Se hace así: se tiene un hijo, se vive con, desde, en, para, por él. Se hacen cosas inesperadas. Se aprenden cosas impensables. Se impregna uno de todo lo que el hijo ve sin parpadear. Como es difícil separar el rol de padre del de profesor, entonces por momentos se mezclan ambas cosas. Y así es como estoy ahora: pensando en el último éxito de Disney y sus zombies y el paralelismo que esto tiene con mi profesión.
No sé hasta qué punto los productores de la película son tan enrollados como para querer introducir en los pequeños ideas anti-sistema y anti-capitalistas. Tampoco soy tan pedante como para adoctrinar a mi hijo y darle mascado el mensaje que yo interpreto.
El caso es que, en la saga, la sociedad queda dividida entre humanos y zombies después de que la fuga de un compuesto químico en una fábrica de refrescos contamine el entorno. Algo así como Chernobyl, pero de mejor rollo. La lógica industrial, consumista y neoliberal crea una sociedad fracturada, marcada por la exclusión, el miedo y la desigualdad.
El problema no tiene que ver con los zombies, sino con la lógica productivista que provoca el accidente y luego lo resuelve mediante la segregación. Los zombies (véase “los otros”, “los extranjeros”, “el que no es uno mismo”) representan esos cuerpos contaminados, marginados, esos a los que Bauman llamaría “vidas desperdiciadas”. En el caso que nos atañe se trata de zombies “domesticados” por una tecnología en forma de pulsera que los vigila y disciplina. Como la vida misma, vaya.
La universidad como mercado de títulos
La metáfora resulta inquietante porque el mecanismo es reconocible: primero se produce el problema y después se normaliza mediante dispositivos de control. No pude evitar pensar en cómo algo parecido está ocurriendo en la educación superior. Baste decir que a finales de 2026 habrá en nuestro país más universidades privadas que públicas: 54 vs 56. Un sorpasso que está en auge y del que se lucran unas cuantas empresas, entidades bancarias y la omnipotente y omnipresente iglesia católica.
Siguiendo una lógica similar a la de los centros comerciales que han ido colonizando las ciudades prometiendo un lugar de ocio y encuentro para sustituirlo después por una voracidad consumista, estas instituciones privadas se van confundiendo paulatinamente con el mercado que las rodea.
El conocimiento ya no es una aventura intelectual capaz de educar a mejores ciudadanos, de perturbar nuestra relación con el mundo, un lugar de encuentro con personas que piensan diferente a uno mismo y abren nuevas perspectivas, sino un producto que debe adquirirse y rentabilizarse.
Las asignaturas son paquetes intercambiables por cheques al portador; los campus, espacios diseñados para optimizar rendimientos y comercializar necesidades (auto)impuestas, y los estudiantes, más clientes que nunca, se especializan en ser gestores de su propia identidad también gracias a cierta tecnología: una basada en indicadores de rendimiento, discursos sobre la empleabilidad y métricas de productividad que dictan lo que merece ser aprendido, investigado y enseñado.
Cuando una institución académica deja de concebir el conocimiento como un bien común y comienza a entenderlo como una mercancía, también cambia el tipo de sujeto que produce. Emerge así la figura del zombie. Esa forma de existencia atrapada en el movimiento perpetuo. Cuerpos que avanzan acríticamente de asignatura en asignatura, de práctica en práctica, de certificado en certificado, impulsados por una necesidad que nunca termina de satisfacerse. Se estudia para acceder al siguiente nivel, se obtiene un título para conseguir otro, se acumulan competencias para seguir siendo competitivos en una carrera cuyo horizonte siempre se desplaza un poco más lejos. Como en la lógica del consumo, la promesa nunca está en lo que se posee, sino en lo que todavía falta. Eso, claro está, para quien puede costear los estudios en estas entidades privadas, pues al final todo se reduce a una cuestión de clases.
