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“Cuando leí la noticia el 2 de julio, tuve un ataque de ansiedad, porque no dejas de haber formado parte. ¿habré facilitado yo que eso pase?”. Lo explica Juan (nombre ficticio) al teléfono. Durante muchos años participó en mayor o menor medida de la estructura de investigación y trabajo del CREA, aunque siempre con un pie fuera.
Es la realidad de decenas de personas durante los últimos 30 años. Muchas no han querido hablar y otras tantas comentan que las últimas denunciantes están pasando meses complicados tras la denuncia del verano pasado.
Desde los primeros años 2000 el goteo de abandonos de la red de investigación no ha parado. Aunque la estructura siempre parece capaz de atraer a nuevas investigadoras e investigadores.
Este periodista ha intentado recabar la versión de Ramón Flecha, Marta Soler y Lidia Puigvert sin éxito.
Alicientes para entrar
Las personas consultadas para este reportaje tuvieron una presencia distinta dentro del CREA. Algunas, más o menos periférica, otras, estuvieron años y años trabajando incansablemente. Todas describen dinámicas muy parecidas.
Gente muy joven que inicia su carrera investigadora bajo la promesa de poder publicar en revistas de impacto casi desde el primer momento, que podrán obtener becas o tener estancias en el extranjero gracias al trabajo en grupo.
María (nombre ficticio) lo tenía claro. La carrera investigadora es solitaria y dura, de manera que contar con un grupo sobre el que apoyarte y que tira de ti hacia arriba es interesante. Pero no solo. A esto se añade el creer que lo que se hace genera un impacto social grande.
El ideal de la transformación nos ha fastidiado a todos mucho
“Se juntan el hambre con las ganas de comer, cuenta María. Hay crecimiento profesional al mismo tiempo que se consigue que los niños promocionen, aprendan, que se reduzca el acoso. ¿Cómo voy a desaprovechar mi tiempo en dormir por las noches si mi trabajo mejora la vida de niñas y niños?”, comenta. “El ideal de la transformación nos ha fastidiado a todos mucho”, zanja esta investigadora.
Miriam (de nuevo un nombre ficticio) explica: “Me vendieron el CREA como algo maravilloso, que podría ir a Harvard, pero eran ellas (las investigadoras que llevaban más tiempo) las que publicaban”. Ella estuvo involucrada en varios proyectos pero no tenía las mismas oportunidades que aquellas, cuenta. “Tienes que ser de una cierta manera, has de tener un cierto perfil”.
Todas destacan la amabilidad del grupo, la acogida, la ayuda para organizar el trabajo o las estancias las estancias en centros de investigación de primer orden mundial.
María nunca perteneció al grupo, pero colaboró durante un tiempo con el núcleo de Barcelona y tuvo la posibilidad ver algunas de las dinámicas internas de cerca, pero con más distancia que los miembros del grupo.
Trabajar “hasta las tantas”
Algunas compañeras de CREA se prestaban a hospedarla en Barcelona tanto a ella como a otras. “Entiendes el modus operandi”, explica. Se levantaba muy temprano para ir a la facultad; después de trabajar allí toda su jornada, era habitual tener actividades relacionadas con el grupo y las comunidades de aprendizaje como participar en tertulias dialógicas, hacer visitas a las escuelas de adultos o tener reuniones grupales. Después, seguían trabajando en casa, fácilmente, hasta bien entrada la madrugada. Además, salían juntas en su tiempo libro para ir al cine, dar un paseo, tomar algo, salir a cenar, hacer una excursión.
Juan describe un ambiente similar en su tiempo como becario, antes de conseguir la plaza fija. Aunque estuvo siempre un poco en el margen, comenta que llegó a acudir a una casa que tenía uno de los miembros más destacados de CREA en la playa durante un fin de semana. En el lugar había más gente y durante esos días no se paró de trabajar.
El objetivo era publicar como si fuéramos un laboratorio farmacéutico
También habla de cómo, durante una semana, estuvo colaborando en la redacción de un proyecto Horizon, de la UE. En ese tiempo estuvieron trabajando “hasta las tantas” en el piso de otra integrante de la red. “Esto era lo habitual”, comenta.
