Pasado el tsunami de los resultados de PISA, de los titulares y de las interpretaciones que, haciendo un uso interesado de los datos y según las posiciones e ideologías de cada cual, se utilizan para reforzar aquello que se quiere defender, conviene detenerse y mirar las cosas con un poco más de calma.
Las medias verdades son, a menudo, las más peligrosas. Se parte de una información cierta, se selecciona aquello que interesa destacar, se omite lo demás y, finalmente, se construye un relato que puede tener poco que ver con la realidad que pretendía explicar. Por desgracia, este uso interesado de los resultados de PISA no es exclusivo de nuestro país; ocurre en muchos lugares del mundo.
PISA es una fotografía fija tomada en un momento determinado y que da lugar a una comparación entre países y sistemas educativos cuyos resultados, con demasiada frecuencia, se magnifican o minimizan sin tener en cuenta la complejidad del sistema educativo en su conjunto. Los reduccionismos y los titulares simplificadores desvirtúan algo tan complejo y poliédrico como es la educación y el sistema educativo.
Así que, un poco de tranquilidad, por favor. Esto hay que mirarlo despacio, con calma y, sobre todo, aprender de ello, situando PISA en el lugar que le corresponde. Lo realmente preocupante son las voces que aprovechan estos resultados para reclamar una vuelta al pasado: «más disciplina, más autoridad, más esfuerzo». Como si la sociedad y el alumnado de hoy fueran igual al de hace más de veinticinco años. Como si hoy no supiéramos mucho más sobre cómo aprendemos, qué condiciones favorecen el aprendizaje y qué papel desempeñan las emociones, las relaciones y el contexto. Como si algunas variables fundamentales para aprender —el sentido, el cuidado y el acompañamiento durante el proceso de aprendizaje— no existieran.
Una evaluación con limitaciones
En 2003 se aplicó PISA por primera vez en Euskadi. En aquel momento yo trabajaba en el Instituto Vasco de Evaluación e Investigación Educativa (IVEI), y tuve la oportunidad de conocer la prueba.
Me pareció que estaba bien diseñada para evaluar determinadas competencias del alumnado de 15 años en matemáticas, ciencias y lectura. Pero entonces me hice una pregunta que sigo planteándome hoy: ¿Podemos saber la calidad de la educación de un país o de una comunidad autónoma a partir de estos resultados? Lo dije entonces y lo vuelvo a decir ahora: NO.
Una educación de calidad es muchísimo más que aquello que PISA puede medir. Por eso es necesario —y urgente— que hablemos de educación en profundidad. Y si los resultados de PISA sirven para abrir este debate, estupendo. Hablemos. Pero hablemos de verdad.
Para empezar, ¿por qué no preguntarnos qué dice la UNESCO, que tiene una mirada y un conocimiento mucho más amplio sobre la educación, acerca de su sentido y sus fines, que la que pueda tener la OCDE?
Qué queremos de la educación
El problema de la educación española no se resolverá intentando subir unas décimas en PISA. Se resolverá preguntándonos qué personas queremos formar y organizando el sistema educativo para hacerlo posible.
Educamos para que las nuevas generaciones puedan alcanzar una vida buena, plena y digna de ser vivida. Lo he dicho muchas veces al hablar de desarrollo humano: primero, buenas personas; luego, buenas ciudadanas y buenos ciudadanos; y después, también. buenas profesionales.
Se trata de desarrollar capacidades y conocimientos, pero también valores. Queremos una educación que contribuya a avanzar hacia una sociedad justa, cuidadora, inclusiva, solidaria y sostenible.
Para ello necesitamos fundamentar los cambios en una ética del cuidado, entendida como un nuevo paradigma que sitúa a las personas, su bienestar y el desarrollo humano en el centro de las decisiones y de las actuaciones, tanto en el ámbito público como en el privado.
Los cambios necesarios para lograr una educación de calidad —en sus dimensiones humana, social y académica— solo serán posibles si el sistema educativo en su conjunto, con la colaboración de toda la sociedad, se pone a ello, y si cada cual asume la responsabilidad que le corresponde. Podemos situar esta responsabilidad en tres niveles.
A nivel macro: la Administración educativa
A la Administración educativa le corresponde definir políticas teniendo en cuenta los fines de la educación, las demandas sociales y, sobre todo, las necesidades del alumnado y del profesorado.
Le corresponde proporcionar los recursos necesarios, establecer condiciones que hagan posible una educación de calidad, evaluar las políticas desarrolladas y, algo fundamental, escuchar a la comunidad educativa.
No se puede transformar la educación únicamente desde los despachos. Las políticas educativas necesitan conocimiento, recursos, evaluación y diálogo con quienes viven la educación cada día.
A nivel meso: los centros educativos
A cada centro le corresponde conocer su realidad, identificar sus necesidades y trabajar para que todo el alumnado pueda avanzar, eliminando las barreras que lo impidan y proporcionando a cada niño, niña o adolescente aquello que necesita para desarrollarse y aprender.
