Mucho se ha escrito sobre los malos resultados en PISA. Para todo el mundo, una debacle. Pero de lo escrito, la mayoría son reflexiones rápidas, sin mucha profundidad. Da vergüenza ajena ver cómo políticos, tertulianos e, incluso, quienes se llaman periodistas opinan sin reflexión previa, sin análisis crítico, con pluma gruesa a partir de titulares o con la premura de alguna herramienta de IA que les sopla el resumen de lo relevante.
Lo peor es lo de los políticos (porque son nuestros representantes y deben ser modelo). Vemos unas comunidades autónomas contra otras, todas contra el Gobierno, el Gobierno contra todas… Todos contra el Gobierno y los profesores; los profesores contra el Gobierno y las familias; las familias contra todos… Y mientras tanto la casa de una buena educación sin barrer.
Un hecho: el descenso es generalizado geográficamente y sostenido en el tiempo. Es desde hace ya una década y se da en países con gobiernos de izquierdas y de derechas, grandes y pequeños, con leyes consolidadas y con reformas recientes, con grandes presupuestos y con economías más austeras, con poblaciones más heterogéneas o con pequeñas poblaciones cuyas familias son bastante similares en sus índices económicos y culturales…
Y hay un elefante en medio de esta habitación que casi todo el mundo ve (algunos lo niegan para autoengañarse), pero del que nadie quiere hablar porque nos da vergüenza y porque retrata nuestra cuota de responsabilidad.
La conclusión salta a la vista: el problema no es solamente una ley educativa, una metodología escolar, un presupuesto -o una falta de presupuestos-. No es una política u otra solamente. No es cuestión de dinero solamente o del perfil social de los países solamente… Es muchísimo más complejo y muchísimo más grave.
Hay un problema social global. Escolar, sí, y mucho. Pero, sobre todo, social, cultural y casi antropológico… La especie humana ha dejado de leer. La letra escrita ya no es el referente por el que los individuos más jóvenes acceden a la información que consideran importante y, por ende, a lo que van configurando como su conocimiento.
La lectura es determinante para cualquier conocimiento. Y en la escuela se lee poco. Hasta incluso algunos libros de lengua están más llenos de imágenes que de letras. La especie ha desplazado el vehículo por el cual accede al conocimiento desde la letra impresa hacia lo audiovisual, del libro a la pantalla. Y es un problema de todos. Muchos padres con hijos pequeños (incluso profesores) regalan un móvil a sus hijos con edades muy tempranas (incluso 9 o 10 años) y les inician en la cultura audiovisual sin haber leído todavía ni un solo libro entero… Y les exponen a los riesgos de los likes y de la depredación comercial y delictiva que supone entrar en las redes sociales sin madurez alguna (ni intelectual ni emocional). Muchos, muchísimos padres y madres “enchufan” a sus hijos al móvil mientras esperan incluso a que llegue el autobús o cuando cenan en un restaurante (para que les dejen tranquilos)… Incluso muchos no saben dar de comer a los bebés si mientras no están entretenidos mirando dibujos en el móvil… Es raro ver ya a un padre montar un Lego con su hijo o hacer un puzzle con su hija; jugar en familia a la Play es mucho más habitual. Dedicar un rato a la lectura en familia, por ejemplo, después de cenar, ya no se hace mucho…
Y la pantalla te hace abandonar la lectura si la usas antes de que tengas acceso a la comprensión de los signos escritos. Te vuelves “perezoso” a la letra. La imagen, de la que nos han dicho hasta la saciedad en décadas anteriores, que vale más que mil palabras, ha acabado por matar la letra. Y el homicidio -aunque imprudente e involuntario- es de toda la sociedad. Los padres le dictan los mensajes al móvil oralmente (ya ni los escriben) -y los hijos lo ven-. La infinitud de los videos cortos (que parece un oxímoron sin serlo) llena el tiempo de los adolescentes y de los amigos incluso cuando están juntos (comiendo o viendo una película -una película ya se les hace larga-) y tendrían que estar desplegando conversaciones y diálogos fluidos, una comunicación oral bien estructurada. Los jóvenes no han quedado este septiembre para contarse el verano, sino para ver los videos cortos subidos durante las vacaciones a las redes sociales por ellos o por otros…
Vengo dando clase a chicos entre 19 y 24 años desde hace treinta años. Los he visto evolucionar. Los veo a diario en el pasillo de la Facultad. No necesito PISA para saber que mis estudiantes no quieren leer mucho. Conozco bien esa realidad. Y tengo un hijo de 12 años. Y otro de 9 años. Todos los padres con hijos adolescentes lo saben. Otra cosa es que lo quieran reconocer.
En algunos hogares -me confiesan algunas familias-, hasta los cuentos nocturnos a los más peques se los cuentan ya unas aplicaciones de móvil, adaptadas por edades, y no la voz de sus madres o padres que leen en alto un libro del que pasan páginas en un ritual de vínculo afectivo bastante significativo. Se justifican en que lo disfrutan más, que son más entretenidos, que tienen música de fondo y hay sonidos muy chulos que ponen al niño mejor en contexto (una ranita, el ruido del mar…).¿A quién se vinculan ahora antes de dormir nuestros niños? Al móvil. Y no digamos los adolescentes. No es de extrañar, pues que para muchos de ellos un libro es ya un artículo de anticuario.
La especie humana ha renegado de la letra, ha abrazado la imagen y la oralidad y ha caído rendida a sus pies. Y viene, pues, “la insoportable levedad del leer”. ¿Para qué leer?… No hace falta. Le preguntas oralmente algo a la IA, te lo contesta y le dices al ordenador que te lo cuente en modo audio (más cómodo, más rápido y -nuestros adolescentes lo creen- más fiable); y le pides un mapa conceptual, o una imagen de síntesis… Y, con suerte, si se me ocurre, le dicto alguna pequeña modificación al ordenador. Ni leo ni escribo; entonces ya, ni pienso… Pensar exige un lenguaje y sin escritura ni lectura, con solo el lenguaje oral, la comunicación se empobrece y la reflexión se debilita. Y, no nos engañemos, la generación de padres treintañeros, ya profesionales, están también rendidos a esa dinámica… Negarlo es hipócrita. Cada vez son menos los lectores y más los fans de series y del infinito video corto.
Y en este contexto generalizado, abrumador, del abandono antropológico de la letra escrita queremos que nuestros hijos se hagan lectores que disfrutan con un libro… ¿Leen las familias? Y sin lectura, es difícil escribir bien, aprender bien, reflexionar bien, vivir bien.
Todos nos lo tenemos que hacer mirar con menos hipocresía y más honestidad. El descenso de PISA en comprensión lectora de la generación de 15 años es el descenso de la lectura de la especia humana.

