La inclusión educativa promueve la participación de todos los sectores de la comunidad escolar. De hecho, Slee (2018; p.2) señala que la educación inclusiva busca identificar y eliminar las barreras que tiene el alumnado para acceder, estar presentes y participar, con un rendimiento académico óptimo y alcanzando una buena formación social en la escuela.
Cuando las personas tienen opciones para participar en la vida y las decisiones que se dan en la escuela, dicha participación conlleva que se sientan reconocidas y valoradas. Algo esencial en toda escuela inclusiva.
«La participación del alumnado no supone una dádiva o un deseo»
Pero, ¿qué tipo de participación se da en la escuela? Según Ochoa (2019) se limita a que el alumnado dé su opinión. Es evidente que es muy pobre y se plantea la necesidad de mejorarla. No obstante, antes de ver cómo, sería conveniente conocer las razones que nos llevan a fomentar esta participación.
Razones para fomentar la participación del alumnado
La Constitución española, en su artículo 27 apartado 5 señala el derecho universal a la educación con la participación efectiva de todos los sectores. Con esta idea quiero exponer un primer argumento que nos obliga a fomentar la participación del alumnado: es un derecho recogido en nuestra Constitución.
La participación del alumnado, por tanto, no supone una dádiva o un deseo, como docentes cumplidores de las funciones que la sociedad nos impone, estamos obligados por ley a promover dicha participación.
La Constitución se impregnó del espíritu democrático del 78. Era necesario formar una ciudadanía para mantener la democracia y la escuela debía cumplir esa función. Esa aspiración sigue siendo válida ya que, como decía John Dewey (1995), la democracia tiene que nacer de nuevo cada generación, y la educación es su comadrona. He aquí, por tanto, una segunda razón que nos obliga, como demócratas, a fomentar la participación del alumnado: para prepararles a actuar formado parte de una ciudadanía demócrata.
Podría argüirse que se puede formar en democracia sin la necesidad de que nuestro alumnado participe en un proceso democrático en sus centros. No obstante, somos de la misma opinión de Bardolet (2018) y creemos que la democracia se vivencia y no se explica.
Las actividades que se realizan en el día de la Constitución, por ejemplo, son necesarias para conocer bien qué dice y cuáles son las reglas y acuerdos de nuestra sociedad, pero no sirven para formar en democracia. Ejemplo de esto es que ningún país ha obtenido una democracia sólida cuando esta ha sido impuesta. Por todo ello, una democracia que aspira a perpetuarse requiere de un sistema educativo y una escuela democrática donde el estudiantado participe en la misma de manera democrática.
No nos bastan estas dos razones para comprender los beneficios de fomentar la participación. Con una mirada más interna, podemos decir que, de acuerdo con las investigaciones, una escuela mejora mediante tres mecanismos: cambiando los procesos de enseñanza-aprendizaje que se dan en el aula (lo cual supone un profesorado mejor formado), modificando la gestión de aquella (un liderazgo competente, con unos recursos necesarios y una legislación adecuada) y fomentando la participación de la comunidad educativa. Por ello, podemos decir que la participación de la comunidad educativa, y en concreto del alumnado, sirve para mejorar la propia escuela.
Mencionaremos más adelante algunas experiencias prácticas donde la participación del alumnado ha supuesto alguna mejora en la escuela. Ahora queremos señalar que hablamos de una escuela más eficaz no solo teniendo en cuenta el rendimiento educativo. Hablamos también de unos aprendizajes de índole socio-emocional que son necesarios aportar desde la escuela en nuestra sociedad actual.
Educar en el respeto a la diversidad, adquirir una actitud crítica, tener una mayor empatía, conocer cómo participar en la vida pública y política, fomentar la autonomía y el aprendizaje autónomo, adquirir resiliencia y adaptarse al cambio,… todos ellos son aprendizajes totalmente necesarios en el siglo XXI.
