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Opiniones

Julio Rogero

No podemos esperar más Julio Rogero

Mientras estamos pendientes de posibles pactos desde arriba se nos entretiene con diálogos imposibles y propuestas legitimadoras de sus políticas educativas.

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El ministro Íñigo Méndez de VIgo durante una sesión del Pleno. Fotografía: Congreso de los Diputados.

Está comenzando un nuevo curso y no podemos esperar más. El tiempo pasa y mientras esperamos que se escuchen en el Congreso hasta el mes de enero todas las voces que se dan en el amplio espectro de las diferentes visiones de la educación en nuestra sociedad, se siguen asentando las políticas educativas más conservadoras y privatizadoras, ligadas a los intereses de la economía capitalista neoliberal, sostenidas en la actual ley de educación.

Nos están entreteniendo para que pongamos nuestra mirada y nuestra esperanza de cambio educativo en la posibilidad de una nueva ley de educación pactada, que dé respuesta a los intereses de quienes defienden el mercado de la educación al servicio de la economía y de los que propugnan las exigencias del cumplimiento del derecho de todos a la educación. Algunos sentimos que esto es muy difícil, por no decir que es imposible, dadas las decisiones de políticas educativas que se siguen tomando cada día.

Muchos no esperan y siguen con una actuación acorde con sus intereses. No esperan los diseñadores de las políticas de demolición de los derechos humanos y, en nuestro caso, del derecho a la educación para todos sin ningún tipo de exclusión. No se detienen los que planifican y ejecutan las políticas educativas privatizadoras para hacer de la educación un negocio muy rentable (la Organización Mundial del Comercio calcula el potencial negocio de la educación en más de ocho billones de euros anuales en el mundo). No esperan los que imponen que se incorpore al currículo escolar la educación financiera a favor de los bancos, para que la gente sepa interpretar sus miserables nóminas de las que ha de extraer su desesperado y raquítico plan de pensiones privado para poder, en algún día incierto, no morirse de hambre y, a su vez, eliminan la filosofía, la formación humanista o la educación artística. No esperan los que siguen empeñados en los programas bilingües (en Madrid se sigue avanzando en esta dirección equivocada) que segregan a los más débiles y profundizan la ignorancia de los que participan en ellos. No esperan los que siguen aplicando, como en cada comienzo de curso, las políticas de recortes de profesorado, de becas, el aumento de ratios por encima de la propia legalidad, de desviación de recursos y aulas hacia la enseñanza privada a la vez que se cierran aulas y centros de la red pública, de centros públicos hechos por fases, inacabados o en barracones, de nombramiento impuesto de equipos directivos, etc. No esperan los centros privados concertados para seleccionar a su alumnado y para seguir cobrando de forma ilegal. No esperan los que han entrado en los procesos de cambio de técnicas modernizadoras para que nada cambie y el control de la educación esté siempre en manos del poder, dirigidos por las editoriales de libros de texto y otras tecnologías. No esperan y siguen, como una apisonadora, con sus políticas invasivas y demoledoras de la educación pública para seguir proponiendo e imponiendo una educación clasista, segregadora, autoritaria y manipulada.

Por ello no podemos esperar de este parlamento, en su composición actual, leyes educativas que vayan en una dirección educativamente transformadora. El pacto educativo sólo aceptará cambios superficiales de maquillaje que no cuestionen el orden establecido y las finalidades del poder económico y político. La muestra más palpable es la propuesta de pacto educativo que hacen quienes gestionan la educación en la comunidad de Madrid. No es más que un intento de atraer a los demás para legitimar, a través de ese posible pacto, las mismas políticas educativas que se están haciendo ahora.

Por eso no podemos esperar más. Hemos de dejar de mirar a un poder que nos hipnotiza y nos paraliza. Mientras estamos pendientes de posibles pactos desde arriba se nos entretiene con diálogos imposibles y propuestas legitimadoras de sus políticas educativas. Por eso hemos de cambiar la mirada y ponerla en nosotros: en el alumnado, en las familias, en el profesorado, en las comunidades educativas de las escuelas de titularidad pública, en el movimiento social de la transformación de la educación, en todas las redes que ya están conectadas y por conectar, en las producciones colectivas que hemos de crear y en las ya creadas, como los documentos de las Redes por una nueva política educativa, impulsores del Documento de Bases para una nueva ley de educación, y en las prácticas transformadoras de educación crítica y emancipadora que ya se están dando en muchas escuelas publicas.

Urge considerarnos a nosotros mismos como sujetos de poder, protagonistas de la acción educativa cotidiana, común, colectiva y pública. Así, la transformación educativa para la construcción de una escuela pública democrática, científica, inclusiva y laica surgirá de nuestra construcción de una realidad educativa de base popular, desde abajo, sustentada en el deseo colectivo de resistir frente a la injusticia social y el darwinismo escolar deshumanizador. No podemos esperar más.

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