Somos una Fundación que ejercemos el periodismo en abierto, sin muros de pago. Pero no podemos hacerlo solos, como explicamos en este editorial.
¡Clica aquí y ayúdanos!
Pasamos horas deslizando el dedo por la pantalla de nuestro móvil, consumiendo píldoras de manera infinita. De pronto, nos detenemos. Una infografía, con una paleta de colores atractiva y una tipografía llamativa, que no siempre accesible, nos explica los misterios de la física cuántica o el último avance médico. El post acumula miles de “me gusta” y se comparte con ligereza y alegría. Parece riguroso, parece ciencia. Pero, si rascamos un poco, a menudo no hay nada más.
Vivimos en una época de divulgación impostada
Si las redes sociales ya eran terreno abonado para la divulgación negligente, la irrupción de la inteligencia artificial ha elevado la amenaza a otra categoría. El riesgo ya no se limita a la proliferación de perfiles desinformados que opinan sin saber o que comparten bulos, problemas que arrastramos desde hace años.
En la actualidad, la IA maquilla la ignorancia para que parezca conocimiento profundo. Hemos pasado de la democratización del acceso a la información a la automatización y validación del intrusismo. El proceso se ha industrializado. El autodenominado como “divulgador”, que en realidad es un mero “recreador” que se hace pasar por lo que no es, solo necesita un hilo de X, un vídeo de YouTube de diez minutos o, peor aún, un PDF que jamás ha llegado a leer.
Toda esa información, a menudo ya viciada porque el “autor” carece de criterio para escogerla, se vuelca directamente en herramientas como NotebookLM u otras inteligencias artificiales generativas. Un par de prompts después, tenemos un guion o una infografía lista para publicar.
El problema es evidente: cuando la materia prima ya no es buena ni está contrastada, cuando tú no eres experto en los temas sobre los que dices estar divulgando, el resultado es solo un envoltorio vistoso para un contenido como mínimo defectuoso y, en muchos casos, dependiendo del área, también peligroso.
Ignorancia en manos de un algoritmo
Oraciones que suenan sofisticadas pero carecen de sentido, conceptos desactualizados y terminología médica o técnica metida con calzador en contextos que rozan el absurdo. La IA hace su trabajo, que es juntar palabras de forma probabilística; el “recreador”, al no dominar la materia, es incapaz de detectar fallos o disparates.
Vaya por delante que este no es un alegato contra la inteligencia artificial. Se trata de una herramienta útil siempre y cuando se use como un espejo de tu conocimiento y no como un disfraz de lo que careces. Es perfectamente lícito emplear un modelo de lenguaje para resumir un artículo propio, para buscar metáforas más sencillas que expliquen un concepto que dominas, o para que actúe como un tutor que te ayude a desgranar un paper ajeno especialmente denso.
En esos casos, tú te mantienes el volante; la IA es nuestro copiloto. El problema surge cuando dejamos que conduzca el coche una máquina que no sabe a dónde va, guiado por un pasajero que no es capaz de interpretar el mapa. Divulgar investigaciones de terceros que tú mismo no entiendes solamente es dar vueltas a la misma rotonda una y otra vez entorpeciendo el tráfico; esto es, dificultando que la verdadera divulgación tenga lugar y pudiendo llegar a originar accidentes graves, por continuar con la metáfora.
Trasparencia de cara a la galería
Y no nos equivoquemos: declarar el uso de la inteligencia artificial en una publicación no es un acto de honestidad gratuito. Poner un aviso a pie de página que rece “contenido generado con IA” se ha convertido en una especie de escudo ético, una declaración de transparencia que pretende eximir de responsabilidades. Un “lavarse las manos” de manual.
Con aviso o sin él, la realidad subyacente no cambia: estamos ante personas que comparten materiales sobre disciplinas que desconocen. Tanto si se confiesa el uso como si se oculta, el problema de fondo sigue siendo exactamente el mismo: se está difundiendo información sin ser experto en determinada temática. ¿Cómo puedes saber si el contenido generado es correcto si tú no dominas el área?
