«PISA sirve para mucho». «La verdad es que nos importa muy poco». Dos realidades, de las muchas posibles, que se pueden contar de PISA y su impacto social o educativo.
La primera frase es de Javier M. Valle, docentes de la Autónoma de Barcelona. La segunda, de Toni Solano, director de instituto en Castellón. Ambas, en realidad, son muy ciertas.
PISA es una evaluación que nació en los 90 de la mano de la OCDE y está diseñada y pensada para dar información a los países, a los sistemas educativos, de cómo funciona aquello que miden, las famosas tres competencias. Ahora, ampliadas con cuestiones relativas al aprendizaje de lenguas extranjeras o usos de la tecnología.
Acumula tanta información que se editan varios tomos de resultados. Cientos y cientos de páginas de las que los medios de comunicación informamos, tan solo, de una parte muy pequeña.
Cómo lo ve la escuela
El profesorado tiene una visión no muy optimista de PISA. Principalmente porque el interés que les provoca es bastante relativo. Escaso. Es una evaluación que, casi, no les concierne, al menos, en su labor diaria en el aula.
«No veo que tenga trascendencia en las escuelas»
Solano explica que en su centro tuvieron la oportunidad de vivir una evaluación de PISA. «Se escapan tantas cosas, por muy bien que estén diseñadas (las pruebas)»… y cuenta algo que le sonará a cualquiera: cómo influye el día concreto, o la hora elegida cuando se pone un examen.
Para él, PISA es más un indicador de la política internacional que de la mejora de la educación. «No veo que tenga trascendencia» en las escuelas. «Te dan estadísticas, pero ¿qué aportan?».
«La prueba no refleja la complejidad de aprender». No tiene en cuenta, explica, las dificultades de chicas y chicos ante una prueba escrita, por ejemplo. Quienes necesitan más tiempo para contestar, o el hecho de que hay chavales «pasotas» que, dependiendo del momento, contestan a las pruebas de una forma u otra.
A Carmen, nombre ficticio, que es profesora de Lengua y Literatura en Madrid, los resultados de PISA le son interesantes para ver la evolución de la comprensión lectora. «No es la Biblia, pero sí proporciona un marco de reflexión personal sobre cómo afrontar la enseñanza de mi materia, viendo la tipología textual seleccionada en las preguntas liberadas y las dificultades que ha tenido el alumnado al responder».
«Los resultados de PISA no interesan más de lo que puede interesar cualquier otra noticia»
Eso sí, tiene claro que para la mayoría del profesorado son evaluaciones sin ninguna trascendencia. «Los resultados de PISA no interesan más de lo que puede interesar cualquier otra noticia periodística.
En los departamentos didácticos no se analizan los resultados, ni en el órgano de coordinación pedagógica, ni en los claustros…Todos los centros viven de espaldas a esos resultados».
Para ella, parte de la situación se explica porque chicas y chicos se toman las pruebas «con total desinterés». No solo con PISA, también con las evaluaciones de 2º y 4º que realizan tanto la Comunidad de Madrid como el Ministerio. «No se esfuerzan lo más mínimo en hacerlas. Son generaciones muy pragmáticas».
«Las pruebas externas parecen centrarse en ‘pesar continuamente el pollo’, pero no se dedican a alimentarlo, que es lo que necesitamos», se queja esta docente madrileña. «Dudo que haya un porcentaje alto de docentes que haya leído, siquiera, la portada de PISA». Así lo cree Carmen Yuste, docente de secundaria en Sevilla. «Les interesa más bien poco», asegura.
«No se debate ni se piensa sobre los resultados»
Como comenta también Solano, los titulares de prensa les sirven para reforzar sus creencias previas. «No se debate ni se piensa sobre los resultados».
Tariq Baig, profesor en Cataluña, opina parecido. «Necesitamos análisis cualitativo de los datos y hablar con el profesorado», opina
Para Yuste, esta evaluación da pocas pistas al profesorado; «tiene poco que ver con la práctica diaria» en el aula, opina.
Para ella, además, el informe no tiene como objetivo «mejorar la educación o conocer el nivel de los chavales». Lo realiza una organización económica y, cree, lo que pretende es «enfocar las políticas educativas hacia la creación de mano de obra».
