Somos una Fundación que ejercemos el periodismo en abierto, sin muros de pago. Pero no podemos hacerlo solos, como explicamos en este editorial.
¡Clica aquí y ayúdanos!
En el instituto leímos Utopía de Tomás Moro en la asignatura de Filosofía. Nos explicaron que el término utopía significa “no-lugar” y que Moro lo utilizó para cuestionar la Inglaterra de su época y plantear ideas que, en aquel momento, resultaban novedosas.
Recuerdo que al leer el libro me pareció que aquella utopía podía ser interesante, pero no se parecía en nada a la mía. Entre otras cosas, se suponía que anunciaba el inicio de la modernidad y, sin embargo, yo veía que las mujeres seguían estando subordinadas a sus maridos en ese mundo ideal que planteaba el autor. Así que, tan fantástico no me parecía.
En aquel entonces no tenía las palabras para ponerle nombre a esas ideas que me rondaron por la cabeza, quizás simplemente lo que hice fue tomar conciencia de lo que ahora llamamos patriarcado. Pero, en todo caso, ahora pienso que en esa clase la profesora perdió una buena oportunidad.
Podríamos haber trabajado en el aula investigando sobre el impacto histórico de aquel libro, haber hecho un debate sobre qué es la utopía para cada uno de nosotros, debatir sobre el rol de la mujer en el mundo y en esa época… podríamos haber hecho muchas cosas, pero nos pidieron un resumen del libro para hacer en casa. Recuerdo que algunos lo copiaron de los trabajos de compañeros de cursos anteriores. Hoy, probablemente, lo haríamos con ChatGPT.
Con esto, no trato de cuestionar el valor histórico y filosófico de la obra de Tomás Moro en sí misma, sino de reflexionar sobre la distancia que sentí entre ese ideal que planteaba y mi propia idea de lo que era un mundo justo y bueno.
Pensar en la utopía puede considerarse algo ingenuo, pero nos ofrece un horizonte hacia el que movernos. Seguramente nunca la alcanzaremos, pero, al menos avanzamos en esa dirección.
La cuestión es que creo que las utopías compartidas que teníamos como sociedad se han ido rompiendo últimamente. Cada uno tiene su propia utopía, es cierto, y no quiero pecar de nostálgica, pero sí que creo que había un consenso, un proyecto como sociedad hacia el que ir. Existía, por ejemplo, en torno a la importancia de la ciencia y la esperanza de que resolviera muchos problemas de nuestra vida, o la idea de que el mundo debía ser más justo y que debíamos luchar por eso. Sin embargo, esas utopías comunes, como los derechos humanos, parecen diluirse en distintas partes del mundo.
La idea misma de la educación es, en el fondo, una utopía
No soy ingenua, sé que siempre han existido lugares donde se han pisoteado, pero ahora es especialmente evidente que ya no solo caminamos cada uno con nuestra propia idea del futuro, sino que, además, hay quien no se conforma con eso y pretende imponer la suya anulando la del de al lado. El problema ya no es únicamente la falta de un proyecto común, sino la voluntad clara de algunos de acabar con cualquier futuro que no sea el propio, lo que vuelve todavía más difícil imaginar una utopía compartida.
Y todo esto afecta a la educación. La idea misma de la educación es, en el fondo, una utopía. La educación prepara para un futuro que no conocemos, pero que esperamos que sea mejor. El sistema educativo también sirve para comprender el mundo, para cuestionarlo y, con suerte, para transformarlo. Por eso, cuando desaparecen las utopías compartidas, la educación se vacía de sentido y empieza a funcionar por inercia.
Y de este modo, se enseña para llegar a algún sitio, pero ya no está claro a dónde, ni siquiera nos lo preguntamos porque tenemos que cumplir con el temario. Evaluamos lo que podemos medir, pero ya no nos preguntamos para qué estamos educando. El aula se llena de contradicciones, como cuando se habla de pensamiento crítico, pero penalizamos a los que cuestionan el sistema.
La utopía se ha convertido en un filtro de Instagram
Llega el Día de la Sostenibilidad y todos compramos una camiseta verde para celebrarlo, aunque esa camiseta se haya fabricado sin respetar el medio ambiente. Cumplimos con el gesto y seguimos hacia adelante, sin mirada crítica, sin cuestionar. En el mundo de la prisa, de los resultados cuantificables, de lo superficial, la utopía ha quedado despojada de conflicto y de horizonte. La utopía se ha convertido en un filtro de Instagram.
En 2018, la UNESCO dedicó una de sus publicaciones a este tema a la que tituló La educación: una utopía necesaria. En uno de los artículos, Winand hablaba precisamente de la desconfianza que generan en la educación quienes cuestionan el sistema. Molestan e incomodan. Y, sin embargo, son justo los que dan sentido al sistema. La escuela necesita ser el espacio en el que ensayar otras formas de pensar el mundo. Recuperar la utopía en la educación no es plantear un discurso bonito y rimbombante, es aceptar el conflicto y atreverse a darle la vuelta al sistema, incluso buscar nuevas utopías compartidas. Supone también volver a entender la educación pública como un derecho y no como un privilegio.
Necesitamos formar personas que no solo imaginen utopías, sino que se atrevan a debatirlas y a ponerlas en cuestión. Tal vez perseguir la utopía en educación no consista en ponernos de acuerdo sobre cuál es ese mundo ideal al que aspirar, sino en no renunciar nunca a preguntarnos por cómo debe ser. Es devolverle a la educación su capacidad de formar sujetos críticos y conscientes. Y eso, desde luego, no se consigue pidiendo únicamente un resumen de un libro para hacer en casa.


