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Aula

“En el aula no usamos la lengua sino que reflexionamos sobre ella como si fuera un cadáver que se disecciona”

Amparo Tusón, lingüista y filóloga, especializada en los procesos de aprendizaje de la lengua castellana y en la formación permanente de docentes, habla de la importancia del lenguaje en las aulas y de crear escenarios comunicativos para empoderar a la infancia y fortalecer su aprendizaje.

Sandra Vicente 9/7/2018

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Foografía: Sandra Vicente

Amparo Tusón espera en una esquina de la cafetería de la librería La Cental, en Barcelona donde, acompañada de una taza de té, repasa la conferendia que dará en la Escuela de Verao de Rosa Sensat. “Siempre llego antes a lo sitios y aprovecho para leer”, afirma, dibujando una sonrisa que la acompaña durante toda la entrevista. No hay mejor espacio que una librería para quedar con una antropóloga lingüística y filóloga. Amparo Tusón se ha pasado la vida en las aulas, como alumna o como profesora de la UAB, especializada en los procesos de aprendizaje de la lengua española y en la formación permanente del profesorado.

“Entré por primera vez en un aula a los seis años y ahora, con 68 que tengo, continúo. Y mira cómo sonrío cuando hablo de educación! Me lo he pasado tan bien y he aprendido tanto!”. Precisamente, Tusón es una firme defensora de las relaciones horizontales entre maestros y alumnos para establecer un aprendizaje bidireccional. Hablamos del papel de la comunicación y el lenguaje en el aula, del poder de las palabras y de las revoluciones sociales que, como el feminismo, van acompañadas de un cambio en los conceptos.

Tienes un artículo titulado ‘Iguales en lengua, pero desiguales en el uso’. La lengua, tal como se enseña en las escuelas, ¿nos acerca o nos distancia?

Toda la vida se ha puesto el acento de la educación lingüística en la cuestión gramatical. La gramática no es más que aquello que nos enseña que hemos de decir “la mesa” y no “el mesa”. Y para hacer esto no hace falta saber que ahí hay una concordancia entre el artículo y el nombre. Los niños y las niñas ya lo saben, sin que nadie les enseñe los conceptos; en el aula olvidamos usar la lengua y en lugar de eso reflexionamos sobre ella, como si fuera un cadáver que se disecciona.

De lo que se trata es de trabajar la competencia comunicativa, ayudar a que las criaturas se expresen mejor en cualquier situación, que puedan entender lo que se les dice y que puedan leer cualquier texto. Todo esto, sin embargo, siempre desde una perspectiva crítica. Hemos de enseñarles a no dejarse engañar, porque las palabras tienen una fuerza importantísima. Por sí mismas no son ni buenas ni malas, pero hay que aprender desde bien pequeños que con una palabra podemos enamorar, engañar, crear solidaridad o abominación. La educación lingüística, si es de verdad, es crítica.

Y así se aprende como se aprenden todas las cosas: practicando. A hablar se aprende hablando y escuchando. Poner el acento en la parte inmanente, cuando se es mayor puede ser bonito, pero de pequeño le quita la magia al lenguaje y hace que se pierda la ilusión por usarlo.

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Me ha gustado la formulación de la lengua como un cadáver. Realmente un idioma está muy vivo, evoluciona a medida que lo hacen las sociedades. Pero en el aula, la enseñanza es muy rígida y no tiene nada que ver con lo que se habla en el patio o en casa.

Toda la educación se basa en procesos de comunicación. O incomunicación. Tanto en Física como en Lengua castellana, la lengua es el instrumento que usamos y eso debería implicar que todo el profesorado hace un análisis de cómo se expresa y cómo pide a sus alumnos que lo hagan. El aula es un escenario comunicativo, en el que hay actrices y actores que desarrollan un papel a través de las palabras y los elementos no verbales: han de levantar la mano, saben cuándo pueden levantarse, que no pueden interrumpir. Es casi una coreografía.

Hay un abismo entre lo que se enseña en las aulas y lo que pasa en la calle o el patio: la escuela debería saber qué se dice para construir puentes e integrar. Las criaturas saben más de argumentación de lo que pensamos y no lo pocdemos menospreciar. Porque la lengua es nuestra piel, nuestra carta de presentación: si decimos que alguien habla feo, estamos diciendo que alguien es feo.

La escuela es parte de la vida y de una sociedad diversa donde se canta a muchas voces canciones diferentes. Es una barbaridad reducir el aula a una sola realidad. Hemos de integrar, pues, todas la lenguas del entorno, como si fuese un laboratorio para preservar la riqueza lingüística. Dar espacio a las niñas y los niños recién llegados para que experimenten con sus lenguas maternas, las comparen con el castellano y el catalán; ver las similitudes y las diferencias les proporciona una alegría tremenda. Yo soy partidaria de la alegría, sobretodo en el aula: ya lo decían los clásicos: enseñar deleitando.

Fotografía: Sandra Vicente.

Tú estás especializada en lengua castellana. En este sentido hay mucha variedad de hablas, que se ven con los niños venidos de Latinoamérica. ¿Se desaprovecha esta diversidad en el aula?

