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La parentalidad positiva protagoniza jornadas –las próximas, el 31 de mayo y 1 de junio en Madrid–, webs, y decenas de recursos –sobre políticas locales de apoyo a las familias, la educación parental como recurso psicoeducativo o buenas prácticas–. Pero no siempre fue así.

El término lo introduce el Consejo de Europa en 2006 para hablar de la importancia de ayudar a las familias en su función de cuidado y educación, y en España un grupo de siete universidades –Universidad de Oviedo, del País Vasco, de Lleida, de Barcelona, Autónoma de Madrid, de Sevilla, de La Laguna y de Las Palmas de Gran Canaria- toma las riendas en la difusión de este enfoque.

No solo para ‘familias guapas’

Por la Universidad de La Laguna, la catedrática María José Rodrigo fue una de las pioneras que comenzaron a trabajar en esta línea incluso antes de existir la etiqueta, hace tres décadas. No faltaron las reticencias: “Lo más difícil ha sido hacer entender a quienes trabajan en servicios de protección que esto no es solo para familias guapas, que en situaciones graves también funciona”.

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Reconoce que, sin embargo, se ha mejorado muchísimo y que existe en España una red fuerte de servicios sociales locales, ONG y fundaciones trabajando en preventivo, “al contrario de lo que ocurre todavía en América Latina, donde muchas veces la primera fase sigue siendo sacar a los niños del hogar”. “Hay múltiples ejemplos donde se sigue el enfoque positivo incluso en situaciones de maltrato, planteándose qué hacer con las familias para mejorar sus capacidades parentales. Y ya los servicios de protección no solo se centran en detectar el maltrato y los perpetradores, para quitar a esa familia de en medio, para sacar a esos niños de ahí, lo que en ocasiones les aboca a situaciones aún peores. Salvo en casos muy extremos y justificados se intenta la preservación familiar, que esos niños se puedan quedar en casa mejorando las condiciones de las familias, dando un paso atrás y yendo a la prevención universal”.

Hoy este enfoque ha alcanzado a los servicios sociales y las familias de alto riesgo, pero también a las familias normalizadas, a los centros escolares –en Canarias, por ejemplo, se entrena a los profesores para que sean ellos quienes den talleres de educación parental-, los centros de salud e incluso el ámbito judicial y las familias de menores con medidas judiciales. La parentalidad positiva es de una dimensión transectorial, y, en uno y otro ámbito, la meta es la misma: trabajar con las familias para mejorar sus capacidades parentales.

Y hacerlo desde que el niño nace, con claves de desarrollo cerebral, en la infancia y en la adolescencia. “Nuestros programas son de educación parental, nunca los llamamos escuela de padres, porque los padres también aportan experiencias, conocimiento, interactúan, no van a aprender lo que les dicen los expertos, a escuchar una charla ni a la Universidad para Padres. Esto es gratis. Las entidades nos contratan y formamos a los profesionales, no impartimos el programa, queremos que se interiorice en los propios servicios”, matiza Rodrigo, “Y hay un criterio de calidad. Los programas de parentalidad positiva están basados en evidencias, contrastados, no vale cualquier charlatán que ha tomado cuatro imágenes de internet”.

De puertas adentro

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Desde la Universidad de Sevilla, Carmen Moreno también es de las que empezó a trabajar en parentalidad positiva antes de que se le pusiera nombre, junto con Jesús Palacios. A partir de 2008, además, comienzan a colaborar con la Consejería de Salud: “La idea del programa Apego es acompañar desde el primer control durante el embarazo hasta el fin de la edad pediátrica, rebasando la parte física en la que se solían centrar los grupos de preparación al embarazo, parto y puerperio, e incorporando componentes emocionales, sociales y psicológicos que rodean esa vivencia, y cómo afecta a la identidad, la relación de pareja o la red social”.

No se suplantaba a las matronas, sino que se les complementaba: “Además, ellas cuentan con un observatorio muy interesante, enseguida se hacen una idea de las habilidades parentales de la gente que acude a estos grupos, son capaces de anticipar las mujeres y los hombres a las que les faltan”, incide Moreno.