Y con la pandemia todo parece acelerar. Con echar un vistazo al número de publicaciones de sus miembros a partir de 2020 es suficiente. “El objetivo era publicar como si fuéramos un laboratorio farmacéutico”, explica Juan.
“Confirmo la existencia de esas jornadas maratonianas de trabajo”, cuenta Patricia (nombre ficticio). Esta investigadora estuvo años en la red. Explica que dichas jornadas se dedicaban a “escribir artículos para publicar en revistas, redactar nuevos proyectos de investigación, elaborar informes, preparar reuniones internacionales de proyectos, organizar de jornadas y congresos, etc.”.
Presión y más presión
La lista es larga. Durante los últimos 30 años CREA ha sido una máquina de trabajo bien engrasada. Decenas y decenas de proyectos de investigación europeos, nacionales o autonómicos, que han obligado a la publicación de cientos de artículos.
Siempre están presionando y diciéndote lo que se espera de ti para que trabajes
A esto se suma la dirección o evaluación de, aproximadamente, un centenar de tesis doctorales. La redacción y edición de textos para, al menos, tres portales web con forma de periódicos digitales en donde no han parado de publicar.
“Siempre están presionando y diciéndote lo que se espera de ti para que trabajes”, cuenta María.
Para conseguir las mejores oportunidades de trabajo y promoción dentro del grupo hay que tratar los temas del grupo: violencia de género en la universidad, comunidades de aprendizaje, las actuaciones educativas de éxito, educación de adultos… Investigar más allá de eso te dejará en el margen.
Miriam comenta que ella, por ejemplo, tenía otros intereses diferentes y que, además, no participaba, como otras, en compartir su vida privada con el resto del grupo.
Además, hay que acudir a cuantas más actividades mejor. Esto quiere decir, reuniones con otras personas de CREA, ser voluntaria en las comunidades de aprendizaje, participar en la organización de congresos, o en la elaboración de las revistas de Hipatia Press.
María, además, explica cómo el tiempo libre, al menos en Barcelona, estaba mediado por el grupo. Al punto de que se trabajaban algunas horas por la mañana de los sábados y, por las tardes, quedaban para, por ejemplo, ir al cine y a cenar. Para, después, volver a trabajar. También cuenta que, ella estuvo conectada a CREA, “nadie tenía tele en casa para no distraerse. Era una política consensuada”.
Si no eres voluntaria en las comunidades de aprendizaje, te verán mal
Voluntariado obligatorio
Todas las actividades en las que las y los miembros participaban eran y son voluntarias. Nadie obliga a nadie. Pero todo el mundo comenta que cuanto más participabas, mejores oportunidades tenías de promoción en el grupo.
“Si no eres voluntaria en las comunidades de aprendizaje, te verán mal, no tendrás acceso a tantas becas”, explica Miriam.
“Cuanto más vas a esa cosas, más te premian. Lo he vivido”. Habla del trabajo voluntario, de las reuniones para sacar publicaciones adelante a destajo. Los seminarios de lectura “Con el libro en la mano” quincenales, reuniones diarias para ver cómo iban las publicaciones pendientes, etc. “Si no ibas, se te echaba en cara”.
Trabajar en y para el grupo
“Estuve escribiendo un texto entero para ellas. No hice la parte de investigación, pero estuve tres meses trabajando en el texto, en inglés. Las correcciones pensé que las harían las firmantes, pero las hice yo. Ellas me las mandaban, pero quien las metía era yo. A la firma se unía gente que había trabajado poco” en la redacción, comenta Miriam.
No te daba explicaciones, lo aceptabas por miedo a preguntar
Explica cómo Ramón Flecha “me endosó a otra persona en un congreso. No te daba explicaciones, lo aceptabas por miedo a preguntar”. “Te secuestran el cerebro”, explica.
Esta investigadora afirma que se “creaba un clima raro, en el que pierdes tu libre albedrío”. “Se hablaba de igualdad y de violencia de género, pero aparecía Flecha, te pegaba tres gritos, decía qué se tenía que hacer y daba directrices de forma agresiva”.