Baig, en esta misma línea, comenta que sobre el informe hay una serie de intereses económicos y políticos. Se trata de un sector, el educativo, en el que hay instituciones, fundaciones, empresas con intereses variados que más que educar personas, educan trabajadores.
Carmen cree que, además, hay un efecto pernicioso importante. Y no (solo) tiene que ver con la percepción de que el profesorado ha fracasado educando a chicas y chicos, sino que parece que la culpa de los malos resultados es, precisamente, de estos últimos. «Trasmitimos una imagen negativa de las generaciones futuras».
«Nos ha permitido ver la evolución de nuestros alumnos, y ajustar algunos instrumentos y procedimientos»
Algo diferente es el análisis que hace Carlos Entrambasaguas, profesor del colegio San José de los Jesuítas de Valladolid. Cree que es una evaluación que puede dar información útil. Así lo han visto, cuenta, en la red de colegios a la que pertenece y que desde hace tiempo les animan a participar. «Nos ha permitido ver la evolución de nuestros alumnos, y ajustar algunos instrumentos y procedimientos de evaluación más competenciales». Su ventaja, la autonomía de pertenecer a la red privada concertada y tener mayor autonomía a la hora de poner en marcha según qué cambios.
Han podido implementar cambios en el plan lector del centro, así como otros relacionados con el pensamiento computacional. Eso sí, no le gusta la parte más competitiva que convierte la evaluación en un ranking.
Como se ha dicho, PISA está pensado para que las administraciones educativas saquen sus conclusiones y aplique las políticas que consideren necesarias para mejorar los resultados en la evaluación. Algo que tampoco parece quedar muy claro.
Yuste señala que el máximo cambio que ha visto en años en Andalucía fue aumentar una hora de lengua y otra de matemáticas cada semana. Sin que se haya analizado qué resultados ha dado esa decisión en los aprendizajes o el éxito académico.
Entrambasaguas asegura que no ha visto «planes demasiado serios, en general, aunque sería injusto decir que no he visto nada».
Él conoce más la realidad de Castilla y León, en donde ejerce, y la de País Vasco. Con respecto a la primera, «creo que Castilla y León intenta aprender, pero siempre desde una cierta autocomplacencia derivada de los buenos resultados que obtenemos». En cuanto a la segunda, «me parece más escurridizo, más centrado en escurrir el bulto y buscar justificaciones poco creíbles». hay que recordar que esta comunidad ha sufrido una importante caída de puntos en los últimos años, cuyas causas no parecen demasiado claras.
Desde la investigación
«Llevamos tres olas con caída de resultados, los gobiernos no tienen incentivos para que les importe» PISA, asegura Lucas Gortázar. Se dedica a la investigación educativa desde su vertiente de estudio, la economía de la educación.
Para él, convencido de la necesidad de la evaluación, es ahora más importante que nunca «porque les dice (a las administraciones) lo que no quieren oír. Ese es su valor». Pone como ejemplo cómo a comunidades como Madrid les rompe el relato poniendo sobre la mesa su política de segregación escolar o en Euskadi (de donde es oriundo), que hace unos años lideraba y ahora se está quedando en el vagón de cola, a pesar de las inversiones altísimas por alumno.
Cree que PISA refleja asuntos clave como la importancia de la equidad, el coste de la repetición en términos económicos y educativos, el clima de aprendizaje o la alta rotación docente en los centros de mayor complejidad.
«La evaluación educativa riñe con la polarización»
Y saliendo del debate más educativo, asegura que el modelo de organización supranacional en la que se sientan 90 países para hablar de educación, hoy, es casi contracultural, en un mundo polarizado en que pareciera que cada cual se repliega en sí mismo dejando de lado lo común. «La evaluación educativa, dice, riñe con la polarización».
Está de acuerdo en que el informe no dice cómo mejorar la educación, nunca lo ha hecho. «A partir de ahí, hay matices». Asegura que la gran cantidad de información que trae aparejada acaba influyendo en la conversación educativa de, al menos, algunas comunidades autónomas.
