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Imagínense que el presidente de Canadá hubiera dado la orden de invadir Estados Unidos y secuestrado a Donald Trump, el actual presidente del país, acusándole de narcodictador, pues en este país es donde se lavan las grandes fortunas que provienen y manejan el tráfico de drogas. Además de acusarle de ser un presidente-delincuente, condenado por numerosos delitos en su propio país, de tener conexiones con redes de trata pedófilas y de haber promovido un golpe de estado interno, con el asalto al Capitolio de su propio país. ¡Qué tremendo!
Imagínense que el presidente de Canadá hubiera argumentado, además, que el petróleo de Estados Unidos le pertenece y que, con este golpe de estado a Estados Unidos y el juicio a un dictador como Donald Trump, devolvería las riquezas de este país a sus legítimos dueños que son las multinacionales canadienses. ¡Qué locura!
Es más, imagínense que el gobierno de Canadá desde hace tiempo hubiera decretado el embargo de toda relación comercial con Estados Unidos, poniendo a la armada canadiense a patrullar a ambos lados de los océanos de Estados Unidos y que hubiera dado la orden a su ejército de asesinar extrajudicialmente a ciudadanos norteamericanos que navegaban con lanchas y barcos las costas norteamericanas, declarando a la prensa que estaba justificado su asesinato porque eran traficantes de drogas. A lo cual hubiese sumado el secuestro de buques y cargueros que salieran o entraran a los puertos de Estados Unidos, e incluso que hubiera mandado drones del servicio secreto canadiense para bombardear un puerto de Estados Unidos ligado al narcotráfico. ¡Qué barbaridad!
¿Cómo reaccionaría la “comunidad internacional”? ¿Hablarían los medios de comunicación de Donald Trump “detenido”? (El País); ¿El presidente de Canadá “captura” a Trump? (El Confidencial); ¿ El presidente de Canadá “saca” a Trump de Estados Unidos? (ABC); ¿crisis entre Canadá y Venezuela? (El Periódico); ¿la “operación quirúrgica que ha extirpado a Trump del poder”? (RTVE pública); “Cuatro meses de tensión militar hasta la captura de Trump: cronología de la crisis entre Canadá y Estados Unidos”? (RTVE pública); ¿“captura de Trump y su mujer, Melania, ya en Quebec para ser juzgados por narcoterrorismo y posesión de armas”? (RTVE pública); o, “¿Canadá pone fin a la impunidad: la caída de la dictadura norteamericana?” (Infobae); etc.
El doble rasero internacional y la normalización de la impunidad
Estoy aplicando la denominada “regla de la inversión”, proveniente del feminismo, a la política, es decir, a la “cosa pública”, a aquello que nos concierne a todos y todas, puesto que define la convivencia social y democrática en el escenario público, en el espacio colectivo. Esta regla plantea: “¿Cómo sería interpretado este hecho si los roles de poder estuvieran invertidos?”
Cuando desde la óptica colonial la potencia imperial o sus vasallos justifican una intervención militar o un golpe de estado sobre un país, sea por el control de sus recursos o por no ser sumisa a los intereses geopolíticos de la potencia dominante, el discurso dominante siempre se apoya en marcos narrativos de “defensa de la democracia”, “protección de derechos humanos”, “estabilidad regional”, “seguridad internacional”, etc. Sin embargo, si un país no hegemónico como Venezuela lo hiciera alegando: que en Estados Unidos hay, como es el caso, graves vulneraciones de derechos humanos, violencia policial estructural, racismo sistémico, desigualdad extrema, o retrocesos democráticos, la reacción previsible sería, por el contrario, una condena inmediata internacional, la calificación de “agresión ilegítima”, la activación automática de sanciones, la presentación del acto como terrorismo de Estado y amenaza global, ridiculizando por supuesto el argumento de “defensa de la democracia” o de “protección de derechos humanos”.
Medios de comunicación, relato dominante y pedagogía de la ley del más fuerte
¿Qué mensaje se está mandando a la población en general y a las nuevas generaciones en particular? Es un mensaje claro: quien tiene el poder, tiene impunidad. Ni siquiera quien tiene razón, ni argumentos, ni legitimidad. No. Sino quien tiene poder (armado) y muestra absoluto desprecio a los derechos, a la paz, a la resolución de conflictos por la vía diplomática o legal (incluso sabiendo que la legalidad está establecida por las potencias dominantes). Al matón más belicoso se le concede impunidad. Todos los demás, como en un patio escolar, se muestran sumisos, temerosos de ser los próximos, se alían incluso con ese matón, para ver si ellos también pueden sacar provecho de la brutalidad, de la barbarie. Así se está educando, a través de esa “pedagogía pública” que inunda los medios y canales de información y formación del inconsciente colectivo, a la ciudadanía y a las futuras generaciones.
Como vemos, los medios de comunicación, afines a los poderes dominantes, elaboran un relato, una narrativa, un discurso que, a base de repetir el mismo mensaje, se normaliza. No olvidemos que este relato se viene construyendo desde hace décadas. De hecho, Estados Unidos ha invadido o promovido invasiones y golpes de estado desde su origen y de forma ininterrumpida en todo el mundo, especialmente en Latinoamérica, con total impunidad,
Ahora, con el mandato de Trump, lo hace de forma explícita y con el apoyo de medios de comunicación que incluso lo justifican. Exactamente como Israel lo está haciendo en el actual genocidio en Palestina, ante el cual la “comunidad internacional” ha callado, en el mejor de los casos, o incluso lo ha justificado y apoyado con armamento y persecución de cualquier protesta pública contra el genocidio.