«Una escuela inclusiva no atiende únicamente a los rendimientos educativos, sino también a un aprendizaje social»
Deben darse desde una perspectiva no solo de calidad sino también con equidad. La participación del alumnado en la escuela nos señala que formamos escuelas más inclusivas y eficaces. Como antes se señaló, una escuela inclusiva no atiende únicamente a los rendimientos educativos, sino también a un aprendizaje social. ¿Acaso no es esta una razón de peso para fomentar esta participación? Tener una escuela que mejore la actual debería ser una razón más que suficiente para fomentarla.
Por último, quisiera abordar una cuarta razón que explica los beneficios de que las y los estudiantes participe. Actualmente vivimos en una época de cambios vertiginosos. A modo de ejemplo piense en una sociedad sin smartphones, sin Youtube, sin Twitter o X,… así éramos hace menos de 20 años.
La escuela debe ser capaz de asimilar esos cambios: educar en una época donde hay vídeo-tutoriales que te enseñan de todo, debe ser capaz de mostrar cómo distinguir entre noticias veraces y fuentes de información fiables de las magufadas y engaños, debe instruir en una nueva comunicación digital crítica pero altamente respetuosa, debe educar en el uso responsable del móvil,…
En definitiva, la escuela debe ser capaz de realizar cambios de una manera cada vez más frecuente para responder a los cambios de la sociedad. El hecho de que el alumnado, junto a sus familias y otros agentes del entorno de la escuela participen ayuda a que esta y toda su comunidad se adapte a esos cambios.
Experiencias de participación del alumnado
Actualmente se encuentran muy pocas experiencias de participación del alumnado en España, aunque sí se tienen los mecanismos legales para ello (López y Rada, 2014).
La legislación educativa promueve la participación representativa a través del consejo escolar y de las juntas de delegadas y delegados de clase. No obstante, queremos advertir que estas estructuras no garantizan una plena participación, especialmente en la escuela, donde a veces quienes se eligen como representantes son aquellos estudiantes menos discrepantes y que se adaptan mejor a los intereses de las personas adultas (López y Rada, 2014).
De todas maneras, ya comentamos anteriormente que existen algunas experiencias que sí están implementando la participación del alumnado más allá de considerar su opinión y con las que podemos comprobar, de una manera más empírica, los beneficios que se obtienen.
Las escuelas conocidas como Comunidades de Aprendizaje suponen un modelo de transformación social y educativa basadas en un conjunto de ciertas actuaciones educativas. Precisamente una de las prácticas que promueven es la participación del alumnado, las familias y la comunidad tanto en el aprendizaje (grupos interactivos, tertulias dialógicas,…) como en la gestión y organización del centro por medio de las comisiones mixtas (formadas por profesorado, familias, personas voluntarias y estudiantes) como son la comisión de biblioteca, de infraestructuras, de convivencia,… Indudablemente, las Comunidades de Aprendizaje suponen un gran avance en la participación del alumnado (y del resto de sectores).
Mediación
Muchas experiencias de fomento de la participación del alumnado están vinculadas a la mejora de la convivencia. Este hecho es coherente al considerar que esta es uno de los temas que más preocupación genera en el ámbito educativo (Ochoa, 2019).
Es de destacar, en nuestro país, el impulso que ha tenido la mediación entre iguales. Su objetivo es el de generar en los centros un espacio para que dos partes en conflicto, en este caso estudiantes, puedan reencontrarse con ayuda de una o varias personas mediadoras, también estudiantes con la formación conveniente, buscando posibles soluciones que permitan llegar a un acuerdo.
Esta medida, por tanto, favorece la participación del alumnado ya que la consideran como una forma de exponer sus dificultades sin ser juzgado por una persona adulta. Los resultados de investigaciones dedicadas al estudio de los beneficios que tiene coinciden en que el alumnado se siente más representado y se percibe que lo que sucede en el centro les implica también a ellos y ellas y no sólo al profesorado.
