Vivimos bajo la premisa de que llegar tarde al debate público es peor que opinar sin fundamento. En este contexto, no manifestar una postura tajante nada más producirse un anuncio se penaliza como si fuera falta de rigor, cuando suele ser justo lo contrario: se trata de prudencia. El ámbito educativo es muy buen ejemplo de ello, basta con conocer nuevos datos proporcionados por la OCDE, para que la carrera por sentenciar y por lapidar “al adversario” impida cualquier intento de análisis sosegado.
¿Es un pájaro, es un avión?
Apenas habían pasado diez minutos desde la publicación oficial de los resultados del último informe PISA, cuando las redes sociales ya ardían con aportaciones más instantáneas que la sopa e igual de artificiales. Gráficos trasquilados a toda prisa, frases categóricas sobre el fin de la educación tal y como la conocemos, recetas mágicas para arreglar el sistema en tres pasos y, por supuesto, los culpables de siempre señalados sin que a nadie le tiemble el pulso. Recordemos que acusar sale gratis en redes.
En realidad, da igual cuál sea la opinión o el posicionamiento político, hay un tipo de personas que es capaz de analizar a vuelapluma cualquier dossier, Curiosamente, siempre suele hacerlo “barriendo para casa”, supongo que será coincidencia. Es un fenómeno extraordinario, digno de estudio. Siendo sincera, parece que nadie es objetivo. Aunque quizás tendríamos que preguntarnos qué es la objetividad o si existe como tal cuando aparece vinculada a determinados temas.
Sea como sea, en el caso que nos ocupa rápidamente me asaltó una pregunta, casi de manera tan inmediata como esas primeras publicaciones, pero no tanto: ¿cómo da tiempo material de leer, contrastar, contextualizar y digerir un documento de cientos de páginas en lo que tarda en enfriarse un café?
Que hable el esssperto
La respuesta es sencilla: no da tiempo. Porque leerlo nunca fue el objetivo. El objetivo es llegar el primero. Convertirse en viral o ser el más polémico. Todo sirve para lo mismo: para que lo compartan, para que nos citen (que hablen de ti aunque sea mal, eso funciona muy bien en redes y seguimos cayendo una y otra vez) o para que nos llamen de medios generalistas, sean escritos o audiovisuales, con la finalidad de contar con una opinión experta. ¿Experta? ¿En serio?
Llevamos años alertando con preocupación del impacto del FOMO (Fear of Missing Out, o el miedo a perderse algo) en la adolescencia. Advertimos a nuestros estudiantes sobre la necesidad patológica de estar hiperconectados, de recibir validación externa a golpe de notificación y del peligro de vivir pendientes de la pantalla.
Sin embargo, poco o nada hablamos del FOMO adulto; ese que afecta a perfiles profesionales y autoproclamados líderes de opinión (repito, autoproclamados y muy contentos de conocerse), que entran en pánico si no colocan su titular en primera plana. Parece existir un miedo atroz a quedarse fuera, a perder la oportunidad de no rascar un puñado de retuits. El caso es opinar de todo y hacerlo ya.
¿Quieres que lo resuma o que prepare una infografía?
Además, en este último episodio, el espectáculo ha contado con un actor secundario que se ha colado como un elefante en una cacharrería: la inteligencia artificial generativa. No hacía falta ser un experto para detectar en muchos hilos y artículos exprés la prosa inconfundible de ChatGPT y compañía.
Respuestas asépticas, estructuras clonadas en tres puntos clave, conclusiones grandilocuentes que no decían absolutamente nada nuevo y, lo más revelador, alusiones genéricas que evidenciaban que ni siquiera se habían molestado en subir el PDF completo para que la IA les hiciera el trabajo sucio. Bastaba con pedirle un resumen de trazo grueso para armar un discurso beligerante que cada cual ya traía prefabricado de casa.
Ni PISA ni PISO
Porque esa es otra: los datos de PISA rara vez se utilizan para aprender; se utilizan como munición. Quien defiende el sistema actual busca el párrafo que justifique su postura; quien añora modelos anteriores encuentra el suyo; y quien busca rédito político ni siquiera necesita abrir el archivo, solo soltará tres o cuatro proclamas, con ciertas palabras clave muy bien pensadas y, eso sí, con tono enfadado y gesticulando mucho (aunque no se le vea, gesticulará en su casa).
No nos confundamos, en este tipo de “debates” en redes sociales lo que menos importa es el tema. Es una lucha desmedida de egos para ver quién recibe más “casito”. Se está usando la noticia de turno como medio para conseguir fines puramente personales y profesionales.
La velocidad a la que se exige opinar no deja espacio para la duda razonable, el matiz o la complejidad, que son precisamente los pilares sobre los que debería asentarse cualquier reflexión seria. Pero claro, eso no vende ni conlleva entrevistas. Conciliar no es, bajo ningún concepto, la finalidad que busca una persona con ese modus operandi. Es más, eso acabaría con su personaje. Solo le sirve moverse en el enfrentamiento. Y si no existe, se crea.
En busca del diálogo perdido
La educación no se transforma a golpe de titular ni compitiendo por la medalla de oro a la publicación más rápida. Quizás va siendo hora de aplicar en nuestros propios entornos digitales lo que tanto predicamos en el aula: pensamiento crítico, calma para contrastar fuentes, honestidad intelectual y la valentía suficiente para decir, de vez en cuando: “No he tenido tiempo de leerlo en profundidad; cuando lo estudie con calma, hablamos” o, incluso, algo como: “No voy a opinar porque no me considero capacitado para hacerlo”.
Con estos principios de reposo y humildad por delante, en días posteriores pudimos leer análisis certeros y sosegados. Considero que esas son las publicaciones que merecen ser leídas, comentadas, compartidas o citadas. Esas son las expertas y expertos que deberían ser consultados. Todo lo demás es echar leña a un fuego que ha sido estratégicamente provocado.
Un informe como ese debería servir para sentarnos a la misma mesa, compartir inquietudes y analizar la realidad sin el empeño constante de buscar culpables ni pasarnos la patata caliente unos a otros. La urgencia no debería estar en ganar una convenientemente inventada batalla en redes, sino en poner el foco en lo prioritario: nuestros alumnos y alumnas. El resto solo es puro ruido, muy bien buscado y muy bien medido, que nos aleja de lo que de verdad importa.

