Para que la memoria histórica tenga un verdadero sentido pedagógico y no se convierta en una simple letanía de nombres propios, debemos despojar a sus protagonistas de la rigidez de las estatuas.
Juan Bautista Peset Aleixandre no necesita ser mitificado, ni ser presentado como «más que nadie» en el vasto y doloroso mapa de la represión franquista. Su valor para nuestra memoria colectiva no reside en una supuesta superioridad moral o heroica, sino en todo lo contrario: en su condición de hombre de su tiempo, un ciudadano de familia burguesa y tradición liberal que llevó hasta las últimas consecuencias su compromiso con la ciencia, la salud pública y los valores democráticos.
Peset Aleixandre fue, ante todo, un exponente de esa brillante generación de intelectuales y profesionales que entendieron la cultura y el conocimiento como herramientas de emancipación social.
Médico epidemiólogo, toxicólogo, catedrático y rector de la Universitat de València, su trayectoria no estuvo guiada por la ambición del poder, sino por una profunda vocación de servicio público.
Para él, el republicanismo —llegó a presidir Izquierda Republicana en València y fue el diputado más votado en las elecciones de 1936— no era una simple militancia radical y política, sino una actitud de vida y un vehículo ético para la modernización y defensa de la dignidad humana.
Un hombre de una bondad transversal que publicó un centenar de trabajos científicos, dedicó esfuerzos y conocimientos a la medicina preventiva, combatió epidemias como la del tifus, la pandemia de la gripe de 1918, desarrolló tratamientos contra la meningitis, puso en marcha campañas de vacunación, situó a España a nivel europeo en medicina legal… Su única militancia radical fue la defensa de la salud de las clases populares y la modernización de la educación superior.
Su figura es un símbolo necesario porque su destino trágico resume el de miles de maestros, médicos, científicos y ciudadanos anónimos cuyo potencial y compromiso fueron sistemáticamente anulados por la política represiva de la posguerra.
Al fusilar al máximo representante de la universidad, el régimen no solo buscaba castigar a un individuo, sino desmantelar el capital intelectual de todo un país e imponer un castigo ejemplarizante que paralizara a la sociedad.
Pero el castigo de la dictadura no concluyó frente al pelotón de fusilamiento; el objetivo real era la damnatio memoriae, el intento deliberado de borrar por completo su huella de la historia. Ese empeño oficial por el olvido obligó a una resistencia silenciosa y tenaz por parte de sus allegados.
Su retrato institucional en la galería de rectores de La Nau tuvo que ser escondido clandestinamente para evitar su destrucción total. Paralelamente, en el cementerio, su familia libró una batalla desesperada para rescatar su cuerpo del subtierro de la fosa común, logrando trasladar sus restos a un nicho que, por miedo a las represalias y la profanación, tuvo que permanecer sin inscripción alguna, completamente anónimo, durante casi medio siglo.
Por eso, rescatar su nombre no es un acto de privilegio histórico frente a otras víctimas, sino un ejercicio de justicia poética. A través de la nitidez de su biografía, podemos comprender la dimensión exacta de lo que perdimos como sociedad. Su figura se convierte en un espejo donde mirarnos, un referente de integridad que demuestra que la memoria colectiva no se construye con mitos inalcanzables, sino con la dignidad de personas comprometidas con el bienestar de su comunidad.
El eco de un aniversario: los actos de homenaje al rector Peset Aleixandre
El pasado mes de mayo, la sociedad civil y las instituciones académicas valencianas confluyeron en una serie de actos para conmemorar el 85 aniversario del fusilamiento del doctor y rector Juan Bautista Peset Aleixandre. El viernes 22 de mayo, el claustro de La Nau de la Universitat de València acogió un acto de reparación institucional organizado por la propia universidad. Dos días después, la mañana del domingo 24 de mayo, coincidiendo con la fecha en que se cumplían exactamente 85 años de su ejecución, a las 18:00 horas de la tarde de 1941 en Paterna, el homenaje se trasladó al Cementerio General de València, en una convocatoria conjunta del colectivo CAMDE-PV, la Universitat de València y el periódico Levante-EMV.
Estos encuentros, que este año han alcanzado un respaldo social e institucional de enorme relevancia, no se plantearon como una mera conmemoración burocrática. Al contrario, la gran afluencia de público y la solemnidad de las intervenciones evidenciaron que la memoria de Peset Aleixandre sigue interpelando directamente a nuestro presente.
