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Últimamente, vaya donde vaya, solo veo obras. Últimamente, solo veo la progresiva destrucción de lo que un día fue singular para, ahora, ser parte de un proyecto más amplio, más idéntico a sí mismo y, por lo tanto, idéntico a los demás. Bajo las ideas de “progreso”, “desarrollo”, “integración” se intuye la homogeneización de las diferencias territoriales, sociales y culturales. Las mismas obras en todas partes, los mismos materiales con que se llevan a cabo, los mismos ruidos, los mismos (o parecidos) migrantes trabajando en ellas, las mismas maneras de organizar y planificar.
De estos lugares (o, siguiendo a Augé (2017), “no lugares”, por aquello de que hacen imposible reconocerse ni identitaria, ni relacional, ni históricamente) no escapan los espacios colindantes de la escuela de mi hijo. La pesada maquinaria, varios bulldozer aplastando cualquier irregularidad, material y simbólica, en el terreno. Se allana el camino, lo torcido se endereza, lo áspero queda liso. Las diferencias, niveladas.
Que sea consciente de ello camino de la escuela lo hace más preocupante. Si cada vez son menos los lugares donde la sociedad se hace visible, la escuela pública debería seguir siendo uno de esos pocos. No como idea abstracta, sino como realidad concreta: voces que, por encima del estruendo de las obras, se hacen presentes en el patio; acentos diferentes dentro del aula; miradas que se buscan, que se acercan, que se esquivan y que se retan; encuentros con los iguales y con los otros, que terminan siendo todos los que no son uno mismo. Encuentros, en fin, en ocasiones incómodos, pero siempre fértiles.
Cada aula es un micro-mundo en construcción. Hijas e hijos de vidas distintas compartiendo espacio. Si pienso en el cuestionario que tuvimos que rellenar las familias la semana pasada, me imagino al pequeño que llega al aula con doscientos libros en casa y quien llega sin ninguno; quien tiene padres con estudios superiores y quien tiene padres con estudios de la calle; quien ha viajado a más países que años tiene y quien no ha salido de su barrio; quien cree, duda, discute y aprende y quien se conforma con pasar el día frente al televisor. La Escuela Pública, a diferencia de otros modelos más desafortunados de escuela, no selecciona afinidades: llama a ellas. Y en esa llamada reside su potencial. Porque se enseña a todas y todos, sin diferencia, por igual. Porque enseña contenidos curriculares, tan necesarios. Y, fundamentalmente, porque enseña a habitar la diferencia, entendiendo esta como algo que nos enriquece, no como amenaza.
Habitar los espacios con el otro, que es diferente, no es un gesto baladí. Es algo frágil y verdadero: ocurre cuando escuchamos algo que nos interpela, nos incomoda, nos hace pensar; cuando escuchamos algo y decidimos no cerrar los ojos ni los oídos; cuando un docente transforma un desacuerdo en pregunta compartida; cuando la niña y el niño descubren que el mundo es mucho más grande de lo que cabe en sus certezas, mucho más de lo que aprende en su mundo familiar.
«Es importante construir lugares que expongan a la diversidad sin pedir permiso»
Si el origen del universo se cifra en una explosión previa a todo lo existente, ahí podría latir también el inicio secreto de la educación: en ese big bang en que comprendemos que el mundo es inabarcable, que se expande y que, por más que lo intentemos, nunca podrá encerrarse del todo en nuestras convicciones.
Por eso es tan necesario cuidar este espacio. En tiempos en los que tendemos a replegarnos, en los que el otro (cualquier otro) es amenaza, en que elegimos con quién hablar (siempre alguien lo más parecido posible a nosotros mismos), a quién seguir (siempre alguien con principios cercanos), a quién leer (siempre alguien que no incomode), es importante construir lugares que expongan a la diversidad sin pedir permiso. Esa exposición, lejos de ser un problema, es una oportunidad cultural, ética y política de primer orden: nos recuerda que el otro no es una idea, sino una presencia irreductible y necesaria, pero nunca suficiente.
Igualmente, en ese roce cotidiano las niñas y los niños aprenden algo importante: que las convicciones propias no son el centro del mundo. Que existen otras formas de vivir, de pensar, de nombrar lo real. Y que, lejos de debilitarnos, ese descubrimiento nos hace más lúcidos. La capacidad crítica no nace en el aislamiento, sino en el encuentro. Se forja cuando nuestras ideas se ven obligadas a dialogar, a defenderse, a transformarse.
Pero convivir no es fácil, y menos hoy. Por eso tantos jóvenes se repliegan en la soledad y en la frialdad de las pantallas. También yo, quien a veces me defino (medio en broma, lo que implica que la otra mitad es cosa seria) como misántropo, soy consciente de que la cercanía puede incomodar, el desacuerdo puede tensar, la diferencia puede herir. Por eso sé también que la escuela pública es un espacio donde se aprende a cuidar esos vínculos: a discutir sin humillar, a escuchar sin rendirse, a sostener la palabra sin borrar al otro. Cada conflicto que no se rompe, que no se niega, que se trabaja, es una pequeña victoria de la vida común.
«Necesitamos al otro no porque nos confirme, sino porque nos descoloca, nos amplía»
Hay, en todo ello, una dimensión casi invisible pero esencial: la experiencia de reconocerse en un mundo compartido. De entender que la sociedad no es una suma de individuos aislados, sino una red de dependencias, de afectos, de responsabilidades cruzadas. Que necesitamos al otro no porque nos confirme, sino porque nos descoloca, nos amplía, nos obliga a salir de nosotros mismos.
Cuidar la Escuela Pública es, en este sentido, proteger un espacio donde esa experiencia sigue siendo posible. Un lugar donde la mezcla no es un problema a resolver, sino una riqueza a cuidar. Donde cada día se ensaya, sin grandilocuencia, una forma de convivencia que nuestra sociedad parece olvidar con demasiada facilidad.
Quizá por eso la Escuela Pública importa tanto. Porque en sus aulas se aprende algo que no aparece en los exámenes: a decir, con todas las dudas y todas las diferencias, “no eres como yo, pero quiero que estés aquí, necesito que existas”. Y en esa frase sencilla, casi humilde, se juega algo enorme: la posibilidad de una sociedad más abierta, más justa y, también, más humana. Porque siempre habrá mentes y máquinas dispuestas a simplificar el mundo, a volverlo liso, silencioso, idéntico. Pero, a cambio, siempre habrá personas dispuestas a impedir la entrada de los bulldozer en la Escuela Pública, uno de los pocos lugares que nos quedan para alentar la esperanza en un futuro más justo, más compartido, más sereno, mejor.
Referencia
Augé, M., & Mizraji, M. (2017). Los «no lugares» espacios del anonimato : una antropología de la sobremodernidad (Edición conmemorativa. ed.). Barcelona: Gedisa.