Pero Venezuela solo es el primer paso. Marco Rubio, el secretario de estado de Estados Unidos, de origen cubano, ve Venezuela como un primer peldaño hacia el objetivo de dar un golpe de estado definitivo contra la revolución cubana y reactivar de nuevo y de forma expeditiva la “doctrina Monroe” que establecía: América para los americanos (los americanos es el eufemismo para designar a las multinacionales norteamericanas). Pero ahora aplicada al mundo entero. Y que lo que ha hecho en Venezuela con total impunidad, asesinar, secuestrar, apropiarse de los recursos, etc., lo podrá replicar en cualquier lugar.
Así lo ha declarado abiertamente el gobierno de la administración Trump, con su “Doctrina de Seguridad Nacional”, que ha publicado de forma accesible para quien la quiera leer. Si antes los gobiernos de Estados Unidos lo hacían de forma encubierta, ahora Trump expone de forma explícita que está dispuesto a “hacer lo necesario” (incluyendo golpes de estado, desestabilización de gobiernos, invasión de países, alteración de elecciones, derrocamiento de gobiernos elegidos, apoyo con miles de millones de dólares a los grupos y partidos de extrema derecha no solo a través del Tesoro norteamericano sino también del FMI y otros organismos, etc.) para romper un mundo que se pretendía regido por reglas de derecho internacional.
La administración Trump ha ensayado el test de impunidad en Palestina. Si Netanyahu, con el apoyo explícito y sistemático de aquella, ha cometido un genocidio con total impunidad en Gaza y los gobiernos no han hecho nada, ¿por qué no iba a hacerlo ahora con Venezuela? ¿Y más tarde con Cuba, México, Colombia o Irán? Y si seguimos así, permitiendo la impunidad del matón de la clase, mañana invadirá cualquier país que quiera expoliar.
Porque la brutal agresión de Estados Unidos contra Venezuela no solo busca robar su petróleo, las mayores reservas probadas del mundo, sino sobre todo reafirmar el dominio estratégico sobre la energía, las rutas comerciales y las alineaciones regionales, como parte de su imposición en América Latina frente a China, para reafirmar el dominio en su hemisferio: América y el Pacífico; así como arremeter contra un símbolo de desafío a la hegemonía estadounidense en América Latina; enviar un mensaje claro a cualquier gobierno que pretenda salirse del guión impuesto desde Washington; y, además, utilizar el acto de guerra como herramienta de distracción interna ante las acusaciones de pederastia sobre Trump con el caso Epstein. Es el manual propio del neofascismo.
Hitler invadió otros países por lo que él llamó Lebensraum («espacio vital»): la necesidad de recursos naturales para hacer grande a Alemania. Es lo mismo que hace actualmente Estados Unidos invadiendo y bombardeando países que cuentan con recursos naturales como el petróleo. Son los nazis de hoy. Trump es neofascismo en estado puro: intervencionismo, expolio y desprecio al derecho internacional. Venezuela hoy, ¿Groenlandia mañana? Estados Unidos, bajo el mandato de Trump, se ha convertido en un régimen abiertamente terrorista. Mientras, en la Unión Europea de Ursula Von der Leyen solo hay apaciguamiento, justificación y sumisión, estrategias que la historia demostró dónde conducen. La comunidad internacional debe intervenir con sanciones y un bloqueo internacional sobre este régimen que secuestra, asesina y viola toda legalidad internacional. Porque así comenzó el nazismo en Europa.
No es solo que la administración Trump se haya convertido en un peligro para el mundo. Es que es un polvorín de dinamita para la seguridad internacional, que puede suponer una escalada que nos conduzca a una tercera guerra mundial. Si la “comunidad internacional” no sale de su sumisión o de su silencio, para detener a tiempo la agresión a Venezuela y restaurar el derecho internacional, esto se convertiría en un precedente estratégico, una demostración de que la presión económica y, si es necesario, la agresión militar pueden utilizarse para dar golpes de estado con el fin de reestructurar estados soberanos y realinear el equilibrio global de poder.
Lo que pasa en Venezuela no se quedará en América Latina. Determinará el futuro del control energético y de recursos a nivel mundial, el futuro de los límites del poder imperial estadounidense en franca agonía, que dando sus últimos coletazos estará dispuesto a arrojarnos a una guerra de devastación total (como dijo Trump: “después de mí, el diluvio”) y el futuro de la dirección de una confrontación geopolítica mucho más allá de Venezuela. Si esta agresión queda impune el mensaje es claro: se puede secuestrar al presidente de otro país, bombardear su territorio y decidir su futuro político si ese país no tiene el poder militar suficiente frente a EEUU. Este precedente amenaza a cualquier país que no se alinee con los intereses de las multinacionales y el gobierno de turno de Estados Unidos.
Educación, antifascismo y responsabilidad democrática ante la barbarie
La comunidad educativa no puede permanecer ajena a la barbarie. Ni a la barbarie planetaria del cambio climático, ni a la barbarie económica de la explotación social, la injusticia estructural y el saqueo internacional, pero tampoco a la barbarie social e ideológica que supone este neofascismo que ha culminado actualmente en el genocidio palestino y que ahora se extiende a Venezuela y que avanzará inexorablemente si no conseguimos evitar su progresiva “normalización” por una parte de la sociedad. Callar hoy ante este crimen internacional es legitimar la ley del más fuerte. Y aceptar esa lógica es aceptar y enseñar a normalizar un mundo más violento, más inestable y más injusto.
Debemos actuar. Desde todos los ámbitos, antes de que se expanda aún más esta peste, como diría Camus, esta enfermedad del neofascismo que cuenta con la capacidad de destruir la democracia en nombre de la democracia. Desde la educación también. Debemos educar en una ciudadanía consciente, crítica y comprometida con los derechos humanos, y el bien común, desde una pedagogía claramente antifascista. Porque no se puede ser demócrata sin ser antifascista.


