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La vocación de servicio público unida a la convicción en el proceso educativo como herramienta de transformación social, te lleva de una forma natural a estudiar Magisterio. Si optas, como en mi caso, por la educación primaria (EP), diriges tu formación a una labor docente para alumnado de entre 6 y 12 años. No obstante, dado que en este abanico se incluye la formación de personas adultas (FPA), el destino puede ofrecerte otras vertientes docentes que no imaginabas.
El azar de la bolsa docente de Catalunya puso en mi camino los centros educativos de Justicia Juvenil; centros públicos dependientes de la Conselleria de Justícia que, mediante un convenio específico, son dotados de maestras y maestros por parte de la Conselleria d’Educació, para así conformar las unidades docentes que albergan en sus instalaciones.
Ese azar me ha llevado a estar trabajando con jóvenes entre 14 y 21 años; de hasta 23 años de forma excepcional. Chicas y chicos que, después de otras medidas preventivas, han quedado privados de libertad por orden judicial.
Estos centros albergan jóvenes con todo tipo de expedientes judiciales y penales. Es por ello que la formación específica que recibimos en este tipo de centros es de crucial importancia y nos da los recursos necesarios para garantizar que nuestro trabajo sea el adecuado, tanto para el alumnado como para el conjunto del claustro.
El hecho de ofrecer un itinerario formativo dirigido a este perfil de alumnado y formar parte de él nos sitúa, como docentes, en una labor que trasciende lo pedagógico y didáctico, al contribuir también a una finalidad social compartida con profesionales de distintos sectores. Aquí se eleva la finalidad de la educación como una herramienta de transformación social a su máximo exponente.
Centros de justicia juvenil
Las unidades docentes de esta tipología de centros educativos están ubicadas en el interior de un complejo mayor, que alberga oficinas, módulos, cocina, lavandería, enfermería, etc. Se trata, en definitiva, de un centro penitenciario para menores de edad.
La escritora Care Santos, en su libro Mentira, -el primero de una saga muy presente en nuestros planes lectores-, te acerca de alguna manera a los entresijos de un centro educativo de justicia juvenil: «Que lo llamen como quieran, pero eso es una prisión. Se sabe porque las ventanas no se pueden abrir, los cristales son muy gruesos y están atornillados a los marcos de las ventanas. Las puertas son de acero y no las puedes abrir cuando quieras. Tienen doble cerradura y un pasador por fuera. Por la noche nos cierran en nuestras habitaciones. El patio está envuelto de vallas muy altas y rematadas con pinchos. En cada puerta hay dos guardias de seguridad, que nos vigilan noche y día. No hay un solo pasillo ni un solo rincón que no esté controlado por una cámara. Aquí te graban desde que te levantas hasta que te vas a dormir. Y si te portas mal, los de seguridad lo ven y corren a avisar. ¿Verdad que no te irías de vacaciones a un sitio así? Yo tampoco».
Vemos pues, que no se trata de un centro sencillo ni para profesionales, ni para las personas internadas, ni siquiera para las familias que quedan fuera. Las puertas se cierran a tu paso cuando caminas por los pasillos.
La inmensa mayoría de profesionales -donde también estamos incluidos los docentes-, lleva un walkie talkie para cualquier comunicación y emergencia. El alumnado pasa por un arco de seguridad, detector de metales, antes de entrar en el aula, nada más salir de ella o simplemente para ir y volver al aseo. También se debe ser consciente que ese alumnado no se ha matriculado voluntariamente en clase, está ahí como consecuencia de unos hechos y por decisión judicial, con todo lo que ello implica.
Los centros educativos de justicia juvenil en Catalunya son de titularidad de la Conselleria de Justicia y, como he mencionado anteriormente, es la de Educación la que dota del personal docente que allí trabajamos, mediante el oportuno acuerdo de colaboración.
Garantizar la escolarización obligatoria
Los centros, además de disponer de diferentes opciones de formación laboral, como Mantenimiento, Jardinería, Cocina y otros, ofrecen un itinerario de educación reglada en el que entra el personal educativo. Que se garantice la no interrupción de la escolarización obligatoria y además se ofrezca la oportunidad de adquirir formación no obligatoria, es un modelo ejemplar que debería servir de inspiración para el resto de autonomías que no dispongan de algo similar.
A grandes rasgos, las y los jóvenes entre 14 y 16 años cursan la educación secundaria obligatoria (ESO) conservando la matrícula en su centro educativo anterior al internamiento. Las chicas y los chicos entre 17 y 21 años tienen la opción de cursar el graduado de educación secundaria (GES) para personas adultas. En su caso tienen un centro de formación de personas adultas (CFA) como referente.
En el ámbito estrictamente educativo, resulta de especial importancia que los jóvenes tengan esta oportunidad. Gracias a este modelo, además de garantizar la escolarización se fomenta el mero hecho de retomar los estudios que, en muchos casos, habían abandonado antes de tiempo.
