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Si están ahora en una asociación de madres y padres, o lo han estado recientemente, es posible que se hayan cruzado con este tan relativamente reciente como erróneo debate sobre si estas se deben denominar AMPA o AFA. Vaya por delante que para mí es irrelevante como cada uno quiera denominar la asociación a la que pertenece, pero me parece que alguien debe poner encima de la mesa el flaco favor que se está haciendo a las asociaciones con esta nueva moda que ha empezado de cambiar a AFA.
Sé bien que es uno de esos temas por el que quien no está de acuerdo contigo enseguida puede sacar su vena visceral y empezar a lanzar calificativos gruesos, sobre todo en una sociedad que tiene cada vez más dosis de intolerancia hacia quienes piensan distinto.
Y es que parece mentira que llevemos ya casi medio siglo de nueva vivencia democrática, tras el paréntesis de la etapa fascista que no debe recuperarse, aunque algunas personas, por los efectos de la manipulación sufrida aprovechando su ignorancia, demuestren estar en la inopia diciendo que se vivía entonces mejor. Su situación se corrige con más y mejor educación.
¿De dónde viene esta propuesta de cambio?
Quienes promueven el cambio lo hacen argumentando que hablar de asociaciones de familias del alumnado (AFA) es más inclusivo que hacerlo de asociaciones de madres y padres el alumnado (AMPA). Nada más lejos de la realidad en el contexto en el que nos movemos.
Estas asociaciones surgieron en tiempos en el que solo se hablaba de padres, porque la mujer era considerada como persona supeditada a la superioridad dada por imposición al hombre y, por tanto, se aplicaba aquello del cabeza de familia -el hombre- y el lenguaje con términos masculinos con la excusa de que debían ser considerados términos genéricos.
La igualdad entre la mujer y el hombre tardó en llegar, aunque aún no se ha conseguido del todo ni de lejos. El papel lo aguanta todo, pero la práctica desdice todavía demasiado al papel. Sin ir más lejos, seguimos teniendo una Real Academia Española que continúa jugando al divertimento arcaico de considerar inclusivo lo que simplemente es deliberada intención de invisibilizar a la mujer en nuestro lenguaje.
Un ejemplo: yo tengo un hijo y una hija -nacieron en ese orden- y si digo que tengo dos hijos -supuesto genérico- habrá quien entienda que tuve dos niños -error- y quien no pueda saber si fueron de diferente sexo o incluso dos niñas. Mi hija queda invisibilizada por el uso del lenguaje, porque lo que no se menciona expresamente no existe. Mantener los “genéricos” es solo una estrategia más para defender un tan rancio como machista uso de la lengua.
El movimiento asociativo de madres y padres es clara y muy mayoritariamente femenino
No es hasta avanzado unos años este siglo que se abre paso la necesidad de incluir expresamente a la mujer en los términos abreviados de estas asociaciones, aunque solo en sus denominaciones concretas, porque la normativa que regula estas asociaciones -real decreto de 1986- sigue hablando solo de padres, al igual que la Constitución Española en su artículo 27 cuando habla del derecho a la educación.
Esta inclusión se consigue como consecuencia de una realidad incuestionable, cual es que el movimiento asociativo de madres y padres es clara y muy mayoritariamente femenino. La mujer participa en este en proporciones aproximadas de 9 a 1 respecto del hombre, a quien en muchas asociaciones ni está ni se le espera verle aparecer. Ya saben aquello tan dañino de “la educación es cosa de mujeres”.
Pues bien, ahora que el término APA, que hablaba solo de padres, casi ha desaparecido, como era lógico y deseable, aparece una propuesta para volver a invisibilizar a las madres. Lo más curioso, o quizás no, es que viene desde dos polos muy opuestos. Por un lado, y en muchísima menor medida, desde posiciones conservadoras, que no aceptan el plano de igualdad en la mención de mujeres y hombres, sintiéndose con mucha más comodidad si se habla de familias, término este que está muy presente en la ideología conservadora, aunque ligada con la etiqueta de tradicional, para rechazar la que no consideran como tal.