Con eso no solo se mejora la convivencia y se tiene un clima positivo en las aulas, sino que adquieren habilidades como la empatía, la escucha activa o la asertividad. (García Suárez, 2021).
Metodologías activas
La mediación entre iguales supone un ejemplo de participación del alumnado si bien solamente se limita a un ámbito: la convivencia. Las llamadas metodologías activas, al poner el foco de interés en el alumnado, demandan una mayor participación de este en el proceso de enseñanza-aprendizaje y un cambio en el rol del profesorado. Se le exige a este conocer mejor a cada estudiante y para ello se fomenta una mayor participación de este lo que supone una actitud más activa por su parte ante su propio aprendizaje.
Estas metodologías fueron una de las bases de la reforma del Espacio Europeo de Educación Superior (plan Bolonia), sin embargo, ya existían desde hacía tiempo en la educación a niveles inferiores. El aprendizaje por proyectos o por centros de interés, el cooperativo, el aprendizaje entre iguales y, más recientemente, el aprendizaje-servicio, el basado en problemas o el modelo flipped classroom, son cada vez más habituales en nuestros centros.
«Las metodologías activas no se realizan de manera adecuada y la participación del alumnado no se tiene en cuenta correctamente»
De manera frecuente, estas metodologías aparecen combinadas unas con otras, pero en todas se ofrece mayor libertad y participación al alumnado formando, de esa manera, personas más autónomas y responsables con su aprendizaje.
Desafortunadamente no son la norma habitual en la mayoría de nuestros centros y las realizan docentes concretos en sus clases. También debemos valorar que, en ocasiones, por falta de formación, estas metodologías activas no se realizan de manera adecuada y la participación del alumnado no se tiene en cuenta correctamente.
No obstante, los estudios señalan que cuando se realiza de manera apropiada los beneficios obtenidos, tanto en los resultados académicos como en el aprendizaje personal y socio-emocional del alumnado son superiores que con otras metodologías..
Evaluación
También, cada vez más, existen experiencias donde el estudiantado participa en la evaluación. En este sentido destacan la autoevaluación, la coevaluación y la evaluación compartida. Para no confundir estos términos, nos referimos a autoevaluación cuando el alumnado se evalúa a sí mismo; coevaluación cuando es evaluado por sus iguales y evaluación compartida cuando acuerda junto al profesorado su evaluación (Pastor et al. 2005). Los beneficios que se tienen ante estas prácticas cuando se dan de manera sistemática son muy positivos. Por un lado, al participar en el propio proceso educativo se producen mejores aprendizajes. Además, se fomenta un espíritu crítico y un autoconocimiento, así como se mejora la autoestima (“Sé en qué he fallado y ya no cometeré el mismo error”). Por último, se refuerza la autonomía y la competencia de aprender a aprender.
Estas experiencias, si bien no se dan en una gran proporción de centros educativos, sí son buenos ejemplos de que la escuela obtiene grandes beneficios de la participación del alumnado. Cabría preguntarse ahora, si con esta participación observamos que la escuela mejora, tanto desde un punto de vista más teórico como con los ejemplos que sí que existen, ¿por qué estos modelos no funcionan a modo de semillas y se replican en cada vez más centros educativos?
Retos y posibilidades futuras
Vamos a responder a la pregunta que nos hemos hecho reflexionando cómo se dan los procesos de cambio y mejora en los centros.
En primer lugar, para que un centro educativo inicie un cambio sostenido en el tiempo debe existir un liderazgo pedagógico. Este no tiene por qué estar en una única persona, de hecho, el distribuido -fomentado por la LOMLOE- lo define como una propiedad característica del centro donde existen diversas personas que lideran en un contexto determinado y se propicia la participación de toda la comunidad educativa. La carga burocrática actual de los equipos directivos hace prácticamente imposible que una persona sola ejerza un liderazgo fuerte en el centro.