Sin embargo, tras los discursos y las ofrendas, los actos también dejaron al descubierto una paradoja que preocupa al ámbito académico y civil: a pesar de la magnitud histórica de su figura, todavía hoy persiste un alarmante desconocimiento entre la ciudadanía sobre quién fue y qué significó el rector Peset. El éxito de estas convocatorias demuestra que existe una sensibilidad latente en la sociedad, pero también una evidente desconexión en la transmisión del conocimiento histórico. Esta quiebra en la memoria colectiva nos traslada una pregunta incómoda que atañe de lleno a la responsabilidad de nuestro sistema educativo: ¿por qué la escuela ha vivido a menudo de espaldas a estas biografías? Estos homenajes no pueden ser un punto y final, sino el catalizador necesario para activar una verdadera pedagogía de la memoria en las aulas.
De la investigación al espacio público: el impulso de las aulas y el papel de la palabra
El impacto de los homenajes de este año no es un fenómeno espontáneo. Es el resultado de un largo y a menudo difícil proceso de recuperación histórica que, con la excepción de la revista clandestina que en 1966 le dedicó un grupo de estudiantes de la UV en el veinticinco aniversario de su ejecución, llegó una vez muerto el dictador. El primero, en abril de 1976 de la mano del Congreso de Cultura Catalana y unos años después, en forma de poema, el que Estellés dedicó a su memoria en 1979.
Pero hasta 1982 no llegó el homenaje de la UV a su rector, esta vez en forma de publicación, una obra de tres volúmenes titulada Estudios dedicados a Juan Peset Aleixandre.
En 2000, en la exposición que conmemoraba el quinto centenario de la UV se presentó el contenido de su expediente sumarial y un año después lo publicó en edición facsímil junto a su biografía y una reproducción de la última carta que escribió a sus hijos antes de morir.Las presentación del libro se convirtió de nuevo en un acto de homenaje al rector, a su memoria y a lo que representó.
Ya en el 2011 las jornadas sobre represión franquista en Levante se centraron en la figura y el proceso a Peset y en 2016 ACICOM dio a conocer el documental Peset, un home bo. Metge, rector i republicà.
El camino hacia la recuperación de su obra y su memoria ha contado también con diversos estudios publicados entre 2001 y 2023, llevados a cabo por investigadores y historiadores como Lluís Aguiló Lúcia, Salvador Albiñana, Marc Baldó, María Fernanda Mancebo, Jaume Claret, Eladi Mainar o Joan Puchalt.
A este tejido investigador se unió, de manera sostenida, el impulso y el compromiso de colectivos memorialistas como la Coordinadora d’Associacions per la Memòria Democràtica (CAMDE-PV), fundamentales para mantener viva la reivindicación en el espacio público cuando las instituciones aún titubeaban.
Sin embargo, el salto cualitativo que hemos vivido recientemente responde a la capacidad de transferir ese conocimiento riguroso hacia el gran público, un terreno donde la literatura y el periodismo de investigación han resultado decisivos.
En este sentido, la publicación en octubre de 2025 de la novela Ingrata patria, de Martí Domínguez, ha marcado un indudable punto de inflexión al rescatar la dimensión humana y la «bondad radical» de Peset frente a la mezquindad de los procesos judiciales del franquismo, y ha puesto a la vez el acento sobre sus verdugos y delatores.
A este impulso literario se ha sumado una labor periodística fundamental en las páginas de Levante-EMV, liderada por su vicedirectora, Isabel Olmos. Sus recientes artículos no solo han arrojado luz sobre la figura del doctor, sino que han dado un paso valiente y necesario en la pedagogía democrática: poner rostro y nombre también a los que firmaron su sentencia de muerte.
Identificar a quienes articularon la represión, como el tribunal militar presidido por Óscar Boán Callejas o los médicos falangistas de su propio entorno que lo denunciaron movidos por intereses espurios, como Francisco Marco Merenciano, Ángel Moreau, Antonio Ortega Tena o José Rosa Meca, rompe con esa peligrosa abstracción histórica que diluye las responsabilidades. Al humanizar la tragedia y concretar las autorías del terror, el periodismo contemporáneo proporciona una cartografía exacta de los hechos.
Este renovado interés social e intelectual demuestra que la figura de Peset Aleixandre ya no es solo patrimonio de un grupo reducido de historiadores. Las aportaciones de Domínguez y Olmos han ensanchado el espacio de debate, evidenciando que la sociedad civil está madura para afrontar su pasado.