Pero, por otro, que es desde donde nace el impulso más fuerte y principal, la recomendación del cambio viene desde espacios ideológicos supuestamente “progresistas puros”, que entienden que hablar en términos de dos alternativas -mujer y hombre- debe ser atacado por excluyente. Nada más falso en el mundo de las asociaciones de madres y padres; en otros ámbitos no entro, porque no es objeto de este artículo. Y vuelva a ir por delante que yo no acepto que las personas tengan obligatoriamente que sujetarse solo a dos posibilidades, porque creo en la diversidad y en que cada persona tiene derecho a la identidad sexual que considere tener.
También hay quien piensa que no hay motivos para que no formen parte de estas asociaciones personas que son familiares de menores, pero sin ser sus madres o padres o careciendo de su tutoría legal. Se equivocan completamente, porque sí existen estos motivos.
¿Por qué es un falso debate?
Por varias razones. La primera debido a lo ya dicho con anterioridad: invisibilizar a la mujer en las denominaciones de estas asociaciones no solo es excluyente con ellas, sino que, lo que es aún más grave, es tremendamente injusto.
Si se tiene que elegir un término genérico, deberíamos promover AMA, porque reflejaría una realidad social en cuanto a quienes las integran realmente. De hecho, en las asambleas y reuniones son tan excepcionales los hombres -y lo digo yo que lo soy-, que quienes intervenimos en ellas por diferentes razones utilizamos los términos femeninos con naturalidad para dirigirnos al colectivo presente. Pero, como no se tiene que apostar por la desaparición completa del hombre de ellas, sino por su cada vez mayor implicación, estando presente, aunque sea minoritariamente, llevarlo a AMA sería falsear la realidad. Por tanto, es conveniente que el término, en mi opinión, siga siendo AMPA.
Para ser una persona asociada de un AMPA hay que cumplir un requisito previo ser madre o padre o tener la tutoría legal de alguien menor de edad
El segundo argumento que hace falso el debate tiene que ver con una errónea interpretación de la inclusión. En educación es muy habitual tomar medidas excluyentes y segregadoras en favor de una supuesta inclusión que no es tal, así que las AMPA no iban a quedar al margen de esta equivocada costumbre. Y es que se dice que, existiendo personas que pueden convivir familiarmente con menores sin ser sus madres o padres biológicos, estas personas quedan excluidas si se habla solo de madres y padres. Nada más alejado de la realidad porque las asociaciones no entran -ni deben- en los internos de las familias.
Para ser una persona asociada de un AMPA se tiene que solicitar y abonar la cuota que corresponda, cumpliendo un requisito previo, ser madre o padre o tener la tutoría legal de alguien menor de edad cuya escolarización sea efectiva en el centro educativo al que esté vinculada la asociación de la que se quiera formar parte.
Estas personas y no otras son las que pueden, por ejemplo, votar en las elecciones de los consejos escolares, por estar en el censo de personas con derecho a voto en ese centro. Y esas mismas personas son las que pueden ser asociadas del AMPA.
Ahora bien, si la persona asociada incluye en su ficha de alta en la asociación a otra persona adulta de su familia que ejerza también de madre o padre, siendo del mismo sexo o distinto que quien forma parte de la asociación, es irrelevante para esta si ello es por la condición legal o por la realidad familiar. Es decir, que la asociación no debe entrar en pedir explicación alguna sobre la inclusión del segundo adulto, puesto que, al no ser persona asociada sino pareja de alguien que lo es, no hay motivo para cuestionar nada, ni justificación para hacerlo.
Eso sí, si esa segunda persona quiere ser también asociada, tendrá que solicitarlo y abonar su propia cuota, siendo que entonces la asociación sí deberá comprobar si legalmente puede serlo como la primera de su núcleo familiar. Que tenga en común menores con otra persona ya asociada es irrelevante, puesto que estos nunca estarán en la lista de personas asociadas, al no poder figurar como tales.
