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En el libro Cómics. Una Inmersión Rápida (2026), se denuncia la miopía de la administración al reconocer el trabajo de los autores de cómics. El primero en recibir la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes fue Miguel Quesada (1933-2020) en el año 2000, seguido de Francisco Ibáñez (1936-2023) en 2001, y Carlos Giménez en 2003, eterno aspirante al Premio Príncipe de Asturias, galardón que, dentro del medio, solo ha obtenido Quino en 2014. Un punto de inflexión fue sin duda la instauración del Premio Nacional del Cómic en 2007, que distingue a la mejor obra de autor español publicada en el país durante el año anterior a la entrega del galardón, en cualquiera de las lenguas cooficiales. Actualmente, es el que tiene la dotación más elevada en el territorio, con 30.000 €, «y el más prestigioso, una vez corregida la desidia de los políticos, que durante décadas dieron la espalda al sector».
Una vez restaurada la democracia, se formalizaron los galardones con sus denominaciones actuales: Premio Nacional de Narrativa, Premio Nacional de Poesía, Premio Nacional de Ensayo en 1977 o Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 1978, entre otros. Tuvieron que pasar cuarenta años para que se otorgase por parte del gobierno una distinción específica para el ámbito del cómic. Antes, la iniciativa privada ya había premiado la contribución de autores y obras del sector de la historieta, entre los que destacan los premios del Salón del Cómic de Barcelona, que desde su primera edición en 1981 fueron durante muchos años los galardones con más solera y recorrido de toda la industria a nivel estatal. Un Salón que desde 1988 está organizado por FICOMIC (acrónimo de Federació d’Institucions Professionals del Còmic), entidad que ese mismo año se fundaba como una gran alianza sin ánimo de lucro de los gremios de editores, distribuidores y libreros, siendo su objetivo fundacional «la promoción, difusión y defensa del cómic y el manga, buscando acercar la historieta a todos los públicos y consolidar la industria gráfica».

La iniciativa de esta entidad ha permitido innovar una vez más al convocar por primera vez el Premi Vinyeta FICOMIC, dedicado «al mejor cómic publicado en catalán, con la voluntad de reforzar la presencia, el reconocimiento y el prestigio del cómic en lengua catalana». El galardón tiene como objetivo «poner en valor el trabajo de los autores y autoras de cómic de los territorios de habla catalana y reconocer la labor de las editoriales que apuestan por la publicación de obras en catalán». El premio está dotado con 2.000 € y se dirige a obras de cómic publicadas en catalán a lo largo de 2025, cuya lista completa se puede consultar en la página elaborada por ComiCat, un portal de referencia con cerca de dos décadas de promoción y análisis de las publicaciones realizadas en catalán, ya sea de producción propia o mediante la traducción de obras extranjeras.
En las bases del I Premi Vinyeta FiCOMIC se indicaban dos fases de votaciones: una primera, en la que los profesionales del sector y los lectores podían votar hasta un máximo de cinco obras; y una segunda, donde un jurado profesional escogería la obra ganadora de entre las tres finalistas de la fase anterior. Los miembros del jurado en 2026 y durante tres años son: Julià Florit, del Departament de Literatura del Institut Ramon Llull; Marta Salicrú, Comissionada d’Ús Social del Català a l’Ajuntament de Barcelona; Anna Abella, periodista del diario El Periódico; Karen Madrid, colaboradora de FICOMIC y especialista en periodismo cultural de géneros fantásticos; y Meritxell Puig, directora de FICOMIC. Las otras dos obras finalistas han sido Lignit (2025), de Emma Casadevall, publicada por la Editorial Finestres, y Esqueixos (2025), de Toni Benages i Gallard, publicada por la Editorial Males Herbes.

La obra ganadora de esta primera edición ha sido la novela gráfica La conca dels àngels. Sis dones i massa guerres (2025), de Berta Cusó Cuquerella, publicada por Pagès Editors. En el fallo del jurado se recoge la siguiente argumentación: «El jurado ha valorado la obra ganadora por mostrar una gran personalidad a nivel gráfico y técnico, demostrando una identidad propia. También se ha destacado la universalidad de los temas propuestos, la originalidad de su enfoque y la diversidad de sus protagonistas, que con sus experiencias permiten abordar desde el punto de vista femenino la lacra, tan tristemente vigente, de la guerra».
La obra de Cusó se estructura como un fascinante mosaico narrativo donde seis historias se suceden de manera consecutiva, seis nombres de mujeres de distintas procedencias que tienen en común, por un lado, su relación con alguno de los conflictos bélicos de prácticamente todo un siglo, y, por otro lado, un lugar emblemático de la ciudad de Berlín en donde acaban interactuando de diversa manera y en distintos momentos. La genialidad de su estructura se revela plenamente en las últimas páginas, cuando el lector descubre que la obra traza un recorrido perfectamente circular y acaba, de forma inexorable, en su punto de partida, completando las interacciones invisibles para sus protagonistas en ese espacio.

