Familia e infancia

Ana Valderrama

El arte de cuidar: navegando entre la ética y la estética Ana Valderrama

Una escuela fértil y creativa es una escuela que devuelve mirada, amor, aceptación y aprecio. Una escuela viva, en movimiento, que reflexione y cuide hasta el más mínimo detalle y que haga de lo ordinario algo extraordinario y, eso, es todo un arte.  Durante los últimos años hemos visto todo un auge de lo artístico en los centros educativos, artistas de renombre han entrado en las aulas dando lugar a un sin fin de propuestas desde las más convencionales a las más contemporáneas.  

Ana Valderrama

19/3/2019

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Hemos visto cómo el concepto de creatividad ha sido analizado con detalle buscando respuestas a las nuevas demandas de la sociedad, no limitándolo a la faceta más plástica y ampliándolo hasta el punto de entender la creatividad como una herramienta necesaria que abarca distintos ámbitos y que ayuda a enfrentarse a la vida.

Y es ahora cuando de verdad me doy cuenta de que estos conceptos: educación, cuidado, arte y creatividad se dan por sí solos dejando hacer a los niños y a las niñas. No hay que hacer nada, el arte está, simplemente hay que mirar con los ojos abiertos. Tan simple y tan complejo como dar tiempo, espacio y ganas a varias cosas importantes: escuchar, conocerse, frustrarse, elegir, pensar, recibir, crear… y mantener “las persianas abiertas” a las noticias y necesidades que traen las niñas y los niños, los comentarios de las familias; abiertas a las ideas renovadoras y útiles vengan de donde vengan, como bien dice el libro de Carmen Díez Navarro  titulado La Oreja Verde de la Escuela porque el arte está presente en cada acción de las niñas y de los niños, el arte en sí mismo es acción y movimiento, es juego, y de eso saben más que nadie.

No hablamos de introducir nada nuevo, hablamos de entrenar la mirada, de estar atentas y atentos para rescatar lo que vemos y elevarlo a la categoría de obra o acto artístico.

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Y este articulo habla de ver arte en momentos e hitos evolutivos y cotidianos como en el descubrimiento de la mano por parte de un bebé, en el momento del cambio, en el despoje de zapatos, en el momento de encuentro con la comida. En ocasiones nos lanzamos a realizar actividades complejas y visualmente deslumbrantes y dejamos a un lado momentos que resultan verdaderamente importantes, educativos y creativos.

Por esto debemos mirar más allá y ver el momento del cambio, como un momento artístico en el que nos encontramos ante cuerpos lienzos que se van tatuando con pinceladas de amor en cada contacto, en cada encuentro, en cada masaje. Cuidar la piel, el órgano sensorial más extenso del cuerpo humano, primal como bien dice Michel Odent, de primer orden, que absorbe y refleja las vivencias que quedan tatuadas con tintas invisibles en cada contacto y que, a medida que avanzan los años, vuelven a asomar dejándonos entrever nuestras historias. Hablamos de mimar esas pieles que nos conectan y nos protegen del mundo avisándonos de cómo nos encontramos con sus reacciones y de rescatar al arte del masaje, no como actividad puntual sino como práctica cotidiana, y de utilizar productos respetuosos y favorecer un encuentro realmente pausado y consciente.

Mirar más allá y ver cómo danzan los cuerpos infantiles en cada volteo, cuando descubren que sus manos tienen un singular movimiento y que sus pies se conectan con toda su base y pueden separarse del suelo y así, sin zapatos, libres de ataduras, cómodos y cien por cien receptivos vibran creando coreografías individuales o colectivas porque un aula sin zapatos invita a danzar la vida, a descubrirse y encontrarse a sí mismo y al otro.

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Por ello debemos mirar más allá y ver los momentos en los que nos encontramos en torno a la comida, entendida esta como un momento de celebración y de creatividad en el que las niñas y los niños se alimentan no sólo de lo que ingieren sino de cómo lo hacen y del ambiente en el que esta acción se produzca. Hablamos del arte de la mesa, que se va forjando poco a poco desde bebés. Sin duda es todo un proceso lleno de logros y de retrocesos que hay que acompañar y que culminan en el primer ciclo de infantil en el aula de dos-tres años con esas sobremesas llenas de palabra y creación en las que nos dan muchas pistas de lo que son.

Pelar una mandarina es un acto cotidiano, un acto creativo y creador ya que no todos pelamos de la misma manera, cada cual busca su manera. Este acto se eleva a la categoría de artístico cuando escuchamos al niño o la niña decir:  “Mira, un autobús” y su amigo le responde: ”Mira, una tortuga ninja“ y así unas cáscaras se convierten a la vez en perfume colectivo inundando de aceite esencial el aula y, “a ojos de niño”, en unas obras que nosotras recogemos dejando espacio a la creación y dando valor a sus producciones, interesándonos por lo que sucede y captando el instante fotográficamente.

Para que estas cosas sucedan debemos dar tiempo al tiempo y practicar otro arte, el del silencio, dejando que la banda sonora del aula la conformen las expresiones, palabras, reflexiones espontáneas de las niñas y los niños. Porque cuando las personas adultas callamos, ellos y ellas hablan y es ahí, justo ahí, en el ruido silencioso, cuando podemos escucharlos.

No hablamos de algo nuevo, hablamos de algo complejo y maravilloso a la vez, a lo que como profesionales podemos llegar con tiempo y entrenamiento.

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Ana Valderrama. Plataforma de Educación Infantil 06. Madrid

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Comentarios

  • María Elena Ramírez Mer

    La ternura deslizándose por el papel al ser puesta en palabras.
    Gracias Ana.

    23/03/2019
  • Teresa Platas

    Esplendido artículo, tu atención y cuidado a la infancia ha hecho que me inundará el perfume a mandarinas y no he podido resistir tentación de descalzarme y mover los dedos cautivos de los pies. Gracias por ayudarme a subir la persiana y volver a tomar conciencia haciendome regresar a lo más elemental de mi misma.

    22/03/2019

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