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No es una anécdota ni un problema de cuatro casos extremos. Es una realidad que atraviesa la vida cotidiana de más de la mitad de la juventud española. Así lo certifica el informe Código 505. Un estudio sobre las ciberviolencias entre la juventud española, publicado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud con el respaldo de Telefónica y el Banco Santander.
La investigación, basada en una encuesta representativa a nivel nacional a 1.500 jóvenes de entre 15 y 29 años realizada entre febrero y marzo de este año, pone cifras a un fenómeno que la OCDE y la UNESCO ya identifican como uno de los grandes retos para los sistemas educativos del siglo XXI.
El dato más rotundo: el 57% de los y las jóvenes ha sufrido algún tipo de agresión digital durante el año previo a la encuesta. Stalkeo —es decir, vigilancia o revisión insistente de la actividad en línea de alguien—, control digital de pareja, insultos, difamación y discursos de odio son las formas más frecuentes.
Detrás de ese 57% hay una fotografía mucho más compleja, marcada por profundas diferencias en función de la edad y del género. Y es ahí donde el informe aporta uno de sus hallazgos más relevantes para el ámbito educativo.
La adolescencia, en el epicentro
Si el 57% es ya una cifra alarmante, el desglose por franjas de edad lo es todavía más. Entre las personas de 15 a 19 años —estudiantes de secundaria en su mayoría, todavía dentro del sistema educativo—, la prevalencia de la ciberviolencia asciende al 69%.
Casi siete de cada diez adolescentes ha experimentado alguna forma de agresión digital en los 12 meses anteriores a la encuesta. Esta proporción baja al 54% en el grupo de 20 a 24 años y al 49% entre quienes superan los 24 años.
La tendencia no se limita a las experiencias como víctimas. También la percepción de que la violencia existe —y es habitual— en los entornos digitales es más elevada entre los más jóvenes: el grupo de 15 a 19 años considera que la ciberviolencia está más normalizada que las personas de entre 25 y 29.
Y la tolerancia a determinadas conductas violentas es también mayor a menor edad. El caso del stalking es revelador: solo el 24% de los adolescentes lo considera una práctica muy negativa, frente al 45% de quienes tienen entre 25 y 29 años. Una diferencia de más de veinte puntos que habla de cuánto hay aún por hacer en términos de educación digital y cultura del respeto en línea.
Esta concentración del fenómeno en la adolescencia no es casual. El informe apunta a que la violencia entre iguales —entre compañeros y compañeras de clase, del grupo de amigos, del entorno escolar— tiene un peso especialmente relevante en ese tramo de edad.
El 28% de las víctimas ha sido agredido por alguno de sus pares; entre los más jóvenes, ese porcentaje sube al 37%. Y cuando la agresión proviene del grupo cercano, la intensidad del ciberacoso es mayor y las consecuencias emocionales, más profundas. «La violencia entre pares es clave: su intensidad se une con frecuencia a la violencia física», señaló en la presentación del informe Beatriz Martín Padura, directora general de Fad Juventud.
Las chicas perciben una mayor presencia de violencia en los entornos digitales
El género como fractura
La edad no es la única variable que reordena el mapa de la ciberviolencia. El género actúa como una segunda fractura, igualmente profunda, que atraviesa prácticamente todos los aspectos del fenómeno: desde quién lo sufre hasta cómo lo sufre, pasando por cómo lo percibe y reacciona ante él.
En términos generales, las chicas perciben una mayor presencia de violencia en los entornos digitales. Adoptan también más medidas de autoprotección: el 44% oculta su geolocalización, en una proporción mayor que los chicos; y cuando navegan, son más propensas a compartir contenidos únicamente con su círculo cercano. Esta mayor cautela, lejos de ser un rasgo secundario, refleja una experiencia más amenazante del espacio digital.
Las cifras de victimización lo confirman. El 9% de las chicas ha recibido mensajes hostiles relacionados con su aspecto físico, cuatro puntos porcentuales por encima de los chicos. Y ser víctima de la difusión de imágenes íntimas —la agresión que más miedo y rechazo genera entre la juventud— preocupa al 57% de las encuestadas, frente al 48% del total. No es solo una cuestión de prevalencia: es una experiencia que impregna su forma de estar en internet.
Donde la diferencia de género resulta más contundente es en las consecuencias. El impacto emocional de la ciberviolencia es significativamente más severo en las mujeres. El 25% de las víctimas femeninas declara haber caído en un estado de apatía tras las agresiones, diez puntos porcentuales más que los chicos. El 21% redujo su actividad en redes sociales después de los episodios violentos —un silenciamiento de voces femeninas que el informe subraya como una consecuencia directa—, once puntos más que sus pares masculinos. Y un dato especialmente preocupante: el 10% de las víctimas femeninas se ha autolesionado o ha pensado en hacerlo tras experimentar violencia digital, siete puntos porcentuales por encima del dato masculino.
La ciberviolencia se percibe como parte del paisaje digital, no como una vulneración de derechos
Un fenómeno que se normaliza
Más allá de los datos de victimización, el informe llama la atención sobre algo igualmente inquietante: la normalización. El 29% de quienes han sufrido agresiones no hizo absolutamente nada al respecto.
No porque no pudieran, sino porque no les pareció suficientemente grave, o porque consideraron que esas cosas sencillamente pasan en internet. La ciberviolencia se percibe como parte del paisaje digital, no como una vulneración de derechos.
Esta normalización tiene una dimensión especialmente relevante en el caso del control digital de pareja. El 21% de la juventud considera que presionar a la pareja para que deje de interactuar con alguien en redes sociales puede resultar justificable. Y solo el 34% ve muy mal que alguien stalkee a otra persona.
Son datos que contrastan con el rechazo casi unánime —en torno al 90% o más— que generan formas de agresión más visibles como los chantajes, las amenazas o la difusión de imágenes íntimas. La violencia de control, más sutil, más interiorizada como normal en las relaciones, esquiva esa reprobación generalizada.
La investigadora Anna Sanmartín, coordinadora del estudio, destacó también en la presentación que casi el 80% de quienes reconocen haber agredido digitalmente a otras personas habían sido previamente víctimas de alguna forma de violencia. Los datos apuntan a un círculo que se retroalimenta y que la escuela y las familias tienen la responsabilidad de interrumpir.
Quién es responsable y qué se puede hacer
El informe no se limita al diagnóstico. También pregunta a las y los jóvenes quién creen que debe actuar. El 41% señala a las personas agresoras como principales responsables; el 38% apunta a las plataformas digitales; y solo el 10% señala a los legisladores y políticos. El 63% considera que el papel de las plataformas en la lucha contra la ciberviolencia debería ser muy importante, y el 57% demanda una mayor implicación de las familias.
Para Fad Juventud, la respuesta no puede ser unidimensional ni reducirse al control del acceso o a la prohibición. «El bienestar digital no se construye desde el miedo o la prohibición, sino desde la educación, el pensamiento crítico y el acompañamiento», subrayó Martín Padura.
La alfabetización digital —que el propio informe identifica como un factor protector— y la generación de ciudadanía crítica capaz de navegar el ecosistema digital de forma libre y segura aparecen como las claves de un enfoque que pone a los jóvenes en el centro, sin alarmar ni minimizar.
Los datos del informe son, en última instancia, una invitación incómoda: a mirar el problema de frente, a no tratarlo como cosa de chavales, y a reconocer que la violencia digital —con sus consecuencias tangibles sobre la salud emocional, la participación social y la libertad de expresión de los más jóvenes— es un asunto que compete a toda la comunidad educativa.