De todo lo vinculado con el segundo argumento, también se deduce que el debate existente es falso. Y lo mismo sucede con el tercer escenario, que es hablar de AFA para que puedan hacerse personas asociadas otros familiares que no sean madres o padres o tengan la tutoría legal. Es falso porque, simplemente, ello no es legalmente posible.
La legislación que regula la existencia de estas asociaciones deja claro que solo en esos tres supuestos se puede formar parte de ellas. De hecho, cuando una asociación cambia los estatutos e incluye que podrán ser personas asociadas otro tipo de integrantes de la familia, el registro de asociaciones rechaza de plano registrar esos estatutos y notifica la necesidad de subsanarlos excluyendo esa posibilidad. Es decir, que todos los argumentos conocidos hasta la fecha para cambiar de AMPA a AFA son falsos.
¿Por qué es un cambio de negativas consecuencias?
Habrá quien diga: yo conozco asociaciones que se denominan AFA. Sin duda lleva razón. Pero esa realidad está vinculada habitualmente con uno de los siguientes tres supuestos habituales y ninguno de ellos es positivo en cuanto a las consecuencias que puede generar.
El primero, que hayan cambiado el logo -la marca- pero no la denominación en los estatutos de la asociación, bien porque les rechazaron la inscripción y no hayan querido volver al escenario inicial, o bien porque ni tan siquiera hayan intentado registrar el cambio en el registro de asociaciones que les corresponda, pudiendo ser esto último por desconocimiento del trámite o por dejadez hacia cumplir con éste.
El segundo, que, tras haber aprobado el cambio de estatutos en su asamblea, hayan solicitado el registro de los nuevos estatutos modificados y aún no hayan recibido respuesta en el sentido de tener que subsanarlos, por lo que estarán actuando ya como AFA sin que el cambio figure en los registros públicos.
El tercero, que hayan realizado un cambio adecuado de la denominación sin tocar el tipo de asociación obligada de AMPA, ya que existe una posibilidad legal que, sin permitir que se puedan asociar otras personas que no sean madres o padres o quienes ostenten la tutoría legal, se limita a incluir el término AFA como marca a usar. La redacción debe ser muy medida -las federaciones con conocimiento legal real aconsejan adecuadamente sobre ello- y, además, las personas responsables de la asociación saben que, aunque incluyan el término AFA en los logotipos, en sus documentos oficiales deben seguir reflejando la denominación completa, en la que se indica que son una asociación de madres y padres.
Este compromiso se asume por quienes protagonizan el cambio, pero va cayendo en el olvido al irse traspasando la documentación entre unas juntas directivas y las siguientes. Con el tiempo, en contratos con empresas, en declaraciones ante Hacienda, en solicitudes y justificaciones de subvenciones ante Administraciones públicas, en comunicaciones de necesidades de espacios públicos, o ante cualquier otro trámite, se acaba indicando solo AFA y abandonando la denominación oficial correcta. Y esto tiene consecuencias no deseables.
Cada vez se ven más asiduamente, por ejemplo, bloqueos de cuentas bancarias porque los datos que figuran en las cuentas no se corresponden con los que se indican en certificados y comunicaciones con la entidad bancaria y las Administraciones, o actuaciones de la intervención de ayuntamientos que paralizan pagos de subvenciones porque los datos de las entidades a las que se les concedieron las subvenciones no coinciden con las titularidades de las cuentas bancarias donde abonarlas.
Quienes promueven este cambio, en su obsesión ideológica por cambiar términos hacia otros que les parecen “más lógicos”, prescinden de valorar los perjuicios que se acaban generando por el impulso a una medida que encierra falsos debates y negativas consecuencias. Y todo ello, además, sin necesidad alguna, porque madre y padre son términos tan amplios que no excluyen posibilidad alguna. Les pediría que recapacitaran, pero seguramente no serviría de mucho, porque no hay oídos más cerrados que aquellos de quienes se creen en posesión de la verdad absoluta e inmutable.