Fomentar la participación del alumnado supone un cambio en el centro y, para ello, debe existir dicho liderazgo pedagógico. Desafortunadamente, uno muy distribuido no es el más frecuente, y, menos aún, dentro del alumnado, lo cual incide en una dificultad para promover esas estructuras más participativas que nos permitirían encontrar a líderes dentro de las y los estudiantes y conocer y tener en cuenta sus propuestas.
Con relativa frecuencia se señala que es suficiente con la participación del alumnado recogida en la legislación vigente. Si participase con total libertad y de modo crítico, potenciar sus propuestas puede servir de manera adecuada. Sin embargo, esto no suele pasar.
Las juntas de delegadas y delegados se suelen reunir para ser informadas y solamente cuando el equipo directivo quiere. Es necesario, para garantizar una mayor participación estudiantil, encontrar nuevas estructuras como, por ejemplo, las asambleas de aulas (con un seguimiento de sus propuestas) o un cajón de sugerencias del alumnado, estructuras relativamente habituales en nuestros centros que se pueden potenciar.
En definitiva, un centro debe invertir tiempo preparando a estudiantes (o sus familias) para que sepan cómo participar y debe ser crítico para valorar cómo se está realizando dicha participación. Cuando la participación no aporta una visión de la escuela que enriquezca la del profesorado es porque no está ocurriendo, simplemente, el alumnado dice lo que el profesorado quiere escuchar.
Por otro lado, todo centro educativo parte de una historia de funcionamiento que tiene su inercia. La participación del alumnado supone un cambio en la escuela y sus dinámicas tienen una excesiva inercia. Esta dificulta el cambio y aunque la escuela tenga en su Proyecto Educativo de Centro, mejorar la participación debe superar esa resistencia al cambio.
Con frecuencia se escuchan frases como: “Para qué vamos a fomentar la participación del alumnado si ya conseguimos buenos resultados”. Estas ideas dificultan la participación del alumnado y, por tanto, los beneficios que ésta puede traer. Dicha inercia es menor en centros que atienden a una población escolar más diversa o que se encuentran en un momento más difícil o complicado por diversas razones ya que buscan tener resultados diferentes.
Las y los docentes queremos que nuestro alumnado aprenda y la mayoría compartimos unas ideas pedagógicas que, de manera más o menos consciente, guían nuestra práctica. A modo de ejemplo, somos conscientes de las posibilidades que tiene partir de los intereses y curiosidades de chicas y chicos a la hora de impartir unos contenidos. Pero, ¿cómo podemos detectar esos intereses sin fomentar, aunque sea mínimamente, que participen?
«La participación del alumnado en el aula es algo que se percibe como necesaria, pero en la práctica se da a un nivel muy bajo y mejorable»
Otro ejemplo se ve cuando el docente está interesado en saber si alguna explicación se ha comprendido e indaga al alumnado al respecto. Una simple pregunta donde pocos estudiantes responden no fomenta una participación real del alumnado y no es, en realidad, útil.
En líneas generales, la participación del alumnado en el aula es algo que se percibe como necesaria, pero en la práctica se da a un nivel muy bajo y mejorable y la opinión o percepción del profesorado suele prevalecer.
Para poder considerar mejores estrategias que nos lleven a una verdadera participación del alumnado en el proceso de enseñanza-aprendizaje debemos tener un profesorado sin miedo a salir de su zona de confort, un profesorado bien formado y capaz de aprovechar esa participación en beneficio del aprendizaje.
En ese sentido, las actividades para atender a la diversidad pocas veces hacen hincapié en cómo el alumnado participa y modifica el currículo. Es necesario señalar el papel que debe tener el profesorado para aprovechar la participación y recrear, conjuntamente las personas docentes y discentes, el currículo.
También es necesario que el profesorado cambie su visión parcelada de la escuela. Esta es de todos y todas: el profesorado, el estudiantado y las familias (¡cuántas escuelas deben su existencia a la petición de las familias!).
