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A las nueve de la mañana hay días que Beatriz Melero ya lleva una hora y media trabajando. Ha acompañado los desayunos en el horario ampliado, ha recibido a las familias y todavía no ha podido abrir la persiana del aula ni colocar los materiales. Frente a ella, 14 criaturas de entre uno y dos años. Sola.
Marta Traveset trabaja en una escuela del Ayuntamiento de Madrid. Trabaja con pareja educativa y 13 niños y niñas en su grupo. Sabe que eso es un “privilegio en este sector. Aun así, dice que no llega.
Las dos forman parte de PLEI (Plataforma Laboral de Educación Infantil), que ha convocado la primera huelga indefinida en escuelas infantiles de la Comunidad de Madrid. Llevan más de tres semanas en la calle. El Ministerio las ha recibido. El Ayuntamiento también. La Consejería de Educación de la Comunidad, no.
¿Cómo es un día normal en tu aula, Beatriz?
«Imagínate. Tengo 14 criaturas de entre uno y dos años. Algunas vienen con siete u ocho meses. No saben coger una cuchara. A lo mejor en su casa comen en regazo y yo tengo que ponerlas a comer a todas a la vez. O a dormir: hay quien duerme en colecho, en brazos, con caricias. ¿Qué panorama te encuentras?».
El relato de Beatriz tiene una cadencia que mezcla el agotamiento con la precisión clínica de alguien que ha contado esta historia muchas veces porque parece increíble. Trabaja en una escuela de titularidad pública y gestión indirecta de la Comunidad de Madrid, en Parla. Sin pareja educativa. Sin bajada de ratio. Cada cierto tiempo cambia la empresa, subrogan los contratos, pero la línea pedagógica no tiene por qué ser la misma.
«Cuando estoy cambiando un pañal, el resto (de criaturas) está solo en el aula. Se pueden caer, se pueden morder porque les duelen los dientes, están en una edad en la que no saben compartir. Yo estoy en el cambiador y ¿qué hago? ¿Si pasa algo dejo a la criatura sola? ¿Salgo corriendo? Ya te han mordido. Espera, que le pongo el pañal y ya voy. A veces digo: madre mía, parezco el Amazon», por aquello de la gestión de cajas.
La comparación no es casual ni inocente. Es una imagen muy trabajada para explicar algo que, de otro modo, la gente normaliza sin darse cuenta: que los cuidados en la primera infancia se han industrializado hasta convertirse en una cadena de montaje afectiva.
La lotería del código postal
La ratio legal en escuelas infantiles de la Comunidad de Madrid establece un máximo de 20 criaturas por educadora en el grupo de dos a tres años, 14 en el de uno a dos y ocho en el de bebés. Son cifras que, en otros países europeos de referencia en política educativa de primera infancia, resultarían impensables. La recomendación de la UE es de cuatro en 0-1; 6 en 1-2 y 8 en 2-3.
Las condiciones de Traveset son algo mejores. Tras el paso del Ejecutivo de Más Madrid, los pliegos de contratación mejoraron. Pero incluso con pareja educativa, dice, los meses de septiembre son una carrera de obstáculos.
«El periodo de acogida debería ser gradual: que la criatura venga media hora, acompañada por su familia, que se vaya alargando poco a poco. Pero las familias no pueden. Tienen que trabajar. Entonces esa criatura llega el primer día y ya se tiene que quedar. Aprende que tiene que estar ahí, no de la mejor manera. Aprende por resignación».
Se trata de un momento crítico en el que una criatura establece el primer vínculo con su nueva referente, pero no está regulado de forma obligatoria, explica Traveser. Cada escuela lo gestiona como puede. Y la semana previa a la apertura, que sirve para preparar espacios, llamar a las familias y organizar el arranque del curso, tampoco alcanza.
«Una semana no da para llamar a todas las familias, preparar los espacios, programar el primer trimestre…», explica Melero. Y encima, en muchas escuelas de la Comunidad, la jornada empieza a las siete y media con el horario ampliado. Yo entro a los desayunos, a las siete y media, y a las nueve ya tenemos entrada. No he tenido tiempo ni de abrir la persiana».
Lo que describe no es una mala gestión puntual. Es la arquitectura del sistema. La escuela infantil como servicio de conciliación, no como etapa educativa. Un aparcamiento con vocación pedagógica.
