Uno de mis primeros artículos para El Diario de la Educación hacía referencia a cómo, desde la organización de cursos y congresos, en numerosas ocasiones se recurre a personas con muchos seguidores en lugar de contar con voces expertas en las materias a tratar. Cierto es que cualquier jornada o formación necesita asistentes, pues sin público difícilmente saldrían adelante, pero cabe plantearse muy seriamente hasta qué punto es ético conseguirlo a cualquier precio.
En ese sentido, y siguiendo la línea del verano pasado, en el que repasábamos lo acontecido en torno al sharenting, esta etapa estival ha tenido tres protagonistas indiscutibles. Y no, no son ni la hamburguesa, ni el ciclista ni la joven japonesa grabada sin su consentimiento; son los mal llamados “creadores de contenido” que están detrás de estas tres noticias. Y lo entrecomillo porque cuesta encontrar la etiqueta adecuada: quizá “personajes de redes sociales” sea más descriptivo (entendiendo “personaje” como la imagen o la representación que alguien decide proyectar y ofrecer), por no recurrir a otros calificativos que dejo al libre criterio de quien me lea, dentro del necesario respeto para no rebajarnos a su altura.
La hamburguesa
El verano comenzaba con la campaña publicitaria de una conocida cadena de comida rápida. La empresa decidió contratar a determinados influencers, incluyendo a uno sobradamente conocido por sus continuas faltas de respeto hacia las mujeres, comentarios de pésimo gusto y salidas de tono sistemáticas.
No solo chirrió la colaboración desde el primer minuto, sino que la marca tuvo la “desgracia” (previsible para cualquiera con dos dedos de frente) de que, justo al arrancar la promoción, el personaje soltó una más de sus perlas. La indignación se viralizó y la empresa decidió cancelar la campaña. Hay que reconocer que el aludido estuvo lúcido al declarar: “Ya sabían dónde se estaban metiendo”. Y, efectivamente, lo sabían.
La protagonista involuntaria
Avanzaba el verano entre idas y venidas, con especial mención al eclipse y a toda la desinformación que giró a su alrededor, cuando asistimos al bochornoso vídeo de un español en Japón. Un clásico “niño de papá”, como decíamos en mis tiempos mozos, que, junto a sus “amigotes”, se dedicaba a acosar a una mujer japonesa indispuesta, hablándole en una lengua que ella no comprendía y soltando auténticas barbaridades.
Tras la repercusión del vídeo, se comprobó que no era un hecho aislado: su canal acumulaba horas de contenido machista, xenófobo e intimidatorio, que él mismo define como “humor negro para hombres”. Una categoría autoimpuesta y en la que, afortunadamente, un gran número de hombres no se ven representados, aunque otros sí (no olvidemos los números del canal).
El ciclista
No habían pasado ni veinticuatro horas cuando una “creadora de contenido”, contratada para cubrir uno de los eventos deportivos más importantes de nuestro país, decidió que era una brillante idea entrevistar al líder provisional de la carrera preguntándole por qué hiperventilaba cada vez que la veía, entre otras banalidades que nada tenían que ver con el ciclismo ni con el rigor profesional.
A raíz de este último episodio, las redes se incendiaron, como en los anteriores casos, criticando esta situación, yo misma lo hice, pero no quiero dejar de mencionar la reflexión de una usuaria que, sin alegrarse en absoluto del incómodo momento vivido por el ciclista, recordaba que las mujeres deportistas (y las no deportistas) llevan décadas teniendo que aguantar preguntas paternalistas, cosificadoras y completamente fuera de lugar en ruedas de prensa, entrevistas o únicamente cuando se refieren a ellas.
Como era de esperar, no tardó en formarse un coro de señores respondiendo rápidamente para decirle que eso no era así (por eso no enlazo el tuit, para evitarle más repercusión negativa). Sin embargo, resulta una perspectiva imprescindible sobre la que reflexionar: visibiliza un doble rasero histórico y demuestra cómo la falta de profesionalidad y el machismo mediático se han normalizado durante años cuando las destinatarias eran ellas.
