España es un país de acogida, no es un país racista, España tiene una historia de mestizaje. Los tópicos tienen algo de cierto, pero no son la verdad. Al menos, no es lo que España está demostrando en los últimos meses, como dirían en la antigua Roma, magnis itineribus.
Hace muchos años de los sucesos en El Ejido (Almería), que vive en la pura desigualdad social construida sobre el plástico de los invernaderos y los hombros de hombres y mujeres subsaharianas y norteafricanas.
Lo volvimos a ver no hace tantos meses, otra vez en Almería. De nuevo, un pueblo espoleado por un racismo irredento que muestra las más feas cartas de la guerra de pobres. Con el ojo puesto en el migrante. Torre-Pacheco fue el epicentro en esta ocasión.
Las razones para estas actuaciones, así como las de Ceuta de las últimas semanas, son muchas y, seguramente, no hay lugar en estas líneas para detenerse en ellas. Pobreza, falta de políticas sociales para las familias, diversificación del mercado laboral, medias verdades de los mensajes de la extrema derecha, incultura, etc. están entre ellas.
Racismo institucional
Y de las declaraciones salen las políticas que sostienen el racismo institucional. También en la educación. Y ahí tenemos varios ejemplos de este mismo verano.
Juanma Moreno es presidente de la Junta de Andalucía, de nuevo, aunque con el apoyo de Vox. El partido de extrema derecha ha conseguido en tiempo récord que su “prioridad nacional” sea parte de la política del barón más moderado de los populares.
En julio anunció la suspensión del programa de aprendizaje de la lengua árabe y cultura marroquí para 2027, después de varias décadas de funcionamiento. Llega a un total de 1.800 estudiantes. El coste y el profesorado los sostienen Marruecos. Para el sistema educativo andaluz el coste es cero.
A finales de 2025 Madrid hizo lo mismo. Y, tras Andalucía, fueron Aragón y Extremadura. La excusa principal es que el Ministerio de Educación no tiene ningún control sobre el profesorado que imparte los programas y que, a pesar de haber preguntado, no han recibido respuesta alguna.
El texto del acuerdo andaluz entre PP y Vox así: “Se muestra rechazo explícito a cualquier programa de adoctrinamiento en las aulas y a cualquier injerencia extranjera o intento de diluir la identidad”.
Es lo mismo que hace España con sus aulas de lengua y cultura española (ALCE) en países donde hay migración española, con hijos. Esos que aquí llamaríamos inmigrantes de segunda generación.
“Yo he estado con ese profesor. Este hombre daba árabe, nada más, punto”. Son palabras de Lola Gil, directora de un centro en Huelva que verá suprimido el programa el curso que viene.
En él, explica, se enseñaba árabe a chicas y chicos. Sobre todo su escritura, puesto que llegan a España hablándolo nada más.
Zhour Hussein vive en Granada, donde han nacido sus tres hijos. Es de padre palestino y madre marroquí, algo parecido pasa con sus hijos, de madre marroquí y padre argelino. Tienen tres pasaportes cada uno. Es vicepresidenta de FAMPA Alhambra. Activista y mediadora intercultural, entiende perfectamente el papel de este docente.
Ella ha hecho una labor parecida en centros de salud, mediando en conversaciones, facilitando diagnósticos y tratamientos, traduciendo consentimientos médicos, entre otras cosas.
Lo mismo describe Lola Gil. El profesor marroquí “hace de intérprete con las familias”, explica, en las horas de mañana que tiene en el instituto. Era la única manera de tener una comunicación “con ciertas garantías”. Antes (y seguramente a partir de 2027), le pedía el favor a otros alumnos que manejaban el árabe y el castellano.
También les ayudó a elaborar y traducir una guía para el alumnado recién llegado, así como cartelería para que supiesen llegar a los diferentes espacios. “Me indigna”, dice. Considera que la supresión del programa está causada “por un desconocimiento total, por falta de cultura por parte de las personas de Vox. No sé cómo lo pudo firmar el PP”.
“La supresión (de estos programas) es un acto de hostilidad de cara al electorado de estas formaciones (políticas). Lo vemos con Ceuta y Melilla”. Lo explica otro Gil, en este caso, Daniel Gil, docente de la Complutense de Madrid.
Cree que “no es tanto un cuestionamiento de la lengua, sino que haya funcionarios marroquíes en España”, explica. “El discurso contra Marruecos que va más allá de la extrema derecha. Se ve en la izquierda”.
