Parece que la historia actualmente ya no está de moda, no es necesaria; hay que vivir el presente, porque el pasado, pasado está. Sin embargo, estamos olvidando que, como afirma José Manuel Esteve en su último libro: «Durante siglos, hemos educado a nuestros hijos sin los consejos de la Pedagogía o la Psicología, que son ciencias relativamente recientes; y para educar a sus hijos, las personas se han basado en el sentido común y en la memoria de la experiencia acumulada a lo largo de sus vidas. (…) Educar es, pues, un compromiso con la memoria; con nuestra memoria individual y con la memoria colectiva que se transmite a través de la tradición oral, de la cultura y de la Historia».1
Coincido con Sara Ramos cuando dice que “cabe preguntarnos si podemos hablar de diálogo entre la Memoria y la Historia. La respuesta pensamos que es sí. Existen fuertes conexiones entre ambas. Si bien, su relación es compleja, sinuosa, contingente, secuencial, problemática, pero a la vez es fructífera y necesaria. A pesar de no ser correlativas sí son convergentes, comparten dimensión ontológica porque se ocupan del mismo objeto del pasado.”2
Historia y memoria: distintas pero complementarias
La memoria tiene que ser rescatada para conocer nuestro pasado. Historia y Memoria son distintas. Es un tema muy complejo que ha sido abordado por diferentes ciencias como la Filosofía, la Sociología o la Psicología, antes incluso que la ciencia histórica.
Las relaciones entre la historia y la memoria han fomentado en la historiografía española el desarrollo de planteamientos epistemológicos, metodológicos e historiográficos relativos a ámbitos concretos de la memoria. Desde la historiografía educativa se ha producido un aumento del interés suscitado por la memoria de la educación entre los investigadores.
Los trabajos de Antonio Viñao3, Agustín Escolano4, Juan Manuel Fernández Soria5 y María del Mar del Pozo6, entre otros historiadores de la educación española, han sido guía imprescindible en el estudio de la memoria de la educación. Orientan y legitiman la memoria educativa como categoría para reconstruir la historia de la educación. El giro memorialista en la historiografía educativa ha ido ampliándose progresivamente.
La historia es ciencia del pasado construida a través de vestigios, que permite la comprensión de lo ocurrido.
Antonio Viñao ofrece la clave de la dialéctica mantenida entre la historia y la memoria de la educación al afirmar que: “La historia de la educación se hace a partir de la memoria individual, colectiva, social e institucional, de la incorporada a todo tipo de objetos y documentos y de la depositada en lugares determinados, y que, a vez, la escritura de la historia, la operación histórica, trabaja y (re)construye dicha memoria. Que, aunque la historia como actividad científico-investigadora no se identifica con la memoria —ni esta con aquella—, no es posible hacer historia si no es a partir de la(s) memoria(s) y sin, al mismo tiempo, (re)construirla(s); es decir, sin crear memoria(s)”.7
Cándido Marquesán,8 señala que esta pertenece al ámbito de las emociones y los sentimientos, aquella es ciencia del pasado construida a través de vestigios, que permite la comprensión de lo ocurrido. Más la historia no muestra toda la realidad, solo una parte. La memoria puede hacer visible lo invisible, la ausencia, lo derrotado, lo que la historia al servicio de los vencedores arrojó al olvido.
Atender a la memoria, aceptar su capacidad de cuestionar y de rectificar lo que la historia ha dado por ya estudiado, es una exigencia ética con un pasado omitido que servirá para el hoy y el mañana.
Recuperar la memoria para reconstruir la historia de la educación
Dentro de estos parámetros, actualmente en la Historia en general y en la de la educación, en concreto, ha surgido un tema emergente, que es la necesidad de ponerle nombres propios a las protagonistas de la historia y se están desarrollando desde las historias sectoriales investigaciones sobre las personas que son nuestro referente, tanto de hombres como mujeres, aunque se está haciendo hincapié en estas ya que han estado mucho más invisibilizadas y por lo tanto las mujeres no hemos tenido referentes a los que acogernos: periodistas, deportistas, médicas, economistas, científicas, etc. y por supuesto sobre las educadoras.
Todo esto exige preservar la memoria, y hacerlo esclareciendo y explicando el pasado para evitar que caiga en el olvido, reconstruyendo la identidad de esas personas, su pasado, su vida, su nombre, todo eso que les hace únicos. Como afirma Fernández Soria,9 con la recuperación de la memoria se puede restablecer la dignidad de las personas a las que la manipulación y expropiación de su memoria ha dejado sin posibilidad de manifestarse ante el mundo —su mundo siquiera— y sin nombre, ése que sirve para distinguir a uno de los demás, que lo hace diferente, con su fama y su reputación.
Y es que el esfuerzo por rescatar la memoria del olvido tiene mucho que ver con la constitución de la identidad personal y colectiva. Y esto no solo se debe a que vivimos, en una época cuyos peligros incluyen la disolución de la identidad en la homogeneidad y la uniformidad, sino sobre todo porque la memoria —como representación del pasado, como conjunto de experiencias compartidas vividas por un grupo social— es una fuente de identidad y cohesión social y proporciona un sentido de pertenencia a una comunidad que sustenta.