Tener más estudios, conocimientos o una mayor edad debe servir para explicar y fundamentar mejor la conveniencia o no de ciertas ideas, pero no para establecer aspectos donde no deban participar. No es infrecuente que docentes de Infantil señalen que no tiene sentido que sus niñas y niños participen en la escuela porque a esta edad aún no saben. En cierta ocasión, colegas menospreciaban a un profesor porque había decidido preguntar al alumnado por la elección del libro de texto indicando: “¿Para qué lo haces si la decisión debe ser nuestra únicamente?”. Estos aspectos, más relacionados con los valores de una escuela y de una verdadera democracia, también deben ser trabajados si queremos fomentar la participación del alumnado.
En conclusión, aunque podamos ver y comprender los beneficios que tiene la participación del alumnado, es imprescindible para un proceso de cambio que se superen los retos que he mencionado.
En algunos centros existirán más unos que otros, ya que las barreras son diversas. Por un lado, un liderazgo pedagógico coherente con una visión crítica de las finalidades que tiene la escuela inclusiva. Además, debemos vencer y convencer ante la lógica resistencia al cambio formando, de manera adecuada, a estudiantes y profesorado y, en general, a todos los sectores implicados.
Por último, debemos asumir un cambio de valores dando importancia a las ideas que parten del alumnado, sin excepción. Esos retos, imbricados unos con otros, pueden superarse dando lugar a escuelas más inclusivas y justas socialmente, que preparan al alumnado de manera adecuada y posibilitan su participación en nuestra sociedad democrática. Si los retos nos parecen grandes, el premio que se puede conseguir se antoja aún mayor.
Referencias
Bardolet, A. T. (2018). La participación del alumnado en centros democráticos de educación
secundaria. Voces de la Educación.
Dewey, J. (1995). Democracia y educación: una introducción a la filosofía de la educación. Ediciones Morata. https://circulosemiotico.files.wordpress.com/2012/10/dewey-john-democracia-y-educacion.pdf
Coiduras Rodríguez, J. L., Balsells, M., Alsinet, C., Urrea Monclús, A., Guadix García, I., & Belmonte Castell, O. (2016). La participación del alumnado en la vida del centro: una aproximación desde la comunidad educativa. Revista Complutense de Educación, 2016, vol. 27, núm. 2, p. 437-456.
García Suárez, M. (2021). La mediación entre iguales en educación secundaria: una estrategia para mejorar la convivencia y fomentar la participación de la comunidad educativa. https://digibuo.uniovi.es/dspace/handle/10651/60604
López, N. C., & Rada, T. S. (2014). La participación del alumnado en los procesos de formación y mejora docente. Una mirada a través de los discursos de orientadores y asesores de formación. Profesorado, Revista de Currículum y Formación del Profesorado, 18(2), 228-244. http://www.ugr.es/~recfpro/rev182COL5.pdf
Ochoa Cervantes, A. (2019). El tipo de participación que promueve la escuela, una limitante para la inclusión. ALTERIDAD. Revista de Educación, 14(2), 184-194. https://www.redalyc.org/journal/4677/467759601003/html/
Slee, R. (2018). Defining the scope of inclusive education. Paper commissioned for the 2020 Global Education Monitoring Report, Inclusion and education.
Pastor, V. M. L., Pascual, M. G., & Martín, J. B. (2005). La participación del alumnado en la evaluación: la autoevaluación, la coevaluación y la evaluación compartida. Rev. Tándem Didáctica Educ. Fís, 17, 21-37. https://www.researchgate.net/profile/Victor-M-Lopez-Pastor/publication/39211979_La_participacion_del_alumnado_en_la_evaluacion_La_autoevaluacio n_la_coevaluacion_y_la_evaluacion_compartida/links/5481a0d00cf263ee1adfd046/La-participacion-del-alumnado-en-la