Llegados a este punto, no puedo dejar de hacerme algunas preguntas:
¿Por qué se contrata a estos personajes?
No soy tonta, obviamente es por dinero y por números. Por métricas de engagement, visualizaciones e impactos rápidos. ¿Qué se puede hacer al respecto? Como me preguntaba en esos artículos iniciales sobre congresos y cursos, ¿de quién es la culpa? En los casos de la hamburguesa y del ciclista, lo tengo claro: la responsabilidad principal es de quien los contrata. La cadena de hamburguesas reculó; Desde La Vuelta ya se ha indicado que se va a seguir contando con la influencer, aunque parece que le han dado “un tirón de orejas”. Ojalá ambas organizaciones reflexionasen seriamente sobre los criterios que guían sus decisiones de comunicación. Pero no pasará o, más bien, ya los tienen muy claros.
¿Por qué se permite que determinados discursos campen a sus anchas en las redes?
Sabemos de sobra que el algoritmo premia la polarización y el conflicto: mientras el escándalo genere tráfico, la maquinaria sigue funcionando. Entiendo perfectamente que regular este tipo de contenidos es como poner puertas al campo, más aún cuando las propias plataformas acostumbran a hacer oídos sordos a las denuncias de la comunidad de usuarios.
Pero lo que no podemos asumir con resignación es la absoluta impunidad digital. Fuera de las pantallas, e incluso dentro del ámbito artístico o mediático tradicional, determinadas declaraciones tienen recorrido legal, consecuencias penales y reproche institucional inmediato. En el entorno digital, en cambio, parece regir la ley de la selva. ¿Acaso cierto tipo de contenidos no son una flagrante apología de la violencia? ¿No incitan directamente al odio, al acoso y a la agresión hacia determinados colectivos? No todo debería valer para “farmear aura”.
Acaba de ver la luz una nueva guía contra el acoso y el ciberacoso. Toda iniciativa suma, y cualquier herramienta preventiva y formativa es más que bienvenida. Pero, ¿de qué sirven estas guías si, al salir del aula y desbloquear el teléfono, el sistema permite, prioriza, aplaude y monetiza a diario este tipo de comportamientos sin consecuencias reales?
Sin oficio pero con mucho beneficio
La realidad es que estos tres casos son únicamente la punta del iceberg. Lo que llega a la opinión pública generalista es la mínima fracción que se desborda cuando el escándalo es mayúsculo. Pero bajo la superficie quedan miles de menores, adolescentes y jóvenes consumiendo de forma cotidiana discursos de odio normalizados, cosificación y una alarmante falta de empatía. Personajes sin oficio pero con notable beneficio, sostenidos por audiencias acríticas y financiados por marcas que solo miran la rentabilidad hasta que el bochorno amenaza su cuenta de resultados.
Se ha hablado mucho estos meses sobre “la caída de los influencers” y el declive del modelo. Permitidme que lo dude, sigo siendo tan negativa como en mi último artículo antes del verano. Mientras sigamos premiando la notoriedad vacía por encima del talento, el respeto y la profesionalidad, el relevo estará más que garantizado. Tienen cuerda para rato.
No echemos balones fuera
Como decía, poner puertas al campo digital es una tarea titánica y compleja, pero no por eso debemos dejar de intentarlo. Tenemos que afrontarla sin resignación y desde todos los frentes de manera coordinada: a nivel legislativo, político, social, familiar y, por descontado, a nivel educativo. De poco sirve actuar en parcelas aisladas, debería tratarse de una acción conjunta para que podamos empezar a ver algún tipo de cambio significativo.
Sinceramente, creo que no nos lo estamos tomando suficientemente en serio. Únicamente ponemos el grito en el cielo cuando alguno de estos casos se hace viral y sobrepasa las fronteras de las redes sociales, pero, en realidad, esto es el pan nuestro de cada día y no pasa nada. No se hace nada al respecto. Y luego, de repente, nos sorprendemos.

