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La escuela de hoy no es la misma que la que vivió en su infancia gran parte del profesorado que actualmente se encuentra en las aulas. Muy probablemente, mientras lees estas líneas, estés pensando que los cambios no solo afectan al ámbito educativo, sino a la vida en general, cada vez más rápida, compleja y cambiante. Y tienes razón.
Sin embargo, en este breve espacio me gustaría que pusiéramos el foco en lo que sucede dentro de las aulas, en la cotidianidad de su devenir diario. Son muchas las horas que alumnado y profesorado comparten espacio, experiencias y situaciones de aprendizaje. Situaciones que no solo buscan el desarrollo integral del alumnado, sino que también exigen a las y los docentes un aprendizaje continuo y una constante revisión de su práctica profesional.
En esa multiplicidad de situaciones se encuentran las innumerables propuestas de tareas y actividades que cualquier docente plantea a sus estudiantes. Propuestas que persiguen unos objetivos de aprendizaje y que, sin embargo, no responden todas al mismo enfoque. Algunas actividades son más convencionales; otras, en cambio, se aproximan a un planteamiento competencial. Y aquí surge la gran pregunta: ¿qué es lo que hace que una actividad sea convencional o competencial?
Diseñar desde el aprendizaje
Con la entrada en vigor de la LOMLOE, y más allá de las numerosas dudas que se generaron entre el profesorado y en los centros educativos sobre el diseño de situaciones de aprendizaje con un enfoque competencial, se nos abre una puerta que nos invita a una reflexión profunda. Ya no es suficiente con que el alumnado memorice los contenidos y los reproduzca en una prueba escrita. Hoy más que nunca, los y las estudiantes necesitan desarrollar habilidades que les permitan enfrentarse a situaciones reales, resolver problemas complejos y adaptarse a un mundo que se encuentra en constante transformación. En este contexto cobra especial relevancia el aprendizaje competencial, un enfoque que pone el acento en lo que el alumnado es capaz de hacer con lo que sabe.
Esto no significa que los saberes básicos pierdan importancia, pero el objetivo de su aprendizaje cambia. El planteamiento competencial frente al convencional invita al profesorado al desarrollo de propuestas educativas donde los contenidos se conviertan en el medio, es decir, que se aprendan para poderse aplicar, que se aprenda para algo, con un propósito concreto, ya sea resolver un problema, tomar decisiones, crear productos que tengan un sentido ogenerar nuevos conocimientos.
Además, el enfoque competencial nos obliga a seleccionar los saberes priorizando la profundidad frente a la acumulación superficial de contenidos. Esto significa el fin de los currículos sobrecargados, una perturbación menos asociada a los tiempos con los que cuenta la escuela…
Actividades convencionales y actividades competenciales: ¿en qué se diferencian?
Pero para poder diferenciar cuando preparamos una actividad para el aula, es importante que nos preguntemos lo siguiente: ¿qué quiero que mi alumnado sea capaz de hacer con lo que va a aprender? Esta pregunta es clave porque de la respuesta surge, casi siempre, la diferencia entre una actividad convencional y una actividad competencial.
En una actividad convencional de aula, el foco suele estar en el saber básico. “Yo explico un concepto, el alumnado lo practica siguiendo un modelo y, finalmente, lo evalúo comprobando si lo reproduce correctamente”. Son tareas habituales responder preguntas del libro, completar ejercicios cerrados, memorizar definiciones o aplicar una fórmula en un contexto muy guiado. Estas actividades tienen su sentido, y no se trata de denostarlas, pero normalmente se quedan en el “saber” o, como mucho, en el “saber hacer de forma mecánica”.
En cambio, cuando se diseña una actividad competencial, cambia el punto de partida. No empiezo preguntándome “¿qué tema toca ahora?”, sino “¿qué reto, situación o problema real puede ser afrontado o resuelto gracias a estos aprendizajes?”. Aquí el contenido no desaparece, pero se convierte en una herramienta que está al servicio de una tarea más compleja. Esto implica que el alumnado debe movilizar conocimientos, habilidades, actitudes y valores para dar una respuesta propia, tomar decisiones, justificar procesos o crear un producto con significado.
Otra diferencia importante está en el papel del alumnado. En la actividad convencional suele adoptar un rol más bien pasivo: sigue instrucciones, aplica pasos ya conocidos y busca una respuesta correcta que suele estar más dirigida hacia el profesorado. En la actividad competencial, en cambio, el alumnado es protagonista: analiza la situación, plantea hipótesis, colabora, se equivoca, revisa y reflexiona sobre lo que ha aprendido y cómo lo ha aprendido, tanto de manera individual como entre iguales.
También cambia la evaluación. En una actividad convencional, evalúo principalmente el resultado final. En una actividad competencial, observo y valoro el proceso, la transferencia de lo aprendido a contextos nuevos, la capacidad de argumentar, de trabajar en equipo o de comunicar conclusiones. La evaluación se vuelve más formativa y formadora.
Preparar para aprender y para vivir
En definitiva, no se trata de elegir entre una u otra porque en la práctica docente podemos valorar ambas. Sin embargo, es importante que consideremos cuál es la realidad del alumnado, qué objetivos de aprendizaje me propongo que alcancen, cómo voy a motivarles en este proceso y qué barreras y qué facilitadores tengo para hacer funcional y accesible su aprendizaje.
Una vez que tengamos esto claro, podemos considerar que las actividades convencionales pueden ser un punto de partida, pero son las actividades competenciales las que realmente prepararán al alumnado para enfrentarse a situaciones reales, conectar aprendizajes y hacerse responsable de su propio proceso y desarrollo de los aprendizajes.