Cuando se habla de adoctrinamiento, Lola Gil es tajante: “En mi centro, nada más lejos de la realidad”. Tiene unos 800 alumnos. Al menos 100, de origen marroquí, pero solo había entre 10 y 15 en el programa el curso pasado.
El programa de colaboración data de 1980 y su puesta en marcha, del 85, no será hasta el primer gobierno de Mariano Rajoy, en 2012, cuando se firme el Acuerdo de Asociación Estratégica en materia de Desarrollo y de Cooperación Cultural, Educativa y Deportiva que establece que España y Marruecos apoyarán el PLACM. No entró en vigor hasta 2018 en España.
Programas sin desarrollo
Aunque España es aconfesional, las clases de religión católica están más que extendidas. Las demás confesiones, islámica, judáica o evangélica, tienen también derecho a estar en los centros, pero la realidad es que es complicado que lo consigan.
J.D. es profesor de Filosofía. Prefiere mantener el anonimato. Es un catalán de marcado acento que defiende con calma y firmeza la necesidad de que se impartan clases de religión islámica. Lo hace como docente islámico que llegó al Corán a través de la puerta abierta por la corriente sufí.
Explica que en Cataluña, a pesar que desde 1992 existe la posibilidad, no se desarrolló un programa piloto con seis docentes seleccionados por el Departament d’Educació de una lista de 16 candidatos elegidos por las asociaciones musulmanas hasta 2021. Han pasado los años y el proyecto no ha avanzado. Según J.D. se trata de un problema de voluntad política.
Catalunya es la comunidad en la que mayor población musulmana habita. Según UCIDE
“El proyecto piloto no se ha extendido incumpliendo el acuerdo de 1992”, comenta este docente que, asegura, hay profesorado suficiente para impartirla. Además de los seis primeros seleccionados, existe un grupo de WhatApp con un número suficiente de personas que cumplen los requisitos. El piloto no ha dado ningún problema, afirma, y si no se solicita más por parte de las familias es “porque no se ofrece muy a menudo”.
Islamofobia transversal
Daniel Gil es tajante. “En España ha pasado la lepenización social”. El discurso de odio contra el extranjero, en buena medida, contra el marroquí, “es transversal”. Se asume que no alcanzarán estudios universitarios, se usan lugares comunes sobre la religión, sobre las relaciones intrafamiliares. “Sufren agresiones y violencia explícita que antes no pasaba”. Todo parece empujado por una extrema derecha envalentonada que ha encontrado un nicho de mercado y una derecha que prefiere subirse al carro.
Pero también se critica el uso del hiyad desde la izquierda para defender a las mujeres sometidas. También de la población homosexual, comenta.
Una crítica, que en algunos casos, cree, se hace para no incomodar a la derecha y la extrema derecha y, en otros, al propio electorado de izquierdas. Lo explica con un estudio que elaboraron para el Instituto de las Mujeres titulado ¡Con eso no! Discriminación de las jóvenes musulmanas con hiyab en el sistema educativo.
El texto, de 2024, sufrió una fuerte polémica a principios de este año, con una denuncia pública de 30 organizaciones feministas por justificar el uso del velo. El Instituto de las Mujeres lo retiró de la web.
“No necesito que me defiendan”, asevera Chams Dha El Faghloumi, estudiante en la UCM. Lo dice en relación a la lucha para que las mujeres musulmanas no lleven byjab. “Solo si un profe me trata mal”.
En otros casos son antiguos musulmanes, explica Chams Dha El Faghloumi, estudiante en la UCM. “No sé cuál es la ideologlía o su proceso para convertirse en islamófobos siendo migrantes.
Puede que hayan dejado de ser creyente y sean más islamófobos”, reflexiona.
Eternamente extranjeros
En España no existen estadísticas oficiales sobre cuántas personas musulmanas viven en el país. Estudios elaborados por diferentes entidades hablan de aproximadamente 2,5 millones de personas, es decir, el 5 % de la población total.
De este montante, la mitad tienen nacionalidad española. O bien porque la han conseguido o bien porque nacieron en el país. Este último colectivo no es pequeño. Pero todavía se les sigue viendo como extranjeros. Ya no de primera generación, como los padres de Aisha. Sino de segunda. Como Sara.
Apellidos extraños, religión diferente, rasgos faciales determinados suponen barreras, en algunos casos insalvables para que muchas de estas personas puedan tener vidas normalizadas; para que no sean señaladas por la calle, para que no ocurra como en Ceuta, donde algunas han sufrido agresiones por parte de racistas. Para poder acceder a puestos de trabajo o alquilar una vivienda.
