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En algunos centros hay bibliotecas educativas, rincones de lectura sobre pedagogía, evaluación o didáctica que los docentes curiosean. Cada uno elige qué leer y qué conclusión sacar. Hay quien no lee nada y también es legítimo.
Luego están quienes leen en redes, siguen blogs o escuchan atentamente a influencers educativos en Instagram mientras reparten sus correspondientes likes. También ahí cada cual es libre.
También hay cuentas en Internet construidas sobre la provocación que van ganando visibilidad, seguidores e influencia. Ahí no es como cuando decidimos qué libro leer y cuál no en la biblioteca de la sala de profesores. Ahí, le echamos la culpa al algoritmo.
Cómo funciona el algoritmo
En parte, esa explicación es correcta: sabemos que las plataformas están diseñadas para premiar aquello que genera interacción y que el conflicto, la indignación y la bronca circulan mejor que el matiz, la prudencia o la complejidad. Sabemos también que la arquitectura digital favorece estructuralmente a quien más incendia la conversación.
Sin embargo, esa explicación resulta insuficiente, porque el algoritmo no opera en el vacío ni produce efectos por sí solo. Funciona porque millones de usuarios participamos en dinámicas que refuerzan exactamente esa lógica mientras, al mismo tiempo, nos lamentamos de ella.
Hablar constantemente del “algoritmo” tiene, además, una característica psicológica: desplaza el problema hacia un agente abstracto y despersonalizado. El algoritmo no es nadie. No tiene rostro, no tiene voluntad reconocible en la conversación cotidiana, ni exige revisar nuestras propias prácticas. Funciona como tantas otras abstracciones desresponsabilizadoras de la vida pública: “la sociedad”, “el sistema” o “los tiempos que corren”. Categorías que nombran dinámicas reales pero que también pueden operar como cómodos refugios discursivos cuando se utilizan para explicar fenómenos en los que nosotros mismos participamos activamente.
Culpar al algoritmo permite adoptar una posición confortable: el problema estaría en una maquinaria impersonal con mecanismos opacos
Esto es, en buena medida, lo que en psicología se conoce como locus de control externo: la tendencia a situar fuera de uno mismo la causa principal de aquello que ocurre. Culpar al algoritmo permite adoptar una posición confortable: el problema estaría en una maquinaria impersonal con mecanismos opacos sobre los que nada podemos hacer. Esa lectura (que tiene parte de verdad) nos parece que tiene algo tranquilizador, al permitirnos denunciar el ecosistema sin interrogarnos demasiado sobre cómo contribuimos a reproducir discursos tóxicos con nuestras interacciones.
Tomar conciencia
No hablamos aquí de opiniones polémicas ni debates intensos pero legítimos. Hablamos de discursos cuya estrategia diaria consiste en convertir la provocación en método: relatos digitales que viven de la catástrofe escolar permanente, del conflicto, la mentira incendiaria, el insulto calculado o la transgresión constante de límites como forma de posicionamiento. Son discursos reconocibles y, sin embargo, no solo no desaparecen ni quedan relegados a los márgenes, sino que crecen. Ganan seguidores, influencia y estatus de autoridad; se convierten en referencia para miles de personas, condicionan debates públicos y terminan ocupando un espacio clave en la conversación educativa.
La pregunta, por tanto, no es solo por qué el algoritmo los premia, sino también por qué contribuimos a su crecimiento. Sabemos cómo funciona este ecosistema, que comentar aumenta alcance, citar multiplica la difusión y responder dispara la interacción. Sabemos que cada vez que entramos a discutir no estamos simplemente refutando una idea, sino también contribuyendo a que esa publicación circule más, llegue a más personas y gane peso educativo.
Y, aun así, seguimos haciéndolo de manera sistemática, en una conducta que cuesta no calificar de irresponsable. Muchas veces nos convencemos de que estamos “desmontando” un discurso o “señalando” una barbaridad, cuando en realidad lo que hacemos es convertirnos en parte del propio mecanismo que amplifica aquello que denunciamos.
La satisfacción inmediata de responder, marcar posición pública o participar en la polémica suele imponerse a una pregunta estratégica más incómoda: si nuestra intervención está debilitando realmente ese discurso o, por el contrario, ayuda a que siga circulando. Conviene recordarlo: no estamos en una sala de profesores comentando lecturas entre colegas. En el ecosistema digital las reglas de interacción (y de distribución de legitimidad) son otras.
