El capitalismo mata. Tampoco me tachen de pretencioso ni le busquen mayor profundidad, al fin y al cabo se trata de una frase que cabría encontrarse en un baño de instituto de bachillerato, quizá también en alguno de la ESO, a finales de los 90 o durante los primeros 2000.
Lo decía, porque no es casualidad que, tanto la LOGSE como otras leyes similares en países de nuestro entorno, se aprobaran entre las caídas del muro de Berlín y de la Unión Soviética. Al mundo no lo cambió para siempre internet como suele decirse, aunque la irrupción alalimón de la red global junto al desarrollo de la telefonía móvil aceleró de manera imprevisible ese cambio.
Toda transformación social ha de entenderse con arreglo al relevo generacional, por lo que es sobre la forma en que las democracias preparan a su ciudadanía emergente donde habría que poner inicialmente el foco. Ello nos debería permitir determinar si la conmoción social que supuso la aparición de internet no era en realidad una “herida” a la que se antepuso una “venda”, en unas últimas décadas del siglo XX marcadas por unas expectativas de apocalipsis tecnológico para el cambio de milenio a las que habría contribuido la guerra fría.
Fíjense que se trata, en efecto, del mismo período en que los sistemas educativos comienzan a quedar cautivos de organizaciones internacionales de carácter económico, las cuales esperaban agazapadas en un estado de falsa latencia desde hacía alguna década. El caso más flagrante es el de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), que es quien elabora, desde el año 2000, el informe PISA. Si todas las comparaciones son odiosas, las que realiza PISA lo son mucho más, pues, por decirlo sin vacilaciones, permiten someter a los estados desde el arrebatamiento de uno de los ejes fundamentales de su soberanía, la educación, por mucho que suela negársele a la escuela ese rango.
Toda comparación injustificada esconde la afirmación solapada de un modelo: ¿por qué habría de ser adecuado comparar la lectoescritura del japonés (no me obliguen al empleo de la palabrita “competencia”, por favor) con la del polaco o el árabe de Arabia Saudí? No son sólo las diferencias fonéticas o gramaticales, su peso y papel en las esferas pública y privada, o las realidades socioculturales que propician, sino también la forma en que forjan naciones, delimitan élites o determinan la relación entre religión y estado: ¡Ni siquiera tendría demasiado sentido entre dos lenguas hermanas como son el español y el francés!
Los gobiernos van cayendo tarde o temprano, pero PISA sigue ahí como referencia perpetua
Lo hace además como quién no quiere la cosa, pues la gobernanza que impone la OCDE, como subraya con su habitual brillantez Ángel Pérez Gómez, no es oficial sino oficiosa (lo tienen en el Capítulo 2 del libro Educar por competencias ¿qué hay de nuevo?). Y dado que es oficiosa, no asume responsabilidades, pues para eso están los gobiernos haciendo las veces de peones pagafantas, postulándose encantados de la vida como avanzadillas en previsión posible y probable de que luego toque pagar platos rotos: los gobiernos van cayendo tarde o temprano, pero PISA sigue ahí como referencia perpetua.
Jueguen a buscar las coincidencias con lo que sucede con otras organizaciones internacionales encargadas en principio de velar por el bienestar de la gente. Constatarán una rima consonante que afirma machaconamente un régimen económico unívoco que trata de hacerse pasar en todos los ámbitos de la vida social por una especie de segunda naturaleza que dicta, bajo el eufemismo “recomendaciones”, unas reglas naturales que aparecen como ahistóricas, es decir, como condición de partida de una modernidad frente a la que no cabe alternativa. Se insiste en afirmar la validez del modelo, por mucho que un 15 de septiembre se esté a 30 grados en Ginebra (por irme a un ejemplo llamativo).
Y sí, he querido decir que los sometidos son los estados y no los gobiernos, pues la gobernanza oficiosa de la OCDE lógicamente tampoco entiende de legislaturas. Ayuda, desde luego, el carácter cíclico de PISA, que recuerda a gobiernos de distinto signo, no sólo los criterios bajo los que van a ser evaluadas sus políticas educativas, sino también lo que entra en el examen. PISA se asegura así la adhesión de los gobiernos desde el planteamiento subrepticio de una especie de evaluación formativa, lo que ha acarreado como consecuencia que administraciones de distinto signo lo sean cada vez en menor medida. Dicho de otro modo, se da una cada vez mayor homogeneización de las visiones y propuestas para organizar la sociedad del futuro desde el sistema educativo, aun partiendo de posiciones ideológicas con objetivos, de partida, difícilmente conciliables. Y, en efecto, gran parte del problema está en que no es democráticamente saludable que lo sean.