«Hay una escuela aquí enfrente», dice Traveset, «y a tres calles hay otra con un modelo completamente diferente. La lotería de saber qué acompañamiento va a tener tu hijo no puede depender de en qué calle vives.»

Educar a través de los cuidados
Hay un momento en la conversación en el que Traveset se detiene para explicar cómo se cambia un pañal. No es un digresión. Es el corazón de todo.
«Nosotras educamos a través de los cuidados. Con ese cambio de pañal vinculas con esa criatura. Hay una forma específica de hacerlo: preguntando, anticipando cada movimiento. Piénsalo como adulto: si estuvieras en un hospital y una enfermera llegara y te limpiara sin decirte nada, como si fueras un objeto. Las criaturas son personas. A través de ese cambio, les vamos nombrando las partes de su cuerpo, porque están construyendo su identidad. No saben qué hay debajo de ese pañal. Todo eso se transmite a través del vínculo».
Eso es lo que se pierde cuando una educadora tiene que cambiar 14 pañales seguidos mirando el reloj. Cuando tiene que dejar a un bebé esperando porque otro ya no puede más. Cuando, como dice Melero, «pareces una fábrica».
«Estamos hablando de criaturas que aprenden por indefensión», insiste Traveset. «Que aprenden que tienen que esperar aunque no entiendan por qué. ¿Qué le pasa al cerebro de un bebé que tiene que llorar para que se le haga caso? Lo que aprende es: estoy solo. Y eso se queda».
Los efectos no terminan en la escuela. Ambas señalan que las criaturas que han vivido esos primeros años en situación de estrés llegan después a los colegios con dificultades. «Luego llegan a primero de primaria y les dicen que se sienten en una silla a hacer fichas. Cuando vienen del estrés de la escuela infantil.»
El salario del cuidado
Traveset cobra 1.062 euros netos al mes por 39 horas semanales. Melero lleva 15 años en la profesión y no llega a los 1.100. Ninguna tiene trienios reconocidos. El convenio colectivo del sector, firmado hace poco más de un año, establece tablas diferenciadas: la A, para escuelas que salen ahora a concurso, contempla 1.400 euros brutos. La tabla B, la que siguen cobrando la mayoría de educadoras en plantillas antiguas, se queda en 1.200. Con las retenciones de IRPF y Seguridad Social, la diferencia entre lo que se anuncia y lo que llega al banco es abultada.
Melero explica que cada tres años, si ha formado cierta cantidad de horas, cobra un poco más, unos 20 euros más. No son exactamente trienos. En cualquier caso, se trata de una cantidad insuficiente.
«Me pueden subir el salario, que es muy importante. Pero tiene que ir acompañado de la bajada de ratios, de la pareja educativa, de los recursos. Puedo ganar lo que me des, pero si al día siguiente voy a ir con ese estrés y esa responsabilidad, no es compatible», dice Melero.
Traveset lo expresa de otra manera: «Te pueden dar tres mil euros, pero es que no puede ser que las criaturas estén hacinadas. Esa palabra: hacinadas. Con lo que conlleva».
Las compañeras de Navarra, recuerdan, hicieron una comparativa de las normativas: las gallinas tienen, por ley, más metros cuadrados en sus granjas que los que corresponden a cada criatura en una escuela infantil de Madrid.
La precariedad salarial tiene consecuencias directas sobre la continuidad de los vínculos. En las escuelas de gestión indirecta de la Comunidad es frecuente que las jornadas completas se fragmenten entre dos o tres personas con lo que hay contratos de 12 horas semanales. Estas educadoras necesitan otros trabajos, dos o incluso tres, explica Melero. Otras acaban por dejarlo. Las criaturas cambian de referente continuamente.

«Hay educadoras que viven de ayudas sociales», dice Traveset. «Que tienen hijos, situaciones muy precarias. Lo de las ayudas sociales no se dice, pero existe. Y es muy duro estar trabajando y tener que solicitar ayuda. Es muy triste».
Melero tiene 40 años. No puede independizarse. «Yo quiero estar soltera, tener mi casa y no puedo con este salario. Llevo 15 años y a veces te planteas abandonar, irte a otro sitio con menos responsabilidad donde puedas ganar más dinero. Pero si me voy y se va todo el mundo, ¿qué pasa con la infancia?».
Sin horas, sin materiales, sin sombra
No hay horas no lectivas. No hay tiempo para preparar el aula antes de que lleguen las criaturas. No hay presupuesto para renovar el material pedagógico. No hay, en muchos casos, ni arena en los patios ni toldos para el verano.