Gracias a este modelo, pueden finalizar sus estudios si el internamiento es muy largo o, para internamientos más breves, no descolgarse de su itinerario y que este impasse en sus vidas no suponga, también, abandono escolar; hecho que sólo agravaría muchas situaciones.
Tener la ESO
La oportunidad de obtener el título acreditativo de educación secundaria les abre muchas puertas: trabajos con mejores condiciones, inscribirse en cursos de formación específica en los que el graduado es obligatorio e, incluso, acceder a ciclos formativos. Otros casos se orientan hacia programas de formación e inserción (PFI) con una base formativa sólida.
Huelga decir que el hecho de participar en la vida lectiva les aporta mejores habilidades sociales, les hace más cuidadosos en todos los aspectos, más corresponsables y más dueños de su vida.
El hecho de integrar la enseñanza pública en este tipo de centros, contribuye a que todas y todos estos jóvenes sean personas más completas, lo que supone un beneficio personal y social. Se trata de concebir la educación como parte de la solución. Desde mi humilde experiencia, es un gran acierto.
El papel docente
Al igual que el resto de profesionales que intervienen en este proceso, el personal docente ejercemos como tal, como maestras y maestros, nada más. Sus delitos ya han tenido consecuencias, medidas judiciales, privación de libertad.
Nuestro papel docente forma parte del itinerario de cada persona internada. Esto contribuye, desde las aulas, a construir planes de vida; ahí situamos la propuesta educativa como un eje vertebrador.
Resulta admirable que un convenio de colaboración entre Justicia y Educación repercuta de una forma tan positiva. Apostar por la enseñanza es, sin duda, la mejor decisión.
La educación ha sido, es y será de vital importancia para elegir un nuevo camino
He visto decenas de casos de éxito. Chicos y chicas a quienes su realidad vital, sus condiciones materiales de vida, les arrebataron las oportunidades que otros sí hemos tenido. Y por contextos horribles que no le desearía a nadie, sean familiares o sociales, desembocaron por los derroteros de la delincuencia; sin que una cosa justifique la otra, pero es necesario conocer toda la realidad.
De la misma manera que existen otros tantos casos de delincuencia gratuita que, como debe ser, han tenido la consecuencia oportuna. Y tanto en un caso como en el otro, el papel de la educación ha sido, es y será de vital importancia para elegir un nuevo camino.
Una vertiente compleja
Honestamente, al formarme para la primaria, me ubicaba entre alumnado de 6 a 12 años, aunque siempre tuve presente la FPA. Pero esto es otra cosa, algo que me llegó de forma inesperada y que, con toda su dureza, lo considero algo necesario para el alumnado y para la sociedad. Convierte mi labor den algo extraordinariamente reconfortante.
No obstante, es una vertiente docente nada sencilla. De la misma manera que no es lo mismo trabajar en un centro ordinario que uno de educación especial, o un centro rural que uno de máxima complejidad. Como no es lo mismo trabajar con 2º de primaria que en un centro de formación para personas adultas con alumnado de franjas de edad muy diferentes. Ni qué decir de las aulas hospitalarias o la atención domiciliaria. En consonancia, trabajar aquí tiene sus particularidades. He conocido a personas que, después de breves sustituciones, han desmarcado la casilla al no poder “trabajar en un clima de tensión y violencia permanente”.
Pese a todo, estamos ante un modelo de Justicia Juvenil que no se limita exclusivamente a la parte punitiva. Chavalas y chavales que, con todos sus errores y todas las dificultades, tienen la oportunidad de formarse y crecer como personas, para rehacer su camino y ser parte activa que aporta al conjunto de la sociedad, siendo la educación una herramienta clave.
Ante este escenario, hago dos reflexiones:
- Catalunya debe seguir apostando y reforzando este modelo, que lleva décadas de funcionamiento exitoso. Lejos de cualquier atisbo de recorte o retroceso, el convenio entre ambos departamentos debe ampliarse para consolidar lo existente y crear nuevas figuras en base a las necesidades de los centros.
- Otras comunidades autónomas deben explorar y conocer este modelo, inspirarse en él y extrapolar su esencia, adaptándose a la coyuntura de cada territorio, pero teniendo claro que integrar un eje educativo en este perfil, no puede suponer otra cosa más que beneficios comunes: para las personas internadas, para las familias, para el cuerpo docente y para el conjunto de la sociedad.
Tras un periodo de internamiento en el que se han asumido las consecuencias legales de hechos delictivos, existen dos opciones: reincidir o reiniciar. Aquí el itinerario educativo juega un papel decisivo para que la opción sea reiniciar, ampliar la formación, acceder a empleos, disponer de recursos personales ante la vida. ¿No es eso un beneficio colectivo?
Cuando el azar de la bolsa docente catalana puso en mi camino esta vertiente educativa que no esperaba, me situó ante un mundo desconocido para mi hasta ese momento. Un mundo sobre el que ahora estoy en condiciones de afirmar que, pese a las numerosas dificultades y complicaciones que comporta, requiere de toda la atención de las instituciones públicas. Apostar por más y mejores modelos educativos es siempre apostar por el presente y el futuro de un país.