El estudiante como cliente y el conocimiento como mercancía
Desaparecen lentamente los tiempos muertos en los que una conversación podía desviarse hacia una pregunta inesperada. Se vuelven más raros los espacios donde leer sin una finalidad inmediata, pensar sin producir, investigar sin justificar constantemente su rentabilidad. Precisamente ahí reside el éxito del proyecto neoliberal. No en destruir la universidad de un día para otro, sino en transformarla lentamente hasta que olvidemos para qué existía.
Si aceptamos que estudiar es únicamente acumular credenciales, que investigar consiste en producir resultados rentables y que enseñar equivale a prestar un servicio, la propia idea de universidad empieza a encogerse.
Sin embargo, una universidad no es una fábrica donde se imprimen certificados a precio de oro. La universidad (la pública, la de todas y todos) es una de las pocas instituciones que una sociedad construye para pensar sobre sí misma.
En sus laboratorios, bibliotecas, cafeterías, seminarios y pasillos no solo se forman profesionales de diferentes ámbitos (me rechina el clasismo que lleva a pensar que la universidad pública forma exclusivamente a médicos e ingenieras, olvidando que también forma repartidores, reponedoras, auxiliares y barrenderos), sino también las capacidades colectivas que permiten cuestionar las lógicas del mercado y las incertidumbres del futuro, abriendo nuevas y mejores posibilidades.
Por eso la privatización no consiste únicamente en transferir recursos públicos a operadores privados o en multiplicar universidades concebidas como nichos de mercado. Su efecto más profundo es cultural. Introduce una nueva manera de imaginar qué es una universidad, para qué sirve y, de nuevo, quién tiene derecho a formarse en ella. El estudiante que lo pueda pagar (me repito, pero es importante repetirlo) deja de ser un miembro de una comunidad de aprendizaje para convertirse en cliente. El conocimiento deja de ser un bien común para transformarse en inversión. El profesor deja de ser un intelectual para convertirse en proveedor de servicios. Poco a poco, sin necesidad de prohibiciones explícitas, la institución aprende a mirarse con los ojos del mercado.
La privatización transforma el sentido de la universidad pública
Como el capitalismo no da puntada sin hilo, los discursos contra la universidad pública suelen aparecer acompañados de narrativas más amplias contra lo público, contra el pensamiento crítico y contra aquellas formas de conocimiento que cuestionan el orden existente. No es casual.
La universidad pública ha sido históricamente un espacio incómodo porque alberga algo que ningún mercado controla del todo: la posibilidad de pensar de otra manera. De imaginar instituciones distintas, modelos económicos distintos, formas distintas de organizar la vida común.
Lo que está en juego no es únicamente la privatización de la universidad, sino la degradación del propio espacio universitario. Koolhaas llama “espacio basura” a esos lugares saturados de estímulos, mercancías y circulación que, bajo una apariencia de abundancia, esconden una profunda vacuidad.
Quizá la amenaza para la universidad pública española no sea su desaparición, sino algo más sutil y más inquietante: su transformación en un espacio basura. Un lugar en el que convergen la infrafinanciación, la expansión de la oferta privada y una creciente subordinación de la educación superior a criterios de mercado (sirvan como ejemplo las comunidades autónomas de Andalucía y Madrid, entre otras). Un lugar donde todo parece disponible, conectado y eficiente mientras se erosionan los vínculos, las prácticas y los valores que hacían del conocimiento una experiencia compartida.
Es hora de que profesorado y alumnado comencemos a (re)pensar qué tipo de universidad queremos y quiénes han de pertenecer a ella. Momento de preguntarnos si queremos seguir llevando la pulsera sin cuestionarla o si, por el contrario, estamos dispuestos a quitárnosla y convertirnos en ciudadanos “peligrosos” por pensantes.
Tiempo de valorar si merece la pena cuidar de una universidad pública capaz de formar ciudadanos conscientes, críticos, activos, comprometidos y politizados; personas en condiciones de participar activamente en la comunidad, de lograr el cambio social y de reconstruir colectivamente las relaciones de poder para que sean más horizontales y menos verticales. Es la hora de cuidar de nuestra universidad pública. Si no lo hacemos corremos el riesgo de que los zombies de verdad, los de las películas, mueran de inanición al ser incapaces de encontrar algún cerebro del que alimentarse.