«Algunas actividades son muy sensoriales, muy manipulativas: trasvases de arena, de arroz, de agua. No lo puedes montar en cinco minutos. Requiere tiempo. Y yo no lo tengo», comenta Melero.
Los patios tienen bordillos a alturas inadecuadas para criaturas que están aprendiendo a caminar. El suelo acolchado está reventado. En verano, sin zonas de sombra, aguantan jornadas de ocho horas a 30 grados en las aulas. En invierno, Melero ha llegado a trabajar con 14,5 grados dentro del aula sin poder denunciarlo formalmente: la Ley de Prevención de Riesgos Laborales está pensada para adultos en trabajo sedentario o ligero. Las criaturas no aparecen en esa normativa.
«Estamos en un limbo. No sabemos si nos meten en trabajo sedentario o ligero. Y sedentario o ligero en invierno son 14 grados. Para un adulto».
En las escuelas de gestión indirecta, los pliegos de contratación son, en palabras de esta educadora, «temerarios». No se exige inversión en material pedagógico. Los platos y los vasos de plástico tienen 15 o 20 años. Las familias reciben peticiones para llevar baberos, sábanas bajeras para las colchonetas, vasos, paquetes de folios.
«Entiendo que las familias colaboren para una actividad concreta: tráeme hojas del otoño, tráeme unos botones. Pero no para cubrir un inventario», se queja, que debería estar incluido en los pliegos.
La Comunidad mantiene la puerta cerrada
La huelga indefinida la ha convocado la plataforma PLEI junto al sindicato CGT, construida desde abajo, por las propias educadoras. Eso tiene consecuencias.
El Ministerio de Educación las ha recibido. El Ayuntamiento de Madrid también. La Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid, dirigida por Mercedes Zarzalejo, solo ha accedido a reunirse con los sindicatos mayoritarios.
«Reúnete con las de abajo», pide Melero. «Que yo te voy a contar realmente el día a día de una escuela. Los sindicatos te contarán lo que les cuentan sus delegadas, pero quiero que lo escuches de viva voz. Déjame que te enseñe la nómina. Que te dé vergüenza».
Las relaciones con los sindicatos mayoritarios son tensas. Melero es delegada y afiliada de uno de ellos. Les pidió que abrieran la caja de resistencia para apoyar a las trabajadoras en huelga. No lo hicieron. CCOO convocó una huelga para el 7 de mayo, el mismo día que ya había convocado PLEI, sin coordinación previa.
«Van a rebufo», dice Traveset. «Los invitamos a que se replanteen que un sindicato está para apoyar a la clase obrera, no de mediador».
Lo que sí ha llegado es solidaridad desde otros lugares. Melero cuenta que establecimientos de Parla donan comida para rifas. Personas desconocidas que se acercan en la estación del Cercanías al ver la camiseta de la huelga y meten dinero en la caja de resistencia. Un grupo de cuidados de la plataforma que lleva comida a las concentraciones.
«Eso es lo que me voy a quedar de esta huelga», dice Melero. «Cómo un establecimiento, una persona obrera que no sabes si le está yendo bien o mal, te colabora. ¿Cómo un sindicato no me abre esa caja?», se pregunta en referencia a los sindicatos mayoritarios, a los que llevan días pidiendo que apoyen económicamente, al menos, a sus afiliadas y delegadas en huelga.
“No volvemos”
Al final de la conversación, Melero menciona que ni siquiera la jubilación anticipada está reconocida en el convenio. «Ni con cincuenta años me veo ahí ya. ¿Cómo puedes estar en este trabajo con 67?».
Traveset recuerda que en septiembre de 2028 vence el convenio actual. Que entre la negociación, la aprobación y la entrada en vigor, puede llegarse a 2030. Que para entonces seguirán cobrando el salario mínimo y las educadoras continuarán empobreciéndose.
«Llevo quince años en la profesión y es el mismo modus operandi siempre. La gente no cree ya en estas reglas del juego», resume Melero.
Y sin embargo, siguen. Por vocación, dicen las dos, sin que la palabra suene a resignación ni a excusa. Porque creen que lo que hacen importa. Porque alguien tiene que quedarse con la infancia si todo el mundo se va.
«Quede claro», dice Melero al terminar, «que no volvemos a las aulas hasta que no cambie. Esto ha empezado, pero no va a parar».