Se confunde, por culpa de la ignorancia (son mayoría las personas consultadas que así lo creen), la cultura con la religión y la religión con la cultura. Ser musulmán marca un camino religioso, independientemente de la cultura de origen.
Lo explican tanto Oriol (nombre ficticio), docente en Cataluña. como J.D. Cuando van a la mezquita, el rezo se dirige en árabe marroquí porque es la lengua mayoritaria. “Pero yo tengo a un lado a un joven subsahariano, negro. Al otro lado, un marroquí de piel clara y yo, de piel todavía más clara”, cuenta J.D. Oriol describe escenas parecidas, cuando a la salida del rezo habla en castellano o catalán como chavales de Senegal. Son todos musulmanes, pero sus culturas no tienen nada que ver.
Problemas de identidad
Daniel Gil explica que no es raro que se critique a las familias migradas por hablar en su lengua a las criaturas en casa. Algo que se hace porque, comenta, “para los niños no es fácil, cuando van al país de origen, van como extraños si no saben el árabe”.
Los problemas de identidad no son infrecuentes. Oriol. Hace tiempo realizó la Shahada, es decir, se convirtió al islam. “Entiendo mejor a los jóvenes que a los mayores marroquíes”, comenta.
Estos chicos y chicas, nacidos en España de familias migradas, tienen un pie en cada país y ninguno, al mismo tiempo. Su cultura es netamente catalana o española. Por eso, parecen extranjeros en Marruecos, por ejemplo. Al mismo tiempo, su religión es musulmana, y por eso, se les considera extraños aquí.
Explica que ha habido una fuerte aculturación en España. “Tienen más parecido con los conversos de aquí que con sus abuelos porque su cultura se ha ido mezclando”, argumenta Oriol. “Mantienes las raíces, pero vives y convives con la gente y tienes visión del sitio donde vives”.
Islamofobia de “baja intensidad”
La supresión de programas o su falta de desarrollo son formas de islamofobia institucional más o menos claras. Pero no son las únicas.
“En la ESO lo pasé muy mal cuando me puse el velo”. Lo cuenta Sara Achebak, profesora en un instituto catalán. Comenta que siempre tuvo muy buenas notas, que el profesorado la ponía como ejemplo hasta que decidió vestir el hiyab. Desde entonces, sus notas se resintieron, y no era por su esfuerzo. Su familias llegó hasta la inspección después de que el director del centro en el que estudiaba la suspendiera una materia.
“Nos ven como sumisas o ignorantes, cuando no es la realidad”, explica esta profesora. Es algo que le sucede a muchas mujeres y chicas que deciden vestir el hiyab. Así lo cuenta también Aisha Ezzakraoui.
Nació en El Aaiun, una ciudad del Sáhara Occidental, frente a las Canarias. Allí emigraron sus padres y allí se trasladó ella de muy pequeña. No viste el hiyab, pero su hermana sí. Como en el caso de Sara, cuando iba a realizar la PAU, sentada ya en el aula universitaria, en uno de los momentos más tensos de la vida estudiantil, un profesor intentó que se quitara el velo so pena de no realizar el examen. “Tengo que ver tus orejas”, comenta Aisha que dijo el docente. Su hermana se las enseñó. No llevaba ningún receptor con el que hacer trampas, pero insistió. Debía verlas todo el tiempo. Así que ella las dejó fuera del pañuelo. Otras jóvenes se lo quitaron.
Aisha no tiene recuerdos de momentos como ese. Tiene la suerte de no vestir el velo. Algo que, dice, no les han obligado a hacer en casa. Pero sí rememora cómo a amigas de la infancia decir que estaban “en casa de las moritas”, o escuchas bromas, cuando volvía a El Aauin, que cuidado no la cambiaran por camellos. “Percibía que se hacía desde el humor. No lo problematizaba como para que me afectara”.
Esta joven reside en Madrid, junto a su hermana, quien está haciendo la residencia de Medicina. Aisha está terminando el máster de estudios islámicos en la UCM. Ambas residieron en Tarragona un tiempo, durante los estudios de la hermana.
Explica que llegaron allí tras los atentados que conmocionaron Barcelona en 2017. En Canarias tenían un vecino que era policía y se llevaban muy bien. La llegada a la capital catalana en ese momento en el que “todo lo musulmán es sospechoso”, explica, hizo que comenzara a vivir ciertas cosas de manera diferente.