En las redes nos sentamos en la mesa del agitador del barrio a discutir con él a gritos delante de todo el mundo
En redes sociales hacemos con frecuencia algo que difícilmente haríamos en la vida offline: sentarnos en la mesa del agitador del barrio a discutir con él a gritos delante de todo el mundo. Volvemos a la metáfora de nuestros centros: no ocurre en esas bibliotecas educativas.
Al hacerlo, ya no son solo seguidores quienes escuchan; también se detienen quienes pasan cerca, atraídos por el espectáculo. Eso es precisamente lo que ocurre cada vez que convertimos a ciertos perfiles en el centro de la conversación pública digital. Aunque la interacción sea crítica o queramos desmontar un bulo, el efecto agregado muchas veces es el mismo: reforzar su centralidad.
Interacción o no, he ahí la cuestión
En el ecosistema digital la interacción no es neutra. Dar “me gusta”, citar, comentar, responder o compartir son formas de otorgar visibilidad, relevancia y legitimidad. En un entorno donde la notoriedad funciona como indicador de importancia, estar constantemente en el centro de la conversación ya implica una forma de reconocimiento público. Las plataformas no premian el rigor, sino lo que genera conflicto y movimiento.
Es ingenuo pensar que podemos convertir de forma recurrente a determinadas narrativas en objeto central de conversación sin contribuir simultáneamente a su consolidación pública. Después llega el desconcierto y nos preguntamos cómo ciertas posiciones logran influencia, cómo determinados perfiles provocadores se convierten en líderes de opinión o por qué algunas voces dominan la conversación pública digital. Y, una vez más, la respuesta habitual se formula en abstracto: “Culpa del algoritmo”.
Insistimos: es cierto, pero poner el foco únicamente en esa explicación solo captura una parte del problema. La otra parte, más incómoda (ese lado “sombra” que preferimos no mirar, del que hablaba Jung), es que esos discursos proliferan y adquieren relevancia porque entre todos hemos contribuido a colocarlos en el centro del espacio público digital.
Hemos reaccionado a provocaciones, las hemos citado para criticarlas, las hemos compartido para denunciarlas y, en ese proceso, les damos exactamente aquello que necesitan para crecer: visibilidad sostenida. Por el contrario, si cada vez que estos perfiles dijeran una barbaridad perdieran montones de seguidores, dejaban ipso facto de decirlas. Pero ahí continuamos, siguiéndolos, difundiendo sus mensajes, en una especie de infantilismo casi irresponsable al entender el debate democrático.
Respetables son las personas y su derecho a expresarse; las opiniones, en cambio, deben ganarse su legitimidad
A todo esto se añade que han conseguido inocular una idea moral de que bloquear, silenciar o ignorar determinadas cuentas sería una forma de cobardía intelectual , como si no responder equivaliera necesariamente a ceder terreno o a abandonar el debate público. Muy relacionada con la falacia de que el debate democrático auténtico consiste en escuchar todas las opiniones, porque todas las opiniones son respetables. Pero no: no todas las opiniones son respetables. Respetables son las personas y su derecho a expresarse; las opiniones, en cambio, deben ganarse su legitimidad en el debate público. Hay opiniones racistas, xenófobas, clasistas… o sencillamente delirantes.
Esta visión, como decimos, parte muchas veces de una comprensión ingenua del medio en el que intervenimos. Como afirmaba McLuhan, el medio nunca es neutro: condiciona la forma en que los mensajes circulan, se reciben y producen efectos. No todos los espacios comunicativos funcionan igual y no toda confrontación produce el mismo resultado. En un ecosistema diseñado para premiar la fricción, muchas formas de confrontación refuerzan aquello que pretenden combatir.
Nada de esto significa absolver a las plataformas y al algoritmo de su responsabilidad. La tienen, y mucha. Su arquitectura está diseñada para premiar estructuralmente aquello que más fricción genera. Pero mientras toda la crítica se dirija al algoritmo, seguiremos evitando una pregunta incómoda: qué parte de responsabilidad tenemos los usuarios.
Así que algún día tendremos que hablar seriamente no solo de cómo funcionan los algoritmos, sino también de nuestra responsabilidad individual y colectiva en haber legitimado, amplificado y convertido en referentes a discursos educativos que han hecho de la crispación una estrategia de crecimiento. Mientras no asumamos esa parte del problema y no nos tomemos en serio el ejercicio responsable de nuestras interacciones para sanear el debate educativo, seguiremos atrapados en una contradicción evidente: lamentar públicamente el estado de las redes mientras contribuimos diariamente a reproducirlo.

