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En una escuela de Oruro, en Bolivia, un grupo de estudiantes trabaja con cerámica ancestral y tecnología para reflexionar sobre el impacto de la actividad minera en su comunidad. En otros centros educativos de zonas rurales de Paraguay y México, el aprendizaje adopta la forma de emprendimiento, liderazgo juvenil o sostenibilidad ambiental. Son propuestas que enseñan a mirar el entorno, a reconocer problemas comunes y a comprender que la educación tiene mucho que ver con la vida que compartimos.
Estas experiencias dicen mucho sobre lo que a veces olvidamos cuando hablamos de innovación educativa. Mientras debatimos en seminarios, congresos y foros especializados, hay escuelas en Iberoamérica que ya muestran, en la práctica, que innovar también significa aprender a cuidar lo común, comprender el propio entorno y participar en la vida colectiva. No como un discurso añadido, sino como parte misma de la experiencia educativa.
En un momento en que vuelve a cobrar fuerza el debate sobre el papel de la escuela en la vida democrática, conviene detenerse en este tipo de prácticas. No porque ofrezcan respuestas cerradas, sino porque recuerdan algo esencial: la relación entre educación y democracia no se sostiene solo en los contenidos que se enseñan, sino también en las experiencias que la escuela hace posibles.
La educación, más que una suma de metodologías o recursos, es un acto profundamente humano. Es el puente entre lo que somos y lo que aspiramos a ser como sociedad. No se trata de una idea nueva. Las grandes transformaciones educativas han estado ligadas a proyectos de cambio social. Los movimientos de alfabetización en América Latina o las pedagogías críticas recuerdan que enseñar nunca fue una tarea neutral, sino una forma de entender la realidad, ponerle nombre y actuar sobre ella. Hoy, en un mundo atravesado por la desigualdad, la polarización y la desinformación, esta mirada sigue siendo imprescindible.
En este contexto se han celebrado en Madrid las I Jornadas sobre educación, innovación y democracia, impulsadas por la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) en colaboración con el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes de España. Bajo el lema “Innovación para construir ciudadanía”, el encuentro ha planteado la necesidad de ir más allá de metodologías o herramientas y preguntarse para qué innovamos y al servicio de qué sociedad.
Pero lo más relevante no está solo en el debate, sino en lo que ya está ocurriendo en muchas escuelas. En el marco de estas jornadas se han entregado los premios “Innovación y ODS en los centros educativos”, que a lo largo de sus cuatro convocatorias han reunido más de 1.000 proyectos procedentes de más de 20 países iberoamericanos. Lejos de ser iniciativas aisladas, reflejan una tendencia creciente. Cada vez más centros están repensando la innovación desde el compromiso con su entorno y con los desafíos de nuestro tiempo.
El proyecto boliviano premiado, Manos de Barro, Corazón de Montaña, convierte el aprendizaje en una forma de leer el territorio, cuidar la memoria y asumir una responsabilidad compartida frente a un problema ambiental. A través del trabajo con cerámica, tecnología y saberes locales, el alumnado analiza el impacto de la minería en su entorno y transforma ese conocimiento en expresión colectiva y acción comunitaria.
En México, el Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario No. 71 de Tlalnepantla ha desarrollado un modelo colaborativo de emprendimiento rural que articula formación técnica, desarrollo comunitario y oportunidades económicas reales para los jóvenes. La innovación, en este caso, no consiste en introducir elementos externos, sino en reorganizar los recursos del propio territorio y ponerlos al servicio del aprendizaje.
Finalmente, el proyecto Hijas del Bosque, del Centro Educativo Mbaracayú en Paraguay, ha sido también reconocido por su capacidad para unir educación rural e indígena, igualdad de género, liderazgo juvenil y sostenibilidad ambiental. Amplía horizontes vitales para muchas jóvenes y refuerza su papel dentro de la comunidad. Junto a estos proyectos, las menciones especiales en Perú, Chile y Uruguay dibujan un mapa de experiencias que, desde la primera infancia, muestran cómo la innovación puede arraigar en contextos muy diversos sin perder su sentido social.
Estas iniciativas no destacan únicamente por su valor pedagógico, sino porque muestran que la escuela puede implicarse en los retos sociales actuales. Lejos de quedar al margen, puede convertirse en un espacio desde el que comprenderlos y actuar. En este contexto, resulta clave seguir impulsando una conversación pública que permita reconocer y poner en valor estas prácticas. No solo para visibilizar el trabajo de muchos centros, sino también para acompañarlo y aprender de él.
Desde las instituciones, las organizaciones y el conjunto de actores implicados tenemos una responsabilidad compartida para darles voz y hacer visible su sentido público. Cuando la educación abre espacios de participación, fortalece vínculos y conecta el aprendizaje con la vida, la innovación deja de ser una etiqueta y se convierte en una práctica con sentido. Y, en ese proceso, no solo transforma la educación, sino que empieza a transformar también la sociedad.