Pararse a pensar es el mayor acto de rebeldía digital
Sin embargo, parte de la culpa de este fenómeno no está en quienes generan estos contenidos vacíos, sino en quienes los consumimos. Asombra, y asusta, comprobar la alarmante falta de espíritu crítico con la que compramos estos productos.
Rara vez comprobamos la fuente original, revisamos las características del perfil “divulgador” o cuestionamos la lógica de lo que estamos leyendo. Nos hemos vuelto unos “perezosos intelectuales”: si una publicación valida lo que ya pensamos, tiene un tono asertivo y un aspecto profesional, le otorgamos el sello de verdad indiscutible.
Por todo esto, el mayor acto de rebeldía digital hoy en día consiste en pararnos a pensar y a reflexionar antes de darle a “compartir”, a “guardar” o a “comentar”. Romper estas dinámicas exige madurez como usuarios y usuarias. Debemos recuperar un escepticismo saludable, una distancia que nos empuje a juzgar el contenido por su rigor y no por la forma en la que se nos presenta.
Comunicar la ciencia es un ejercicio de responsabilidad
Al premiar el ritmo frenético y la estética, estamos arrinconando a esa persona que es investigadora o profesional, la que tarda una semana en escribir un hilo porque contrasta fuentes. A la divulgadora y al divulgador legítimos les resultas imposible competir en volumen con un perfil que genera diez infografías diarias automatizadas con NotebookLM.
Confundimos cantidad con calidad. Estamos sustituyendo a los expertos por charlatanes de feria sin la formación necesaria para abordar los temas de los que tratan. Volvemos a juntarnos en las plazas de los pueblos para que nos vendan ungüentos o jarabes milagrosos.
Comunicar la ciencia o la cultura es un acto de generosidad, pero por encima de todo es un ejercicio de gran responsabilidad. Exige la humildad intelectual de saber decir “de esto no hablo porque no sé lo suficiente”, tanto en redes sociales, como en conferencias o cursos.
La divulgación no debe convertirse en un mero negocio. Quien lo hace de este modo, tiene otros objetivos que distan mucho de esa finalidad altruista. Quiere crecer, hacerse viral, sea como sea.
El impacto de esta divulgación automatizada no es inocuo
Como adelantábamos, no estamos hablando de un debate abstracto sobre cuestiones menores. Cuando este fenómeno se traslada a disciplinas como la salud, la nutrición, la psicología o la educación, las consecuencias dejan de ser anecdóticas para volverse potencialmente dañinas.
Las redes están inundadas de infografías y vídeos sobre “cómo sanar el trauma en tres pasos”, “los cinco alimentos que inflaman tu cerebro”, “puntos clave para diagnosticar el autismo” o “el neurométodo definitivo para aprobar las oposiciones”. Es un escaparate vistoso en el que, desgraciadamente, casi nunca hay profesionales de la psicología, la nutrición o la docencia respaldando los datos. Lo que hay es un prompt que ha procesado tres vídeos de autoayuda, un hilo de X o las exitosas publicaciones de terceros en cualquier red social.
Jugar a los médicos o a los terapeutas con plantillas prefabricadas y resúmenes de inteligencia artificial es de una irresponsabilidad mayúscula. El peligro real es que un usuario, en un momento de vulnerabilidad, puede tomar decisiones importantes en su vida basadas en un contenido cuyo “creador” no sabría explicar si se le preguntase en persona; aunque, eso sí, suele atreverse a impartir charlas, cursos o talleres. Va allí donde se le invita. Y vaya si se le invita.
Con este tipo de “divulgación enlatada” no se democratiza el conocimiento, únicamente se entretiene a la audiencia con desinformación vistosamente maquetada. Lo verdaderamente preocupante no es solo la malicia de quien genera estos productos, sino la pasividad con la que los consumimos: nos lo estamos creyendo todo sin cuestionarnos absolutamente nada.