Para Juan “Ramón Flecha era el pensador del grupo. Te hacen creer que debe ser así, que es muy brillante y que piensa lo mejor para el grupo”, cuenta.
Ese miedo a preguntar acababa mezclado, comenta Miriam, con el hecho de que todo el mundo repita siempre los mismos mantras sobre el impacto de lo que hacen. “Es psicológico, no puede ser que no sea cierto. Hay un clima de conformidad, debo ser yo quien tenga el problema”, argumenta esta antigua miembro.
Además, la capacidad de impacto se multiplica de manera exponencial si se siguen las directrices del grupo. Según cuenta María, por ejemplo, se realizaba un seguimiento importante de quién hacía qué para ver a quién había que promocionar más.
“Tienen la capacidad de llegar mucho más lejos, de publicar 200 artículos al año con una misma idea: grupos interactivos, socialización preventiva, etc. Se hace siendo muchos y trabajando a destajo. Yo sola puedo escribir unos pocos artículos al año, como mucho. No tengo la capacidad del grupo”.
En cualquier caso, “los proyectos tenían que sacarse adelante. Había gente en los comités organizando el Congreso Catalán de Sociología, o el Europeo, eran voluntarios en las CdA, se preparaban las reuniones dialógicas… Había mucho trabajo extra, mucho”.
“He visto explotación. Nunca pensé que Ramón (Flecha) se fijase en mí por nada personal, sino porque era trabajadora y tenía deseos de mejorar la educación”, explica María.
Esta misma académica explica otra parte del proceso de trabajo. Cuando alguien tenía méritos suficientes, se la ponía a buscar financiación para elaborar nuevos proyectos de investigación. Entonces se les buscaba un grupo de personas que pudieran sacar adelante el proyecto y las tareas cotidianas: trabajo burocrático, de investigación y de redacción y edición de los artículos, entre otras cosas. Explica que los IP (investigadores principales) siempre eran las mismas personas que necesitaban “gente curranta para sacar los proyectos adelante”.
Tener un pie fuera
Tres de las personas contactadas tienen un perfil particular. Una no vivía en Barcelona, otra decidió desvincularse durante el doctorado y otra, tras años de colaboración más bien en los márgenes, se mueve en otra dirección.
“Se han dado una serie de circunstancias, reflexiona Juan, que me han protegido” de la estructura. Asegura que no es cuestión de que él fuera más fuerte que otras personas, más bien que desarrolló parte de su carrera profesional en otros lugares y con otras responsabilidades que le permitieron mantener siempre cierta distancia.
“Yo era una visitante ocasional”, comenta María. Como Juan, no vivió, ni sufrió nada relacionado con las acusaciones de abuso sexual, pero sí tuvo la distancia suficiente para ver cómo muchas personas trabajaban en unas condiciones estajanovistas.
También siguió cierta intuición y pensamiento crítico, y apostó más por sus temas de investigación que los propios de CREA. “No me dejé embaucar”, sentencia.
La vida dentro de la red, a juzgar por los testimonios recogidos, no es fácil. Muchas horas de trabajo más allá de la jornada laboral que se justifican por la posibilidad de hacer carrera en la academia aupada por el grupo y, al mismo tiempo, generando un presunto impacto social gracias a los resultados de la actuaciones educativas de éxito que llevan promoviendo desde los años 80.
La UB ha dejado a Marta Soler y Lidia Puigvert sin responsabilidades en la Universidad hasta que la justicia aclare su papel en las denuncias de explotación laboral. La Fiscalía está investigando esas mismas denuncias, así como las relativas a abuso sexual contra Ramón Flecha.
Mientras tanto, el miedo y el silencio caen sobre decenas de personas que han estado muy cerca de los protagonistas de esta complicada historia de 30 años de presunta explotación laboral que se apoya, no tanto a hombros de gigantes como suelen repetir desde CREA, sino en los de personas trabajadoras con ganas de cambiar el mundo.