Si se detectaba este riesgo, se trabajaba más con esas parejas, recomendándoles la asistencia a grupos específicos o llegando incluso a las visitas domiciliarias. “Resolver este déficit de habilidades parentales es importante porque puede conducir a negligencia u otros tipos de maltrato. Si crees que un niño de meses que llora por la noche lo hace para fastidiarte, cuando te levantas para atender ese llanto no lo haces con la misma disposición que si crees que llora porque necesita algo, porque tiene hambre”, incide Moreno que, como Rodrigo, reconoce los cambios evidentes con respecto a los tiempos de nuestras abuelas, que hacen necesario todo este despliegue: “Nuestros roles son más complejos, y mujeres y hombres estamos expuestos a un estrés en la vida cotidiana que revierte en nuestras familias y en la calidad de los cuidados. Antes éramos mucho más naturales y simples en el ejercicio de la parentalidad, las metas y preocupaciones estaban muy claras. Ahora ya no aspiramos solo a que nuestros niños y niñas coman todos los días, que vayan al colegio y tengan éxito escolar. Los horizontes son más complicados, y todo ello con apoyos muy mermados, sin la red familiar extensa de antaño y en medio de un aislamiento social cada vez mayor”. Precisamente en este contexto los grupos de iguales dinamizados por un experto funcionan tan bien e incluso pueden servir para generar una red social al hilo de los talleres.

Como en cualquier programa universal, dirigido a la población general, “se suele interesar de manera más proactiva el que menos lo necesita”, pero por ello Apego resultaba interesante, porque permitía detectar a esas personas que podían necesitarlo más y motu proprio no lo iban a solicitar.

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Inversión en prevención

El programa no se ha llegado a aplicar tal y como fue concebido todavía, en parte por su alto coste, “aunque en países como en Suecia existen muchas iniciativas de este tipo y los estudios demuestran que esta inversión en prevención a medio y largo plazo tiene un beneficio altísimo, es muy rentable”.

El rastro del programa Apego se puede seguir hoy en barrios como el Polígono Sur o Palmete en Sevilla, de la mano del Ayuntamiento y a cargo de Save the Children, esta vez sí, con visitas domiciliarias incluidas, no solo talleres: “Vemos a mamás muy protectoras con los bebés hasta que nace el segundo, y entonces a esa criaturita que ha estado en manos de su mamá durante dos años le llega todo a la vez: el destete, la autonomía, la independencia… Y percibimos otros problemas, como el recurso al chupete hasta muy tarde”, señala Moreno.

Diego González, trabajador del área de programas en España de Save the Children, explica cómo precisamente esta monitorización, este acompañamiento de los padres y madres en las casas, es uno de los elementos más atractivos de esta iniciativa, y cómo trabajan desde el año pasado tanto por el bienestar físico y la salud de estos niños –“Se habla del sueño, la alimentación, la higiene, porque son niños que se quedan dormidos en clase porque se acuestan tardísimo, quizá porque sus padres no tienen esta conciencia de la rutina del sueño de sus hijos, piensan que vale la misma que para los adultos”-, como por el psicoemocional, para acercarles nociones básicas de desarrollo, el cognitivo –con herramientas de estimulación en el hogar- y el concepto de límites con afecto y sin violencia. “Y todo en la lógica de Freire, de no trabajar como educación depositaria, como vasijas que se llenan, sino dejando a esos padres y madres que se expresen, que saquen los temas que les preocupan”, señala González, que apuesta por una lógica de intervención con los niños y niñas ecosistémica, interviniendo con el niño, con la familia y con la escuela, las organizaciones del barrio, etc. “La familia es clave como grupo primario de socialización, pero no es la única responsable, y desde las ONG no nos podemos olvidar de las otras patas”.

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Mientras, en Madrid, desde los centros de apoyo familiar (CAF), aparte de ofrecerse mediación familiar, orientación social y jurídica, intervención psicológica en violencia dentro del núcleo familiar, también se cuenta con un programa centrado en la parentalidad positiva.

Enrique Calzada, director del CAF 3 (distrito de Usera) también defiende la oportunidad de que las sesiones sean en grupo, “lo que refuerza el sentimiento de autoeficacia al comprobar que nadie es perfecto y aprender de lo que los demás hacen bien, y ver que todo el mundo pasa por fases parecidas, y dudar, lo que es positivo si no paraliza ni angustia”.