Gortázar cree, en cualquier caso, que «la alternativa es peor. La opacidad es más enemiga, por ejemplo, de la equidad». Es decir, la transparencia que supone PISA es importante para la democracia en los países. Y señala que el presidente norteamericano, Donald Trump, con sus importantes recortes en educación, se ha llevado por delante la inversión federal en evaluación.
Encuadra esta situación en un «mar de fondo global de reacción hacia dentro», con una mirada más nacional.
«Nosotros no somos fans de PISA», asegura Mònica Nadal, directora de investigación de Equitat (la antigua Fundació Bofill). Ve que esta evaluación trae aparejados elementos importantes como la cantidad y calidad de los datos que recoge y ofrece una comparativa internacional con una serie temporal amplia.
Cree que hay que ser precavidos porque PISA no es la medición de la calidad educativa del sistema y que no debería servir para informar políticas públicas preocupadas por mejorar la posición relativa en el ranking.
«PISA describe mejor de lo que explica»
Para ella ofrece información valiosa sobre aquello que saben hacer los estudiantes, tiene «cuestionarios contextuales muy valiosos» sobre expectativas docentes, clima de centro, percepción del alumnado y el profesorado.
Ahora bien, cree que tiene limitaciones. Por ejemplo, la evaluación «describe mejor de lo que explica». Un ejemplo podría ser, por ejemplo, la bajada importante de las y los jóvenes más favorecidos. Se cuenta, pero no se saben los motivos.
Además, deja fuera unas competencias frente a otras, puede ser utilizado para generar legislación para mejorar en la clasificación. Alerta contra el «fetichismo del dato, del ranking» frente a lo que realmente puede ser valioso: saber quién se queda atrás, cuál es la competencia más fuerte y cuál no…
Nadal cree que es lógico que al profesorado le implique poco los resultados de PISA. «No es útil para los centros ni los profesionales». Son «diagnósticos postmortem» que necesitan de acompañamiento.
«La educación no se gobierna con datos sino con políticas»
También cree que en general las administraciones educativas toman decisiones «al tuntún» basadas en estas evaluaciones. Se ponen en marcha programas «que no se sostienen en el tiempo o que no se implementan bien».
«La educación no se gobierna con datos sino con políticas», asevera. Pero muchas veces, dice, «se pretende que en dato está la decisión, sin debate ni interpretación con expertos, en el territorio».
Como hemos visto en los titulares de prensa, PISA vuelve a certificar, una evaluación más, la bajada de puntos. Efectivamente, no es solo española. Se produce en todas las CCAA, en dos tercios de los países que participan. Las causas están poco claras, a pesar de que muchos ya han señalado a la Lomloe (que solo ha afectado en dos cursos a los chavales que han participado), a las políticas del Gobierno central, a pesar de la transferencia autonómica implantada desde hace más de 25 años.
Además de para la pelea política o para reafirmar las ideas previas, parece que PISA podría servir para reorientar políticas que deberían pensarse en dos niveles. Por un lado, como comenta Nadal, con quienes estudian los datos concienzudamente y conocen el territorio y, por el otro, con el profesorado, que de una forma u otra lleva años avisando de que el nivel de lectura del estudiantado estaba empeorando.
«Me bajaría de cualquier prueba estandarizada»
Haciendo de abogado del diablo, Manuel Fernández Navas, profesor e investigador la Universidad de Málaga y una de las voces públicas contrarias a PISA más contundente asegura que «me bajaría de cualquier prueba estandarizada». No solo de la de la OCDE, sino de las diagnósticas.
Para él, PISA «es un instrumento para legitimación política» en el que se escudan los gobiernos para legitimar las modificaciones legislativas más o menos ideológicas como «técnicas». Esto choca con el hecho de que, en una línea parecida a la Mònica Nadal, «necesitamos hacer política educativa valiente, no la que me digan los datos».
Junto a esto, Fernández Navas entiende que los datos se utilizan, además, para alimentar la batalla cultural alrededor de lo educativo, utilizando datos que la cuidadanía no tiene por qué comprender, como hablar de suspensos en PISA o bajadas de 40 puntos, en una confusión entre rendimiento académico y aprendizaje.