Berta Cusó es una ilustradora y autora barcelonesa afincada en Berlín desde 2014. Es en esta ciudad donde se encuentra el lugar conocido en alemán como Engelbecken, el cual se traduce literalmente como «Estanque del Ángel» o «Cuenca del Ángel», nombre que adopta la autora para el título de la novela gráfica. En la actualidad, los expertos en urbanismo lo destacan como un ejemplo magistral de recuperación de espacio público: hoy es un parque hermoso y tranquilo en la frontera entre los céntricos barrios de Mitte y Kreuzberg, completamente restaurado con jardines de rosas, paseos arbolados y cisnes en el agua, y funciona como un símbolo vivo de la reunificación de la ciudad. Pero durante décadas fue un terreno militarizado.
El nombre Engelbecken proviene directamente de la iglesia que domina el lado norte del estanque: la Iglesia de San Miguel (Michaelkirche). En la fachada principal de este templo destaca una imponente escultura del Arcángel San Miguel derrotando al dragón, la cual mira desde las alturas directamente hacia la cuenca de agua. Por esta vigilancia celestial, los berlineses bautizaron la zona acuática a sus pies como el «estanque del ángel». Fueron los catastróficos bombardeos sufridos durante la Segunda Guerra Mundial los que convirtieron la zona residencial en un barrio de escombros, especialmente tras el ataque aéreo de las fuerzas aliadas realizado en febrero de 1945.

El papel específico del Engelbecken en los instantes finales del conflicto, durante la Batalla de Berlín (en abril y mayo de 1945), fue oscuro y violento: al estar el terreno hundido por debajo del nivel de la calle, este formaba una zanja natural que sirvió como trinchera y obstáculo defensivo para las desesperadas fuerzas alemanas, refugiadas en los edificios que rodeaban la cuenca del canal y el estanque. Para romper esa protección artificial, el ejército soviético no tuvo más remedio que emplear fuego de artillería pesada a muy corta distancia, transformando el parque del Engelbecken en un campo de batalla excavado por cráteres de obuses y enterrado bajo toneladas de escombros.
Una vez finalizada la contienda bélica y con la división de Berlín, el Muro se construyó exactamente a lo largo del antiguo trazado del canal. El Engelbecken fue rellenado con escombros y arrasado para formar parte del conocido como Todesstreifen, o Franja de la Muerte, que perduró entre 1961 y 1990, convirtiéndose en una zona fronteriza de máxima seguridad, sembrada de arena, torres de vigilancia y alambre de espino. Previamente, la Michaelkirche, el templo del arcángel, quedó en el centro del fuego cruzado y fue impactada de lleno por las bombas y la artillería; su cúpula colapsó y el interior fue devastado por el fuego. En la actualidad, la parte trasera de la iglesia permanece como una ruina consolidada, dejada intencionalmente en ese estado para recordar la brutalidad de la guerra.
Berta Cusó nos traslada a las orillas del Engelbecken para tejer una red de supervivencia que abarca desde los escombros de la Segunda Guerra Mundial hasta el dolor reciente de la guerra ruso-ucraniana, con una pareja de mujeres refugiadas que acaban viviendo en el apartamento de una de las supervivientes de la Batalla de Berlín y del terror que aconteció después con el ejército soviético, el cual se cebó con las mujeres indefensas, abusando de ellas durante semanas. Casi ocho décadas de diferencia, pero una misma realidad: que la mirada femenina de los conflictos bélicos tiene una dimensión particular. La autora cita en las entrevistas promocionales la influencia de la escritora Svetlana Aleksiévich (nacida en 1948 en Ucrania, pero criada y residente durante gran parte de su vida en Bielorrusia), una de las voces más estremecedoras e indispensables de la literatura contemporánea, galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2015.
En su libro La guerra no tiene rostro de mujer (U voyny ne zhenskoe litso, 1985), Aleksiévich escribió en el prólogo la siguiente reflexión: «Los relatos de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra ‘femenina’ tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras». A partir de esta premisa, Cusó traza un periplo caleidoscópico a través de sus seis protagonistas: la superviviente alemana; la piloto soviética que lucha justo en el lado contrario; la prisionera española que, huyendo de la Guerra Civil, acaba en un campo de concentración nazi del que conseguirá escapar; y la trabajadora vietnamita invitada por la República Democrática Alemana una vez finalizado el conflicto militar, tras la pérdida de su familia, con el consiguiente desarraigo y esfuerzo de rehacer una vida ante las adversidades sobrevenidas. El quinto perfil narrado corresponde a una reclutada voluntaria por la yihad, engañada pero superada por una situación imposible de abandonar, para acabar con la realidad de las refugiadas ucranianas que huyen de una invasión ilegal de Putin.

Su formación previa en arquitectura permite a Cusó una composición de los espacios que contribuye a dotar de verosimilitud a las historias narradas, con una paleta de colores propia para cada relato, pero manteniendo una uniformidad cromática en su conjunto, enfatizando la sensación de aislamiento, de abuso, de impotencia o de atmósfera opresiva, que contrasta con la resiliencia y el empoderamiento de las mujeres protagonistas, y no solo de las seis citadas, sino de la red de sororidad implícita en cada una de las tramas.
Berta Cusó recogió el 1.er Premi Vinyeta FICOMIC por su novela gráfica La conca dels àngels. Sis dones i massa guerres el sábado 14 de marzo de 2026 en la 75.ª Nit de les Lletres Catalanes celebrada en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) en Barcelona. Las entidades vertebradoras de la ahora llamada Nit de les Lletres Catalanes son Òmnium Cultural y el Institut d’Estudis Catalans (IEC), que añaden desde este año el cómic como una disciplina artística más en su palmarés.