En las distintas sesiones se trabaja para crear un vínculo afectivo desde la parentalidad positiva, creando una legitimación desde el respeto, para poder ir poniendo límites y normas dentro de una crianza responsable. “Se aborda tanto la vinculación como la desvinculación, cómo aprender a separarse, se fomentan las relaciones de los niños con otros niños, con otros adultos, y estos a su vez ven a sus padres con otros niños”, explica Calzada.

En los CAF, que comenzaron su andadura en 2004 –hoy son siete en la capital- hay profesionales de la psicología, trabajadores sociales y abogados especialistas en mediación. “Hasta que surgen los recursos municipales estaban más enfocados a situaciones de riesgo, no había una respuesta para familias normalizadas”, señala Calzada. Hoy les derivan familias o reclaman sus servicios matronas, centros de salud, colegios e institutos.

Si ser padres no es fácil, la adolescencia es una prueba de fuego: “Por eso es importante la labor de prevención, la manera de poner normas y límites, de ejercer la autoridad, de comunicarse. Porque poner remedio a eso con un chaval de 14 o 15 años, llegar entonces con que el “Porque lo digo yo”, “Aquí mando yo”, “Esta es mi casa”, no te legitima si no se va trabajando desde que los niños son pequeños en el porqué de las cosas, las consecuencias de las acciones, la realidad de la vida, con sus frustraciones, sus relaciones con los demás, que también fracasan, con sus malos momentos y unos padres que les acompañan como fuente de referencia y seguridad. Ponerse a hacer esto a los 15 años es un sinsentido y pasa demasiado a menudo”, reflexiona Calzada, “y demasiado a menudo nos encontramos con niños que no están acostumbrados a frustrarse, que tienen las gratificaciones que quieren cuando las quieren, por lo que cuando se enfrentan a un límite reaccionan de forma agresiva, violenta”.

Sobreinformación y desorientación

Pero, ¿realmente requiere tantos recursos externos un padre o una madre hoy para aprender a serlo? Surgen nuevas formas (familias reconstituidas, monoparentales…) en las que el modelo vivido ya no sirve o se vive lejos de los abuelos y su influjo se pierde, y prolifera, al tiempo, una gran oferta de contenidos en internet acerca de la crianza y la educación, no todos con el debido rigor: “Las familias son más autónomas que nunca buscando información y a la vez están más expuestas que nunca a ideas sin calidad, no fundadas en la ciencia y que responden a intereses comerciales”.
Quienes más buscan, quienes más angustiadas y culpables se sienten, con más sensación de fracaso y frustración, suelen ser las mejores familias, las más sensibilizados, las que muestran más ganas de aprender. Cuando llegan a estos procesos de reflexión grupal “se encuentran desbordados por modelos ideales que se sienten incapaces de alcanzar, por las dificultades para conciliar, y, en ocasiones, la culpa por no tener tiempo les ha llevado al entreguismo, a darle todo a los niños, a llenarles de regalos, de pantallas. Con estos programas reflexionan sobre su propio modelo, sobre cuál piensan que debe ser su papel, qué buscan como meta, se replantean su historia, si están huyendo del autoritarismo de sus padres a la permisividad… No aspiramos a un cambio de prácticas, también de mentalidades para reducir el estrés parental y que descubran que cuentan con más resortes de los que pensaban”, describe Rodrigo.
Habla la experta de tipos de maltrato de los que las familias no son tan conscientes, como la negligencia, el no hacer lo que se debe hacer, el más frecuente: “No existe un discurso social en contra de la negligencia, o se piensa que se da en familias muy en riesgo, cuando tenemos también familias muy modernas que están dejando todo el día al niño en manos ajenas indocumentadas, con lo que este no vive descuido de alimentación o vacunas, pero sí descuido afectivo, y soledades”. Y de la polarización, frente a esta, de las corrientes más actuales en la línea de prolongar el colecho o la lactancia materna a demanda hasta muy tarde: “Se plantea como apego seguro, pero olvida un segundo componente del apego, la autonomía, y se genera una dependencia emocional que no es buena”.