Pero también dejan una lección crucial para el ámbito educativo: para que la historia interpele a las nuevas generaciones, no basta con acumular datos; se necesitan narrativas capaces de explicar el funcionamiento del horror y el valor de la dignidad.
La Pedagogía de la Memoria como cimiento democrático: el imperativo de la dignidad
La inserción de la memoria democrática en el entorno escolar, coherente con el marco de la LOMLOE y la legislación actual, trasciende la simple acumulación de datos históricos o el aprendizaje de fechas. Consiste en articular una Pedagogía de la Memoria que funcione como una escuela de ciudadanía y ética social, que dota al alumnado de herramientas críticas para comprender cómo se conquista las libertades y a través de qué mecanismos totalitarios se destruyen los derechos fundamentales.
Esta dimensión ética adquiere un significado profundo cuando se examinan trayectorias humanas y profesionales como la del doctor Juan Bautista Peset Aleixandre. El rector, el eminente científico, el profesor, el médico entregado a la salud colectiva y al avance educativo encarna la intersección entre ciencia, compromiso social y defensa de los derechos humanos.
Su ejecución, aquella tarde del 24 de mayo de 1941, tras un juicio sumarísimo ilegal, ilegítimo e injusto sirve en el aula como un poderoso testimonio real. Estudiar su figura humaniza los derechos, demuestra que no son abstracciones jurídicas, sino conquistas defendidas por personas concretas a costa de su propia vida, y evidencia el impacto real de la represión sobre la vanguardia cultural y el progreso de toda una sociedad.
Para comprender el alcance real de los totalitarismos, la práctica educativa debe descender a la crudeza de los hechos históricos documentados. El caso del rector Peset ilustra a la perfección la perversidad de la maquinaria punitiva franquista. Fue víctima de una persecución sistemática nacida de su propio entorno académico, denunciado por compañeros de la Facultad de Medicina y médicos falangistas, que ocuparían puestos de relevancia en el nuevo orden.
La perversidad del proceso se consumó a través de la manipulación judicial. Tras un primer consejo de guerra en el que se propuso conmutar la pena capital por 30 años (se reconocía que no había tomado parte en crímenes y que había intercedido con éxito a favor de personas de derechas), los resortes del régimen, espoleados por denuncias manipuladas y falsas como la de José Rosa Meca, forzaron una revisión del caso que eliminó cualquier atisbo de clemencia para buscar un castigo ejemplarizante.
De nada sirvieron las peticiones de indulto (unas 30, firmadas por falangistas, sacerdotes, catedráticos, religiosas y hasta un general) ni las gestiones internacionales de Víctor Basch, presidente de la Liga de los Derechos del Hombre. El «enterado» de Franco dictó la sentencia de muerte.
Su dignidad humana y su integridad se mantuvo intacta tanto en las condiciones infrahumanas del campo de concentración de Albatera y Portaceli como en la cárcel Modelo de València, donde pasó sus últimos momentos asistiendo y aliviando a los reclusos enfermos con los que compartía destino.
Lejos de responder a dinámicas de adoctrinamiento, fundamentar la educación pública sobre estos valores es una recomendación explícita del Consejo de Europa para abordar colectivamente los pasados traumáticos. Es ahí donde entronca la Educación para la Paz.
Analizar críticamente la represión y la ejecución de referentes como el rector Peset no busca reabrir fracturas, sino consolidar de forma proactiva las garantías de «no repetición» frente a la desmemoria.
Su trágico final en el paredón de fusilamiento del Terrer de Paterna no es solo el relato de una injusticia individual, sino una dolorosa advertencia histórica que muestra con absoluta nitidez a dónde conducen los fascismos, el fanatismo y la intolerancia cuando consiguen desmantelar el Estado de derecho.
Analizar la crudeza de su asesinato desde una Educación para la Paz no busca el lamento estéril, sino desvelar los mecanismos de la barbarie institucionalizada para enseñar a las nuevas generaciones la necesidad imperiosa de defender, cuidar y vigilar activamente las instituciones democráticas. Frente a la desinformación y las narrativas de odio contemporáneas, el sacrificio y la dignidad del rector Peset se convierten en el aula en un antídoto moral imprescindible para formar ciudadanos conscientes, críticos y firmemente comprometidos con las libertades colectivas.

