuela queremos”. Son las palabras con que una madre valenciana se dirigía a los docentes de la escuela de sus hijos, antes de la suspensión provisional de la huelga.
Apelando a la histórica movilización de la enseñanza de 1988, una joven profesora contaba que había preguntado a sus compañeras de claustro si aquella movilización había cambiado la manera con que ejercía la profesión. “Porque, con todo lo que he vivido estos días, proseguía, estoy convencida que nunca más volveré a dar clase como antes”.
Efectivamente, maestros: estas voces, juntamente a la avalancha de mensajes de los carteles y los lemas de las protestas derivadas de la huelga que se inició hace un mes, han abierto una ventana a vuestros deseos. Porque no os conformáis con un servicio público accesorio que se limite a apoyar a quién no puede pagarse un centro privado. Porque aspiráis a que la enseñanza pública no sea solo democrática: tiene que ser también la enseñanza más bonita y alegre, la más perfumada, la que cuida de todos y de todas. Porque habéis decidido intervenir activamente en la materialización de este modelo de escuela. Perque queréis una educación con tiempos para escribir, para compartir ilusiones y proyectos, para valorar lo que enseñamos y aprendemos. Perque queréis clases que muestren que la ciencia –las ciencias– sirve para entender lo que pasa en la calle, lo que le pasa a nuestros cuerpos. Porque queréis maestros que escuchen y hablen con el alumnado y familias que intervengan activamente en el hecho educativo. Porque queréis claustros que intercambien reflexiones y propuestas, que tomen decisiones y actúen de manera colectiva. Porque queréis, al fin y al cabo, una escuela que no ignore los afectos y ayude a ejercer ciudadanía.
Durante estas semanas hemos visto manifestar vuestro rechazo a la privatización, la apuesta por una inclusión real de la diversidad, la reivindicación orgullosa de nuestra lengua propia. En las calles hemos visto también familias orgullosas que saben que desde la escuela se hace barrio, pueblo y País.
Siguiendo el hilo de la Historia, estas constataciones nos han conducido hasta los enseñantes que tiempo atrás dieron los primesos pasos en la construcción de una educación democrática. Los años setenta, antes incluso de la Transición democrática, núcleos activos de maestros y maestras protagonizaron un movimiento que ya exigía la dignificación del trabajo docente. Con prácticas originales de autoorganización y sorteando unas instituciones hostiles, aquel movimiento acogía la lógica diversidad ideológica de los enseñantes y tomaba decisiones de manera democrática. Pedían mejores condiciones laborales y salarios más justos, pero también exigían dignidad profesional, la gestión democrática de los centros y cambios en el acceso a la función pública, entre otros aspectos.
Aquella dinámica asamblearia se extendió por todo el país. Una coordinadora estatal de enseñantes estableció un sistema de representación colectiva, una organización unitaria y plural que fundamentaba su funcionamiento y tomaba decisiones mediante la participación directa del profesorado en las asambleas. En la enseñanza, aquellos años fueron ricos en aprendizajes de todo tipo, experiencias que desembocaron en la constitución de un modelo sindical unitario de clase, sociopolítico y democrático. En la escuela pública que entonces aspiraban a construir la toma de conciencia no funcionarial y el compromiso pedagógico iban de la mano porque maestras y maestros sabían que eran clase trabajadora. Sindicalismo, pedagogía y democracia tejieron una sólida red. La vitalidad y pujanza de aquel movimiento de enseñantes forjado en la pluralidad había llegado por fin a buen puerto.
Incluso en plena dictadura, hubo quien se atrevió a impartir clases en valenciano, a menudo al margen de la legalidad franquista. Hubo también quien se integró en colectivos para experimentar propuestas pedagógicas innovadoras y hacer efectiva la participación del alumnado a las aulas. Desde 1976, cada año, al acabar las clases, las Escoles d’Estiu del País Valencià acogían miles de enseñantes que se atrevían a soñar y aprender codo a codo a construir una escuela pública de calidad y en la lengua propia.
El 1978, una huelga masiva del profesorado no numerario de los institutos (PNN) consiguió tras un mes de luchas continuadas la estabilidad que exigía: una convocatoria de oposiciones para asegurar los puestos de trabajo. En paralelo, la publicación del documento Por una alternativa democrática a la enseñanza culminaba un ambicioso proceso de debate que se había extendido por todo el Estado. Aquel texto establecía las bases de de Escuela Democrática que exigíamos: un modelo de escuela única para toda la población –ni privada, ni concertada– y un cuerpo único de enseñantes desde la etapa infantil hasta la universidad, sin diferencias salariales ni jerarquías. La otra historia que vino después ya es conocida: pactos, poder empresarial, poder de la Iglesia, Constitución… Aun así, en las cinco décadas transcurridas desde entonces, con o sin movilizaciones –la huelga educativa del 1988 representó un hito que muchos aún recuerdan–, la escuela pública democrática no ha dejado de construirse día a día, paso a paso.
La huelga indefinida de mayo y junio de 2026, “Por la escuela pública de calidad y en valenciano”, es el último peldaño de un hilo histórico, no siempre explicitado, que arrancó con un incipiente movimiento de maestros ahora hace cincuenta años. Recuperar algunos de sus trazos y hacer memoria de aspectos que no han dejado de estar presentes en las luchas sucesivas de nuestro colectivo ha de servirnos para rememorar y hacer valer unos sueños, unos cantos y unos gritos que ayer y hoy han sembrado esperanzas y no han cesado de interpelar a los mercaderes sin alma que nos gobiernan.

