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¿Qué valor educativo tiene para un alumno saber que en nombre de la supremacía blanca se han asesinado a millones de personas? ¿O saber que el porcentaje de ocupaciones de vivienda habitual o las denuncias falsas por violencia machista representan un porcentaje estadísticamente irrelevante? Los datos, por sí solos, no emocionan y aquello que no emociona tiene un valor educativo relativo, si lo que pretendemos es transformar la realidad.
Esta es la paradoja a la que nos enfrentamos educadores y educadoras cuando abordamos los discursos de odio: tenemos más información que nunca, pero la información por sí sola no inmuniza contra el prejuicio. El incipiente trabajo sobre los discursos de odio en el aula se está construyendo sobre los pilares tradicionales de la escuela, institución marcada por una tradición positivista fuertemente arraigada, que parte de la creencia de que el conocimiento racional es suficiente para cambiar conciencias. Pero la psicología social y la neurociencia nos dicen lo contrario: los seres humanos no construimos valores únicamente desde la razón; los construimos, sobre todo, desde la emoción y desde el relato.
El sesgo positivista que impregna el trabajo sobre discursos de odio en el aula no es accidental: tiene raíces filosóficas históricas que impregnan una mirada incompleta. Desde la tradición ilustrada, que tanto ha aportado en términos de derechos civiles y pensamiento crítico, se ha tendido a situar la razón en el centro de la naturaleza humana y a tratar todo aquello que le es ajeno como algo alejado del ámbito del saber.
La inmensa mayoría de los seres humanos, a lo largo de toda la historia, en todas las culturas y también hoy, han organizado su vida, sus valores y su identidad no a partir de datos verificables sino a partir de la creencia y la emoción: religión, mito, leyenda o, más recientemente, incluso ideología tienen un papel socialmente estructural. Son miradas profundamente humanas para dar sentido al mundo, construir comunidad y gestionar aquello que la razón no siempre nos explica con claridad: identidad, pertenencia, incertidumbre o el miedo.
Ignorar esta dimensión cuando trabajamos los discursos de odio es un error estratégico. El odio no se propaga a través de argumentos racionales, sino más bien a través de relatos, símbolos y emociones que conectan con los puntos ciegos de la identidad. Combatirlo solo con datos y argumentos es, en cierto modo, responder en un idioma diferente del que habla el prejuicio.
Hay una diferencia fundamental entre explicar las consecuencias empíricas negativas que derivan de la discriminación o escuchar la voz de una chica musulmana que nos explica cómo cada día, al subir al metro, algunas personas cambian de actitud. Por supuesto no son perspectivas contradictorias y ambas son complementarias, pero el poder del relato particular es que puede llegar a despertar la conexión emocional, activando la empatía, verdadero antídoto contra la deshumanización que alimenta el odio.
Los relatos personales o comunitarios tienen potencialidades que las estadísticas no pueden replicar: sitúan al receptor en la piel del otro. Cuando un alumno escucha un testimonio directo, cuando lee una novela que narra la discriminación, cuando ve una película o un documental que pone rostro al otro, se activan mecanismos cognitivos y afectivos que una tabla estadística no podrá replicar. La alteridad deja de ser abstracta para pasar a tener nombre y dejar de serte indiferente. Trabajar los discursos de odio desde el relato y la emoción no significa abandonar el rigor; al contrario. Significa entender que el rigor por sí solo no es suficiente, aunque sea imprescindible.
Abordar el odio en el aula exige crear un clima en el que los alumnos puedan expresar sus miedos, sus prejuicios y sus confusiones sin temor al juicio inmediato. Muchas personas han absorbido discursos discriminatorios desde casa, los grupos de iguales o las redes sociales. Ninguna de estas personas, muy probablemente, actúa como altavoz primario; más bien son repetidores de una internacional reaccionaria que ha impregnado los debates públicos de discusiones que hace unos años nos parecían impensables. Si en la escuela únicamente encuentran confrontación empírica y reproche moral, el trabajo con estas personas se vuelve imposible. Si, en cambio, el aula se convierte en un espacio de confianza donde se les invita a explorar de dónde vienen estos discursos, cómo les hacen sentir o a qué necesidades responden, es posible iniciar un proceso de revisión crítica radical, es decir, que vaya a la raíz de la cuestión.
Detrás de una persona que reproduce un discurso xenófobo o machista a menudo hay ansiedad, sentimiento de desplazamiento o, muy probablemente, incertidumbre material presente y futura. Trabajar el odio desde la emoción significa preguntarse también qué malestares lo alimentan. El reto para los docentes es encontrar el equilibrio, sin renunciar a la información rigurosa, pero sin dejarse seducir por la ilusión —convertida en eslogan por una parte del periodismo— de aquello tan repetido de que “el dato mata al relato”. Hay que construir puentes entre saber y sentir, a través de testimonios directos, de la literatura, del cine o de la música, poniendo también en el centro las experiencias cercanas de los propios alumnos.
Todo ello alejándonos de confundir el trabajo contra los discursos de odio con una especie de adoctrinamiento en el que se presenta un paquete ideológico, sustentado sobre una serie de datos empíricos, que debe aceptarse para ser un “buen ciudadano”. Para que la educación contra el odio sea realmente transformadora tiene que tocar allí donde habita la discriminación —en el miedo, la búsqueda de identidad o la incertidumbre material— y debe hacerlo sin sustituir un dogma por otro. Porque la educación solo puede ser transformadora cuando pretende enseñar a todo el mundo a pensar por sí mismo.

