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Raquel Elá nació en Añisok, una población de Guinea Ecuatorial. A los dos años se fue con su familia a Fuerteventura. Su padre era militar en la Legión y en la isla canaria coincidieron con gente de muchos países. Llegó a Barcelona cuando ya tenía 12 años, después de que sus padres se separaran y su madre pusiera rumbo a Cataluña con Raquel y sus dos hermanos.
¿Cómo recuerdas la llegada aquí? ¿Os sentisteis solos?
Aquí ya había una comunidad de guineanos y, para nosotros, los africanos, la familia es muy amplia: lo es tanto una hermana como una prima segunda o alguien del mismo lugar que tú.
¿Qué querías ser de mayor?
Quería ser azafata de vuelo y después quise estudiar criminología, pero llegado el momento de decidir de verdad, recordé cómo me ayudaron los profesores el último año, en COU. Me quedaban las matemáticas y los profesores me ayudaron. Y mira, ahora hace diecinueve años que enseño matemáticas y creo que, de todo lo que doy, es lo que mejor explico, y lo hago de diferentes maneras para llegar al mismo sitio.

¿Qué lengua hablabais en casa?
Mi madre me hablaba en castellano y no en fang, que es la lengua de nuestra etnia. El fang solo lo utilizaba para regañarnos. Y, como no aprendimos nuestra lengua nativa, cuando venía nuestra abuela teníamos que comunicarnos con ella mediante gestos. Yo no lo entendía, porque igual que me decían que era bueno hablar catalán porque es la cultura de aquí para echar raíces, yo también habría querido aprender el fang. Saber siempre suma. Pero no me lo enseñaron. Recuerdo que me iba de vacaciones con mis primas a Andalucía y siempre nos salía el catalán, porque era una manera de mostrar la lengua de donde veníamos.
¿Y nunca quisiste aprender fang por tu cuenta?
Sí, cuando nació mi primera hija, hace quince años, me compré un libro para estudiarlo y enseñárselo a ella. Pero mi hija se siente catalana y su padre es catalán. Yo le decía a mi madre que le hablara siempre en fang y yo también quería hacerlo, no solo para regañarla en fang, pero no lo aprendí. Aún guardo el libro.
«Siempre, cuando empiezo en alguna escuela, me confunden con la madre de alguien, porque me parezco o piensan que soy la mujer de la limpieza. Ya me he acostumbrado»
¿Cuál fue tu primer destino como maestra?
La primera escuela donde estuve fue en Torre Baró y me encantó. Aquello es la periferia de la ciudad, donde hay mucha diversidad, que para mí no era nada nuevo. Fui por quince días y después me salió una vacante. Mi aspecto me hizo vivir algunas anécdotas. Una amiga siempre recuerda que, antes de conocerme, preguntó de qué alumno era madre. Pero esto me pasa siempre cuando empiezo en alguna escuela: me confunden con la madre de alguien o también piensan que soy la mujer de la limpieza. Ya me he acostumbrado.
En los claustros no debes haber encontrado muchos profesores negros, ¿no?
En general, docentes hay, pero no somos muchos. Y en los claustros lo que me he encontrado es que, siendo minoría entre unas cincuenta personas, según qué temas se tratan sobre el alumnado —que hoy es de orígenes muy diversos—, quizá lo que yo digo solo recibe el apoyo de cuatro personas y mucha gente se queda callada. Porque hay ciertos temas en los que se tiende a generalizar, como por ejemplo que el bajo nivel del alumnado se debe a su origen. Y yo he visto que en las cinco escuelas en las que he estado tienen el mismo nivel, da igual el origen de las familias. Y eso para mí es muy duro. Y te das cuenta de que los temas nos importan cuando conocemos a alguien a quien le pasa, como en el tema de la salud mental o cuando conocemos a alguien con necesidades especiales; si no, es invisible. En mi familia hay abogados, médicos, enfermeras, policías, una monitora y una DJ, pero la mayoría han hecho estudios superiores. Quizá si alguien lleva un año aquí trabajará en la limpieza de hoteles, por ejemplo, pero la gente que hemos crecido aquí nos hemos formado y tenemos trabajos diversos.