Las historias de vida y la memoria educativa de docentes y estudiantes
Sin embargo, en el campo educativo, lo mismo que sucede en otros ámbitos sociales, lo particular, personal y cotidiano fue silenciado en gran parte de las investigaciones. No obstante, en las últimas décadas va cobrando importancia lo subjetivo y cotidiano, así como sus modalidades de estudio a través del método biográfico. Dentro de la Historia de la Educación, actualmente se están desarrollando mucho las historias de vida, haciendo hincapié por supuesto en la vida escolar de los protagonistas.
Se trata de darles la palabra a protagonistas desconocidos, frente a una visión excesivamente institucional e igualadora. Esta modalidad nos permite conocer el mundo educativo desde dentro, a través del punto de vista de los implicados, bien de aquellos colectivos que tienen dificultades o carecen de oportunidades, para dejar testimonios escritos de su experiencia educativa, o bien de aquellos personajes que, con relevancia social reconocida nos aportan una mirada personal de su proceso educativo, es decir, se trata de recuperar la memoria, individual y colectiva.
En la actualidad son bastantes los estudios que utilizan este método para estudiar la vida profesional de los docentes, su trayectoria, su papel dentro del sistema educativo, entre otros, así como los estudios que se centran, en la vida de los escolares, sus preocupaciones, vivencias, etc. cuya vigencia como fuente de investigación dentro de la Historia de la Educación, ha quedado reflejada en muchos trabajos.
Archivos, patrimonio educativo y memoria histórica de la educación
La vigencia de la utilización de las historias de vida como fuente de investigación dentro de la Historia de la Educación, quedó patente en las Jornadas, de la Sociedad Española del Patrimonio Histórico Educativo, celebradas en octubre de 2008 en Huesca con el título “Museos Pedagógicos. La memoria recuperada”, en las que, de un total de veintisiete aportaciones, siete están dedicadas a este tema y desde entonces no ha dejado de crecer.
Además, en los últimos años, afortunadamente, han ido proliferando archivos y centros para rescatar, organizar y documentar tanto el patrimonio oral y fotográfico como el escrito que no era objeto de preocupación por parte de los archivos tradicionales. La recuperación de la memoria histórica está dando lugar a la creación de centros de investigación y documentación y los trabajos acerca de qué es la memoria, su validez como fuente histórica, sentido, utilización, etc. son cada vez más numerosos.
Para terminar, quiero dejar constancia de que la relación entre Historia y Memoria es tan importante para los historiadores de la educación que, en 2015, nacía la Revista Historia y Memoria de la Educación que es el nombre que adoptó la revista órgano de expresión de la Sociedad Española de Historia de la Educación.
Pies de página
1 Esteve Zarazaga, José Manuel. Educar: un compromiso con la memoria, Barcelona, Barcelona: Octaedro, 2010, p.18
2 Ramos Zamora, Sara. «Debates sobre la Memoria y la Historia de la Educación en el siglo XXI», Social and Education History, 10(1) (2021): 22-46. En este realiza un análisis pormenorizado sobre la relación existente entre ambas muy interesante.
3 Viñao Frago, Antonio. «Ayer y hoy de la educación en España: Memoria y desmemorias». En C. Lomas (coord.), Lecciones contra el olvido. Memoria de la educación y educación de la memoria (pp. 23-60).
Octaedro, 2011.
4 Escolano Benito, Agustín. «Memoria de la educación y cultura de la escuela». En A. Escolano Benito y J. M. Hernández Díaz (Coords.). La memoria y el deseo. Cultura de la escuela y educación deseada (pp. 19-42). Tirant lo Blanch, 2002.
5 Fernández Soria, Juan Manuel. «Incautación y rectificación de la memoria escolar». En A. Escolano Benito, A. y J. M. Hernández (coords.). Entre la memoria y el deseo. Cultura de la escuela y educación deseada (pp. 67-106). Tirant Lo Blanch, 2002.
6 Pozo Andrés, María del Mar. «Madrid, escaparate de la renovación pedagógica nacional (1898/1936)». En, Museo de Historia de Madrid. Madrid, ciudad educadora. Memoria de la Escuela Pública, 1898/1938. Ensayos en torno a una exposición (pp. 266-296). Madrid, Oficina de Derechos Humanos y Memoria, 2019.
7 Viñao Frago, Antonio. «Presentación», Historia y Memoria de la Educación, 1 (2015): 9-20.
8 Marquesán Millán, Cándido. «El exilio interior del magisterio durante la dictadura franquista», Nuevatribuna.es, 15 de agosto de 2019.
9 Fernández Soria, Juan Manuel. «Conseqüències de la Guerra Civil: la depuració i l’exili interior del magisteri», Educació i Història 12 (2008): 13-40.