Se da una cada vez mayor homogeneización de las visiones y propuestas para organizar la sociedad del futuro desde el sistema educativo
En España, esta homogeneización, especialmente preocupante al afectar a uno de los pilares de la democracia a partir de posiciones ideológicas polarizadas, que deberían, por tanto, ofrecer proyectos alternativos, aparece disimulada por sucesivas reformas que ponen el acento en matices que, aunque suelen presentarse de manera sobredimensionada más allá de que puedan tener alguna importancia, quedan supeditados a lo fundamental, que es una entusiasta orientación al mercado. Porque, se pongan como se pongan, la igualdad es la razón de ser de todo sistema educativo en una sociedad democrática, y hacer de la escuela un irrebatible puente hacia la colocación es su más clara renuncia.
Viene a colación un debate televisivo, que se me había venido a la mente y que he encontrado sin la menor dificultad, entre el buenazo de Miguel Ángel Rodríguez y el Pablo Iglesias de un Podemos en ciernes, a propósito de la ley Wert. Soportando su visualización hasta el minuto 3 aproximadamente, han vuelto a sorprenderme, no tanto las previsibles majaderías del primero, como que el segundo las tratase de contrarrestar usando en primer lugar una de las recomendaciones de la OCDE como argumento de autoridad, apoyándose en segundo término en una evaluación favorable de PISA. Propone Iglesias un gran pacto de estado a Rodríguez (quien debía parecerle entonces un hombre íntegro y un ejemplo de decoro, seguro que llegó sobrio al plató), cuando lo cierto es que la LOE (2006), la LOMCE (2013) y la [futura en el momento del debate] LOMLOE (2020) ya riman en lo que consideran fundamental: su entusiasmo por satisfacer las generosas demandas del mercado laboral, en una sociedad en la que “el trabajo ha dejado de ser el eje de nuestra identidad” y, sobre todo, hace tiempo que “no evita ni la precariedad ni caer en la exclusión social”.
¿Lo quieren más claro? Hace 20 años la LOE ya incluía entre los objetivos de la educación primaria (¡!) el desarrollo del “espíritu emprendedor”; por su parte, la LOMCE, o ley Wert, dice desde el mismo punto 1 de su preámbulo que “la lógica de esta reforma se basa en la evolución hacia un sistema capaz de encauzar a los estudiantes hacia las trayectorias más adecuadas a sus capacidades, de forma que puedan hacer realidad sus aspiraciones y se conviertan en rutas que faciliten la empleabilidad y estimulen el espíritu emprendedor” (por supuesto, aquí la ausencia del primer elemento —lugar de nacimiento— en la correlación capacidades-aspiraciones, se debe justificar por obvia, aunque se agradece la sinceridad en el uso de “encauzar”); la actual LOMLOE va más allá y con mayor entusiasmo si cabe, incluyendo la “competencia emprendedora” entre sus “competencias clave”.
Así pues, las opciones son dos para una única salida: o se abandona la enseñanza tradicional para adaptar paulatinamente la preparación del alumnado a la degradación del estado social (pues, de lo contrario, se les estaría impulsando a la reivindicación de los derechos que creerían equivocadamente adquiridos una vez se incorporasen al mercado de trabajo), o se les forma para que la búsqueda de soluciones recaiga sobre ellas y ellos. Por supuesto, nos referimos a alumnado normal, de los textos legales se desprende que la igualdad que debe darse es exclusivamente entre pobres y que las élites irán por su lado, reafirmando el compromiso del estado para seguir encauzándolas en el subterfugio de la educación concertada.
Y decía que la salida es única, porque nadie parece contemplar, ni siquiera entre quienes tienen derecho a voto, reformas de calado en el lado que causa los problemas. ¿Para qué tocar los privilegios de nadie, si nuestras niñas y niños tienen todo el tiempo del mundo para aprender a adaptarse a lo que caiga?¿para qué sirve que echen de menos derechos que no habrán de conocer? Lo mejor sin duda es que se dejen de libros y demás patrañas de aquella enseñanza tradicional que, con sus defectos, parecía basada en derechos, y aprendan competitivamente a aprender, a emprender y a reprender a base de Aprendizaje Basado en Problemas, Proyectos, y demás rapsodias, pues ese es el único camino que podría llevarles, con menos escrúpulos que suerte, a la ilusión de forrarse. Sin olvidarnos de perseguir y, llegado el caso, encarcelar, a quien tuvo la ocurrencia aquella de que el “espíritu crítico” se fomentaba desde el conocimiento humanista.