Hablamos mucho de multiculturalidad e interculturalidad, pero los prejuicios continúan.
Muy a menudo, los adultos hablamos delante de los menores como si no estuvieran y no nos importa referirnos a las familias musulmanas con comentarios como que quizá una chica no será tan sumisa o que quizá no tienen normas en casa. La multiculturalidad implica respeto. Yo he llegado a oír el adjetivo “salvaje” para referirse a niños, decir que es como si llegaran de la selva. Un día que había que hacer un trabajo en grupo, una madre me dijo: “Mi hijo no irá a casa de esa gente a hacer el trabajo”. Pero finalmente fue y después la niña le explicó a su madre: “Viven como nosotros”. Esto demuestra que los prejuicios, conociéndose más, se pueden deshacer.
El estigma sobre la diferencia quizá está en los detalles y en la actitud de quien te rodea.
Sí, yo, aunque he crecido aquí, me siento guineana. Quizá si voy a Guinea no lo siento tanto, pero entre mis mejores amigas hay una catalana, dos canarias y el resto son guineanas. Con estas últimas estoy más cómoda, porque te entienden, no tengo que demostrar más que con otras, aunque ahora siento que estoy en una etapa más segura de mí misma. Ya no tengo que demostrar que mi tono de voz es el que es. Pero, como en todo, siempre hay quien te lo pone más fácil, igual que hay escuelas donde hacen más cálido el acompañamiento del niño, con horarios más cómodos y pausas para respirar, porque si no, no tienen momentos de descanso durante la jornada escolar. En cambio, en otras escuelas son más rígidos, y a veces coincide que es donde hay más diversidad cultural. En general, también es porque vivimos en una época de ordenadores e inmediatez.
Escogí ser maestra cuando recordé todo lo que me ayudaron mis profesores
¿En tus clases trabajas con ordenadores?
Sí, pero primero les hago escuchar bien las instrucciones de lo que vamos a hacer antes de coger el ordenador. Para que lean, tienes que buscarles incentivos, felicitarles cuando leen en voz alta, por ejemplo. Y otra cosa que hacemos es el apadrinamiento lector, donde preparan lecturas para alumnos de infantil. Tampoco nos han ayudado tantos cambios de currículo y tantas leyes. Y lo que veo es que cada año nos quejamos, pero acabamos aceptándolo todo.
Pero lo analógico se puede seguir introduciendo en clase.
Sí, pero mira, estos días les hice dibujar un hexágono con compás y hubo quienes lloraron porque no les salía. Y cuando veían que a otros sí les salía —alumnos a los que otras cosas no les salen— no lo entendían. Cosas manuales como esta, en quinto y sexto, a pocos les gustan porque no tienen paciencia. Yo apuesto por una mezcla de metodología, con nuevas tecnologías y lo más tradicional, porque hay niños que no han cogido una libreta en su vida, no escriben.

Tú impartes ahora matemáticas con pensamiento computacional.
Sí, es una propuesta didáctica nueva con la que hacemos, por ejemplo, patrones geométricos y al final de curso los alumnos tendrán que elaborar un mosaico con reglas, compases y papel. Fue una iniciativa que vi en el Portal de centros. Como era para primaria, pensé que podía hacerlo y me presenté. Pasé la entrevista, hice una formación y ahora soy asesora técnica. Es decir, enseño a los alumnos en el aula y, en paralelo, formo a docentes que lo quieren aplicar. Hace muchos años que decimos que las matemáticas van mal y a mí me gusta exprimirlas, busco diferentes maneras de explicarlas. También esta materia me daba la oportunidad de trabajar con escuelas del entorno. Tengo mi plaza definitiva congelada y ahora durante un año estoy en este programa. Al final pediremos la opinión a los alumnos y docentes.
«Creo que hace falta más educación emocional, que los alumnos sepan mostrar más los sentimientos. Claro, con madres y padres que salen de casa a las cinco de la mañana y vuelven a las nueve de la noche, ¿qué educación emocional puede tener una criatura?»
¿Cuál es tu diagnóstico de lo que ves en las aulas?
Creo que hace falta más educación emocional, que los alumnos sepan expresar más sus sentimientos. Claro, con madres y padres que salen de casa a las cinco de la mañana y vuelven a las nueve de la noche, ¿qué educación emocional puede tener una criatura? Pueden querer mucho, pero no tienen tiempo para más, ni siquiera para saber cómo les ha ido el día a sus hijos. Y notas que muchos alumnos tienen algo dentro, y lo aprovechas para trabajar en el aula la relación de equipo, hablar con respeto, aprender que abrazarse no es malo y saber decir palabras bonitas. Todo esto no solo lo deben enseñar los padres, también los profesores.
¿Cómo viven los alumnos tener una profesora negra?
Es curioso porque, en general, muy bien, pero los niños y niñas que también son negros se esconden, sienten vergüenza respecto a los demás porque los compañeros los identifican con la nueva profesora. Yo les doy un tiempo prudencial para que cojan confianza y cuando la tienen, se copian mis peinados afro y ya están mucho más cercanos.
¿Qué mensajes te gusta transmitir en el aula?
Siempre les digo que en el aula nadie es invisible, todos cuentan. Me gusta escucharles a todos y dejarles hablar de lo que quieran. Muchos quieren ser tiktokers, influencers o futbolistas. Y cuando hablamos de personas que vienen de otros países, les explico que quienes hemos venido de fuera nos ayudamos mucho, igual que los españoles en el extranjero. Y eso les cambia la mirada sobre las personas migrantes. Ahora mismo me siento bien conmigo misma y he decidido hacer el curso para poder ser directora. En el balance de todos mis años como maestra, lo más bonito es ver los frutos de este acompañamiento: alumnos que han decidido estudiar, viajar, trabajar, salir adelante. Así es como avanzamos.