Bernard Shaw decía que lo que más separaba a los EEUU e Inglaterra era hablar la misma lengua. Nosotros contamos en las escuelas con muchas niñas y niños que vienen de Latinoamérica y esta diversidad de habla se ve como un problema, pero no lo es. Si un docente de Biología tuviese un jardín en clase, sería feliz. Nosotros tenemos todo un ecosistema lingüístico y no tratamos de aprovecharlo. Hay tantas cosas que no sabemos y tantas por aprender! La buena maestra es aquella que sabe que no lo sabe todo y que se lo hace saber a sus alumnos. Cuando preguntamos algo que los estudiantes ya saben que sabemos, simplemente repiten la lección, pero si les preguntas cosas porque realmente queremos saber de ellos, es cuando comienzan a hablar. Así les empoderamos y encuentran el gusto y el sentido del habla

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La lengua puede ser el área en la que los alumnos pueden enseñar más a los maestros; forman parte de un colectivo, con un lenguaje propio, del que los docentes no participan.

Fíjate en el revuelo que hay con las abreviaturas del WhatsApp. ¡Es fantástico! Porque están demostrando que pueden comunicar con una economía brutal. Las abreviaturas siempre han formado parte de la lengua, y esto se ve en los diccionarios. Lo que hacen las criaturas es inventar un sistema rápido y eficaz. Creo que el problema con estas nuevas formas de comunicación viene porque muchos adultos les tienen envidia: ven que hay cosas que se les escapan con la edad. ¡Yo he aprendido mucho mirando lo que hacen las criaturas y me lo he pasado muy bien educando!

Cuesta cambiar la definición de los conceptos y añadir nuevos al vocabulario. Pasa con los neologismos y con el lenguaje de género. Solo hay que mirar la polémica con “El Consejo de Ministras”.

Mira la formación de la RAE: todo son señores de edada avanzada. ¿Qué queremos más allá de que nos digan que el masculino es genérico? Pero las lenguas no vienen del cielo ni las ha traído Dios. Son invenciones y creaciones humanas, usadas por las sociedades que tienen unas normas de comportamiento que van cambiando. Y la lengua se adapta a estos cambios. Así como las mujeres públicas antes eran prostitutas, ahora podemos hablar de mujer pública para referirnos a aquella persona que tienen un trabajo con una exposición pública.

Pero mira las profesiones: son siempre enfermeras, si hay un hombre, en seguida es enfermero. Pero ‘médico’ y ‘médica’ ya tienen problemas. Aquí el trabajo en las escuelas es fundamental, porque hemos de defender la diversidad en todo su conjunto: la diversidad de género, de procedencia, sexual… cuando las criaturas están construyendo sus identidades hay que ir con cuidado. Hemos de evitar que se diga “esto es una niña” o “esta es un chico”.

Lo que no se nombra no existe. ¿tenemos problemas para tratar la diversidad de identidades de género y sexuales en las escuelas? ¿Puede ser por desconocimiento o por querer ser más políticamente correctos?

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La tensión niño-niña es una simplificación binaria que no refleja toda la complejidad que hay, sobre todo, en etapas en que muchas criaturas no saben todavía qué son. Los docentes han de estar muy pendientes para orientar, preguntan y escuchan. Porque parece que lo saben todo, pero pobre de ti el día que tus alumnos se den cuenta de que no es así. Si se crea un ambiente en el que todos aprenden, la educación se enriquece y las relaciones humanas son más sanas.

Poco a poco, estamos recuperando el debate a través de los movimientos de renovación pedagógica de algunas escuelas. Las asambleas, la lectura conjunta, la reflexión sobre las noticias del día a primera hora, debatir las decisiones… estamos recuperando muchos aspectos de la innovación pedagógica de la época de la República y hemos de hacer que la educación sea la joya del país. Porque la escuela no es el futuro, es el presente.

Potenciar el lenguaje nos sirve para defendernos a nosotros, a nuestras ideas. No nos damos cuenta de la cantidad de usos lingüísticos que hay en las aulas, en todas las asignaturas. Hay muchas herramientas para mejorarlo, pero no hemos de crear más. Las normas, las leyes, con sus currículos marcados, puede ser un obstáculo horroroso, pero cuando una maestra entra en el aula, haya la ley que haya, puede hacer maravillas o barbaridades.

Pero la libertad de cátedra… ahora pienso en los pobres maestros de Sant Andreu de la Barca. En un aula diversa claro que es fácil decir alguna cosa que molesta. Y seguramente lo han hecho, pero no pasa nada. Que nos molesten forma parte de la convivencia, pero la primera reacción no puede ser poner directamente una denuncia.

Volvemos al principio, a tu reflexión sobre el poder de las palabras.

En este caso, las madres y padres se han saltado la vía del diálogo. Lo que deberían de haber hecho las familias fue ir a hablar con la maestra y el maestro. Si no se aclaraban, ir a hablar con la coordinadora, después con la tutora y, si no, con la directora. Hay muchos caminos que se han saltado y todos son los de la palabra.

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