Hay, dice, una relación “entre sentirse vigilado y cómo modulas tu comportamiento”. Y cree que, si no ella, muchas jóvenes mujeres musulmanas no llevan velo para evitar sufrir una mayor discriminación.
Mientras los hombres y los chicos son vistos como delincuentes, gente de la que cuidarse de alguna manera, ellas se leen como sumisas o ignorantes, como explicaba Sara. Las mujeres lo tienen peor porque son fácilmente identificables. “Volviendo al hiyab, comenta, da pena y es revelador cómo el cuerpo de las mujeres es un campo de batalla”, y en él, el velo es un punto muy visible.
En cuanto a los hombres, Chams explica que su hermano, cuando se matriculó en Derecho, se quitó la barba para evitar ser señalado. Y comenta que en los estudios islámicos que ella cura, no hay casi hombres porque, dice, prefieren no sentirse vigilados.
A Aisha le preocupa que si se lo ponte tendrá más problemas, no solo en la calle, sino para buscar trabajo. Y, aunque de puntillas, pasa por encima de otro de los graves problemas hoy: la imposibilidad de acceder a una vivienda en alquiler por culpa de tu apellido.
Cuando eres docente tampoco te libras de miradas y comentarios por el hecho de ser musulmán. Si eres mujer y llevas velo, más todavía.
J.D. explica que en un centro donde trabajó sabían que era musulmán y había docentes del claustro que al saberlo le retiraron el saludo. Le miraban de reojo.
Sara Achebak, además de sufrir la islamofobia en la secundaria, la vivió en la universidad. Cuando defendió su TFM una de las miembros del tribunal dijo “ya lo que nos faltaba”, al saber que sería la primera docente con velo en Tarragona. Aunque asegura que como docente, en los centros donde ha trabajado, no ha tenido ningún problema.
Expectativas bajas
Para Gil, el sistema educativo “asume que no serán capaces de realizar estudios superiores, sobre todo en el caso de las chicas”. Habla del alumnado musulmán. Y destaca, por ejemplo, que siempre se le considera extranjero, aunque haya nacido en España.
Según él explica, se asumen lugares comunes sobre lo que son, sobre su religión, sobre la relación en la familia. Cree que por estas cuestiones, se suele animar al alumnado de origen musulmán se le anime a estudios de formación profesional, no a la universidad. Y en buena medida, en ramas como los servicios o los cuidados, “lo que la sociedad quiere de la inmigración”, zanja.
Algo parecido cuenta Chams, estudiante de Daniel Gil en la Complutense. Ella llegó a España en 2008, adulta. Hay cosas que no ha vivido en la escuela, pero sí en la universidad, en donde tuvo problemas con un profesor por llevar hiyab.
Sus sobrinos o los hijos de otras amigas sí han visto cómo les han intentado convencer para ir a la formación profesional y evitar así la universidad. Explica cómo se ha encontrado que en los estudios sobre Islam en la universidad había comentarios islamófobos por parte de profesores. También, problemas con las notas por vestir el velo.
Daniel Gil cree que el profesorado no es racista, “pero se coloca a los migrantes en un lugar social designado”.
Tiene claro que sí hay un racismo fuerte, sobre todo en lo relativo a las chicas y la vestimenta. Y que se toman argumentos franceses relacionados con la laicidad “poco adecuados para España”.
Programas de cultura extranjera
Daniel Gil recuerda que programas como el que Juanma Moreno suprimirá en Andalucía, existen en muchos países. Empezando por los que desarrolla España, entre otros países, en Marruecos de la mano de los centros educativos españoles.
Pero no eso. Están las aulas de lengua y cultura española, ALCE, gestionadas por las embajadas españolas, con funcionarios públicos españoles que enseñan esto a hijos de la diáspora en el extranjero. En este caso, normalmente, en países europeos. También en horario no lectivo.
Algunas de las comunidades autónomas que han suprimido el programa de lengua árabe y cultura marroquí mantienen acuerdos para programas idénticos o análogos con otros países como Portugal, Hungría, Rumanía o Polonia. Estos países tienen docentes nacionales que imparten un contenido que España, o la autonomía de turno, no controlan en absoluto.
Desde su punto de vista esta eliminación tiene que ver con “la tónica general de persecución de contenidos musulmanes”. Es algo que ha notado en la universidad, en donde los estudios islámicos son cada vez más y más minoritarios y suprimidos.