Esto exige prestar una atención especial al clima del centro. Un buen clima de convivencia y de relaciones es un fuerte predictor del bienestar del profesorado y del aprendizaje del alumnado.
Un centro educativo no es únicamente un lugar donde se imparten clases. Es una comunidad en la que se aprende a convivir, a participar, a asumir responsabilidades y a cuidar y ser cuidado.
A nivel micro: el aula
Y es en el aula donde todo esto se concreta. Es aquí donde se ponen en práctica el cuidado mutuo, la convivencia positiva, la exigencia y el apoyo. Altas expectativas y exigencia, sí; pero acompañada de los apoyos necesarios para que nadie quede atrás.
Se trata de plantear metas ambiciosas para todo el alumnado y de poner los medios necesarios para que pueda alcanzarlas.
Para ello necesitamos utilizar metodologías adecuadas a los objetivos de aprendizaje y hacer un uso educativo de la evaluación, entendida no como un mecanismo para clasificar o etiquetar, sino como una herramienta que ayude a comprender dónde está cada alumno y alumna, qué necesita y cómo puede seguir aprendiendo mejor.
Pero la educación y el aprendizaje son mucho más que el sistema educativo. La escuela sola no puede.
Más allá de la escuela
El alumnado aprende siempre y en todas partes. Por eso, toda la sociedad es educadora. El aprendizaje formal se desarrolla fundamentalmente en los centros educativos, pero el aprendizaje no formal e informal tiene lugar en casa, en los espacios de ocio, en las relaciones sociales y, cada vez más, en las redes sociales y en el entorno digital.
La familia tiene una importancia crucial. En casa se construyen, entre otras cosas, actitudes y hábitos relacionados con el aprendizaje: el valor que se concede al conocimiento, la relación con la lectura, los hábitos de trabajo, la responsabilidad y el respeto al profesorado y a las demás personas.
Por eso hablamos de una responsabilidad colectiva.
¿Qué sociedad estamos ofreciendo como modelo? No podemos ignorar los modelos sociales que el alumnado recibe cada día: la inmediatez y el «todo y ahora», muchos derechos y pocas obligaciones, la idea del éxito fácil, la violencia, los mensajes de odio, las malas formas, la falta de respeto… Parece que todo vale. Ya no existe el adversario con quien se discrepa, sino el enemigo al que hay que combatir. No siempre se responde con argumentos, sino con la descalificación y el insulto.
Y entonces cabe preguntarse: ¿qué ocurre cuando estos modelos llegan a la escuela? Pedimos al profesorado que eduque en respeto, diálogo, convivencia y cuidado mientras el entorno social transmite, con demasiada frecuencia, mensajes contrarios. Por eso es necesario poner en valor la función docente y cuidar de manera especial al profesorado. Un profesorado que, en su día a día se enfrenta a cambios sociales, culturales y tecnológicos de enorme magnitud; a valores que, en ocasiones, entran en contradicción con los que ha de vivir y promover en el aula y en el centro; a un alumnado cada vez más
diverso; y a unas demandas y responsabilidades que pueden llegar a ser desmesuradas. Cuidar al profesorado no significa rebajar las expectativas ni las exigencias. Significa reconocer su responsabilidad, proporcionarle formación, recursos, tiempo, acompañamiento y condiciones adecuadas para ejercerla.
Frente a quienes plantean que la solución pasa por volver al pasado, yo pongo el acento en el cuidado del alumnado. Porque para aprender es necesario estar bien.
Pero cuidar no significa sobreproteger, ni renunciar a la exigencia, ni rebajar las expectativas. Cuidar significa conocer las necesidades de cada niño, niña y adolescente, confiar en sus posibilidades, plantear metas exigentes y proporcionar los apoyos necesarios para alcanzarlas.
Significa acompañar sin sustituir, ayudar sin limitar la autonomía y crear las condiciones para que cada alumno y cada alumna pueda ir haciéndose responsable de su propio proceso de aprendizaje.
Cuidado y exigencia no son términos opuestos. Se necesitan mutuamente. Se trata de construir una educación capaz de integrar todo aquello que necesitan las personas para aprender, crecer y convivir.
Y mejorar la educación significa conseguir que cada niño, cada niña y cada joven tenga oportunidades reales de desarrollar al máximo sus capacidades, de aprender, de convivir, de participar y de construir una vida digna y plena.
Por eso, después de PISA, más que preguntarnos «¿en qué puesto estamos?», deberíamos preguntarnos:
- ¿Qué educación queremos?
- ¿Para qué sociedad educamos?
- ¿Qué personas queremos ayudar a formar?
- Y sobre todo, ¿qué estamos dispuestos, como sociedad, a hacer para conseguirlo?
Ahí está, a mi juicio, la conversación que de verdad necesitamos.

